Rubí de María Gómez Campos
Meditaciones posmodernas
¡Oh la la, París!
Viernes 17 de Octubre de 2008
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Francia representa una esperanza para México, para Latinoamérica y para todos los países subdesarrollados, eufemísticamente llamados hoy “en vías de desarrollo”. Pero también puede seguir siendo para el resto del mundo, como lo fue en el siglo XVIII, el modelo de la organización social.
El liberalismo político construido por Europa y consolidado por Francia a través del principio universal de los derechos humanos es en espíritu lo contrario del liberalismo económico que encabezan culturalmente los Estados Unidos.
Por otra parte, el desarrollo cultural no se limita al desarrollo económico o material de un pueblo -que lo más que alcanza a contener es la idea de un desarrollo humano circunscrito a los límites de la supervivencia, concebida a su vez como la calidad de vida mínima que un ser humano debe alcanzar y que se basa en indicadores sociales de medición tales como la salud y el ingreso. Francia y su historia representan en cambio, no los límites mínimos de la sobrevivencia o de la existencia individual, sino los fines más altos del mundo y del espíritu.
El ser humano necesita para construir su destino dos referentes indispensables. Como afirman las teóricas feministas alemanas respecto a la emancipación de las mujeres: los agentes sociales y políticos necesitamos saber “no sólo de qué queremos liberarnos sino hacia dónde queremos liberarnos”. Esto significa dos cosas: entender por una parte lo que es el mundo -dadas las coordenadas de opresión y los límites materiales y objetivos que los circundan, pero sobre todo dados los límites morales que operan en el mundo moderno, que es dominado y deformado por los principios consumistas y económicos de la globalización neoliberal.
Pero también es imprescindible tener una idea clara de cómo creemos que el mundo debería ser. En política es fundamental el realismo, pero también resulta esencial a la práctica política el ideal. La función de la utopía es precisamente servir de guía para construir el proyecto de emancipación que se pretenda, aunque la utopía sea por definición irrealizable. Esto es, la utopía es un modelo ideal que, de acuerdo con las definiciones de Weber, regula las acciones humanas; de esta manera es o constituye la fuente del ideal regulativo de la praxis social.
El ser humano no puede pensarse, ni vivirse, sin ideales humanos de realización colectiva. Por el contrario, el individualismo que fomenta el liberalismo económico implica la autodestrucción. La Revolución Francesa nos dotó de objetivos vitales que posibilitan la interacción social, mientras que el neoliberalismo norteamericano ha llenado al mundo de una competencia descarnada y voraz desde lo individual. Lo que se juega en ambos países como proyecto cultural es la idea y el ejercicio mismo de la libertad. Pero mientras en el primero lo que se determina es el rumbo y el sentido último de la vida humana; la potencia máxima de la libertad; en el segundo impera la intención frugal de no desaparecer, junto a la voluntad desmedida de dominar; es decir, se defiende la libertad minúscula de no morir, o bien se disminuye a sobrevivir o vencer en soledad.
Hoy que escribo estas líneas desde la Plaza de los Derechos del Hombre (ubicada en uno de los suburbios de París), después de constatar que, como siempre para México, París sigue siendo, además de la cuna de la libertad, un remanso hospitalario para un mundo sin ideales, despojado de corazón; sigo convencida de que la libertad no puede reducirse al ejercicio indecente del poder individual, a costa de la miseria de los demás.
La libertad auténtica no puede concebirse más que como la fuente de vida de la que abreva la humanidad. El arte, la cultura y la historia de un pueblo como el francés, que logró hacer de la cultura, en tanto valor, un principio material universal, continúa siendo, como en muchos momentos de la historia de México, un referente de nuestra propia dignidad.
Los derechos humanos de libertad, igualdad y fraternidad son referentes obligados del avance social. No basta con darle al mundo ciudadanos sanos y vivos, que es condición necesaria, pero no suficiente de la libertad. Profundamente emocionada de sentir junto al impacto sensible que producen las más grandes obras de los más grandes artistas de la cultura universal, y consciente de la historia mundial, resalta el esfuerzo de los gobiernos parisino y francés por garantizar la seguridad de las personas, en este que es el centro de la cultura mundial.
Esto es lo menos que, de un gobierno eficiente, podemos esperar…

Los derechos humanos de libertad, igualdad y fraternidad son referentes obligados del avance social. No basta con darle al mundo ciudadanos sanos y vivos, que es condición necesaria, pero no suficiente de la libertad

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