Eduardo Nava Hernández
Las izquierdas después de Michoacán
Miércoles 16 de Noviembre de 2011
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Dos acontecimientos, si no estrecha sí indirectamente vinculados, coincidieron en esta semana. Ambos marcan de alguna manera los derroteros a seguir por las izquierdas en el próximo periodo. El primero, desde luego, las elecciones en Michoacán, que desembocaron en una contundente derrota para el PRD y el bloque de izquierdas que ha perdurado desde su formación en 2006; el segundo, la formalización de la candidatura de Andrés Manuel López Obrador para 2012 por ese mismo frente.
La derrota del PRD en el estado que vio nacer el movimiento neocardenista de 1988 y que más aportó en afiliados, cuadros y dirigentes al PRD desde su fundación en 1989, puede considerarse histórica. Prácticamente el cierre de un ciclo para ese partido, después de doce años en que fue la principal fuerza de oposición al PRI y diez más en que gobernó la entidad. Ahora, ha quedado relegado a un tercer lugar, rebasado por el PAN -que ya se había ubicado en esa posición desde 2006- y por el PRI, que había sufrido también humillantes derrotas como la que protagonizó en 2007 su candidato Jesús Reyna García. Con sólo un 28.9 por ciento de los votos para gobernador, el PRD y sus aliados vinieron a refrendar la crisis política que los atraviesa y su creciente alejamiento de la sociedad, que ya se expresaba en anteriores elecciones federales y locales. La pérdida del simbólico Michoacán es sin duda un quiebre histórico que evidencia dicha crisis, aun a los espíritus más optimistas o las cataduras más cínicas.
La crisis es también en gran medida moral. “Si me equivoqué [al postular a Genovevo Figueroa a la alcaldía de Morelia], lo reconoceré”, declaró Jesús Zambrano al semanario michoacano Los Periodistas, agregando que eso lo demostraría el resultado de la elección. Hasta ahora ninguna responsabilidad al respecto ha asumido el dirigente nacional del PRD, como tampoco lo han hecho el dirigente estatal ni el municipal por el quince por ciento de votación que obtuvo en la capital michoacana el ex gobernador sustituto de Luis Martínez Villicaña. Los artífices de la derrota, los Calderón Torreblanca, Reginaldos y otros, aseguraron de antemano sus posiciones plurinominales para sobrevivir durante el siguiente periodo, pese a la debacle. Pero los salvavidas, desde luego, no alcanzan para todos.
La tragedia michoacana trasciende a lo nacional porque es el último eslabón de una cadena de derrotas que abarca el predominio de la corriente Nueva Izquierda al frente del PRD y que pasa por Zacatecas y Baja California Sur, así como su transfiguración en una nueva forma de versión del priísmo en Chiapas y Guerrero; pero sobre todo por su conexión directa de cara al proceso electoral de 2012, lo que deja muy escaso tiempo a la recomposición de esas fuerzas para enfrentar la elección presidencial. Michoacán viene sólo a confirmar, en su expresión más catastrófica, la tendencia ya conocida de descomposición y burocratización de los organismos partidarios de la izquierda, carencia de liderazgos auténticos, desinterés por la construcción de estructuras de resistencia y lucha social y electoralismo.
La otra cara de la moneda la constituye la proclamación de López Obrador como virtual candidato único de las izquierdas a la Presidencia de la República en 2012 y la declinación de su único oponente, Marcelo Ebrard, en sus aspiraciones a esa candidatura. En un proceso sorprendentemente terso se confirmó simplemente la única opción viable para la reconstrucción de esa tendencia y la disputa del Poder Ejecutivo. No es de ninguna manera una casualidad sino el reconocimiento, por parte de los ciudadanos y a pesar del manto de opacidad que los medios más influyentes tendieron sobre él y la campaña que otros hicieron para colocar a Ebrard en la opinión pública como el exponente de la “izquierda moderna” que el país necesita, al trabajo que durante cinco años ha venido realizando López Obrador en la construcción de un movimiento socio-político que rebase la estructura burocratizada del PRD, en lo particular. Es la recuperación del simbolismo -entrañablemente arraigado en el pueblo- de la resistencia frente al abuso y el fraude electoral del 2006, con todo y el plantón en Reforma. Es la reversión de los intentos de borrar de la memoria social lo que en ese año ocurrió y de impedir, simbólicamente, la ahora casi inminente incineración de las boletas de aquella elección.
Para las izquierdas es una nueva oportunidad de reposicionarse en el escenario nacional, a pesar de Michoacán y de sus anteriores tropiezos, pero sólo a condición de realizar un ejercicio autocrítico que se traduzca en nuevas prácticas y de un reencuentro con sus tradiciones más valiosas. Sin ello, será una oportunidad nuevamente desperdiciada, y seguramente no todas ellas pasarán esa prueba.
Ahora los reflectores estarán en el proceso federal y se tenderá a olvidar el caso Michoacán, que sale de la agenda nacional. El primer inicial es muy claro. El PRI y su precandidato Peña Nieto quedan bien posicionados frente al proceso por venir en lo inmediato; Calderón y el PAN muerden otra vez el polvo frente al resurgimiento de aquel partido de cuentas pendientes con la sociedad y con la historia, y el PRD sufre una derrota sin dificultad catalogable como histórica.
Pero no es que en este caso no quede nada por hacer. No será el PAN, beneficiario de la inmensa derrama dispuesta por Felipe Calderón para apuntalar al orgullo de su nepotismo, quien pueda ir a fondo en la revisión de las múltiples irregularidades que se presentaron en el aún inconcluso proceso electoral. El PRI -sospechoso a través de múltiples denuncias de vinculación con grupos delincuenciales organizados- apostará desde su triunfante posición al olvido de los pecados panistas. La limpieza de un proceso electoral que aparece como uno de los más desaseados que se recuerden en las últimas dos décadas es una bandera que no puede ser retomada sino por las izquierdas, aun desde su posición de debilidad y si su cola es lo suficientemente corta para ello. El gobierno de Michoacán tiene información y mapaches panistas detenidos para desmadejar la intervención del gobierno federal y el SNTE en el aún inconcluso proceso electoral.
Las tendencias internacionales señalan derroteros. En la actual etapa histórica las izquierdas se recompondrán, si han de hacerlo, a partir del movimiento social, agotados ya los esquemas burocrático-partidarios. En España, por tomar el ejemplo más a la mano, es previsible para el próximo fin de semana el retorno de la derecha al poder, como resultado del desgaste del Partido Socialista Obrero, presa de la inmediatez y mero gestor, ineficiente, de los intereses del gran capital. El mismo esquema se repite en Grecia y en Italia, donde las izquierdas tradicionales no alcanzan a ser alternativas reales frente a la crisis y quedan como convidados de piedra en los procesos decisivos. Sólo la movilización social en España, Grecia, Chile y los Estados Unidos, ajena a esas estructuras burocráticas, presiona por cambios más profundos en la estructura de desigualdad que las izquierdas “modernas” sólo han buscado administrar en su propio beneficio y por supuesto en el de las oligarquías financieras.
La renovación de las izquierdas mexicanas difícilmente surgirá del orden burocrático que hoy está exhibiendo sus fracasos. Sólo de los impulsos del movimiento social, de su vinculación con los organismos vivos de la sociedad civil y de la democratización de sus estructuras en un plano de horizontalidad podrá surgir una nueva izquierda que venga a sustituir lo que hoy existe. 2012 puede ser una nueva oportunidad, acaso la última.

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