Eduardo Nava Hernández
El método del “mejor posicionado”
Miércoles 5 de Octubre de 2011
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En su discurso del domingo 2, en el acto en el que el Movimiento de Regeneración Nacional, Morena, se constituyó como asociación civil, Andrés Manuel López Obrador reiteró la tesis que ha venido manejando hace ya meses, de que la candidatura de las izquierdas para la Presidencia de la República será para aquél de los precandidatos que “esté mejor posicionado” en una o varias encuestas que se realizarán en el mes de noviembre. Aunque, como digo, el planteamiento no es ninguna novedad, y es compartido por el otro aspirante, Marcelo Ebrard, resulta llamativo que López Obrador lo invocara justamente en un acto tan significativo para el movimiento que él, y no Ebrard, ha venido construyendo por lo menos desde el fraude de 2006 que lo despojó de la Presidencia.
Y es cierto que en el mismo discurso se declaró preparado para volver a abanderar a una coalición de izquierdas si cuenta con el respaldo de lo que también llama las “fuerzas progresistas”; pero ante un público lopezobradorista en su totalidad, el abrir un resquicio para que el Morena llegare a apoyar no de su candidato natural sino al que determine un procedimiento externo, no deja de ser una extravagancia política.
La explicación puede residir, simplemente, en que el tabasqueño tiene tanta confianza en su propio trabajo político y en el respaldo de su movimiento que no ve como escenario posible el ser rebasado en las preferencias ciudadanas por su competidor y sucesor en la jefatura de Gobierno del Distrito Federal. Y tendría razón. En las plazas públicas de todo el país no hay otro de los aspirantes actuales a la primera magistratura que se acerque siquiera a la capacidad de movilización ciudadana que ha venido demostrando reiteradamente López Obrador. Es probable también que este último disponga de sondeos de opinión confiables que le indican que en ningún terreno, ni en el de las izquierdas ni en el de los votantes en general, hay señales de que pueda ser derrotado por su virtualmente único adversario. Se trata también, indudablemente, de dar una imagen de demócrata que somete sus decisiones más trascendentes a la voluntad de las mayorías.
Sin embargo, y no obstante que el procedimiento ya decidido de selección no habrá de modificarse en lo sustancial, vale la pena hacer algunas reflexiones a propósito de lo que, sin duda no habrá de ser tampoco un proceso carente de incidentes y hasta probables confrontaciones, dado particularmente el nivel que ha alcanzado la contradicción entre el lopezobradorismo y la dirección formal del PRD.
Según una de las últimas evaluaciones de opinión, hecha en septiembre por Consulta Mitofsky y publicada después del acto de formalización del Morena (El Economista, 4/oct./11), los resultados son tan contundentes que no se van a modificar en un sentido diverso en el corto plazo: 71 por ciento de los perredistas prefieren a López Obrador como su candidato presidencial, y sólo 18 por ciento a Marcelo Ebrard. En el campo de la población abierta (quienes no se declararan militantes ni simpatizantes de alguno de los partidos de izquierda), también López Obrador supera a Ebrard, si bien en una proporción más estrecha, de 31 contra 27 puntos porcentuales.
Pero, más allá de esos referentes generales, cabe preguntarse qué sentido puede tener el que, más allá de los militantes y simpatizantes del PRD y de las izquierdas, se haga una encuesta o sondeo para elegir al candidato que las represente. El problema está en el método mismo, no en las cifras. ¿De qué se trata cuando se habla del “mejor posicionado”? En este país, quienes posicionan a los políticos y figuras públicas son los grandes medios electrónicos, particularmente el duopolio televisivo y sobre todo Televisa, a la que López Obrador dedicó también una referencia crítica en su discurso del domingo 2 de octubre. Y lo hacen de la misma forma en que colocan en el gusto del público a cantantes o estrellas del espectáculo, tengan o no los talentos para destacar artísticamente. Así, en las últimas semanas los comentaristas de esos grandes medios han venido desplegando, sin apoyo factual alguno, la tesis de que, si bien Andrés Manuel cuenta con más simpatías entre los izquierdistas, en el campo de la población en general es Ebrard el preferido como candidato. Y han logrado de manera indirecta inducir dentro de las propias formaciones de izquierda y en el movimiento lopezobradorista la falsa idea de que la democracia pasa necesariamente por consultar no sólo a sus bases sino a la sociedad, quién debe ser el candidato.
Esto último no es viable en todos los casos. A los miembros de un movimiento ciudadano, que no tiene la formalidad estatutaria ni la disciplina que caracterizan a los partidos, no se les puede pedir que apoyen a otro candidato sino al que esté identificado con ese movimiento. Es seguro que la mayoría de los participantes en el Morena no estarían dispuestos a trabajar por la muy improbable candidatura de Marcelo Ebrard, quien no ha participado en su interior, no parece tener siquiera una particular cercanía con él y sí ha tenido actitudes de claro deslinde, como la remoción de Martí Batres de su gabinete. ¿Qué sentido tiene, entonces, que López Obrador haya aceptado, ante los miembros de su flamante asociación civil, someter su indiscutible liderazgo al escrutinio público general?
Una candidatura es, ante todo, una oferta a la sociedad. Un partido o movimiento presenta ante ésta al candidato que mejor represente su plataforma electoral, sus compromisos y su perfil ideológico, y no al que de antemano sea más popular. Se requieren precandidatos que cubran ese requisito de identificación con lo que determinada organización o movimiento plantea para el conjunto de la nación, en un ejercicio de congruencia. Por eso de manera tradicional las candidaturas son decididas en convenciones de delegados que representan el sentir de las bases partidarias. En este caso, hay razones para pensar que, pese a la dirección formal del Partido de la Revolución Democrática, López Obrador podría ganar la mayoría en esas bases (por no hablar del PT y Convergencia), sin necesidad de pasar por el tamiz de factores externos y de la manipulación mediática que incide de manera inevitable en los resultados de uno o varios sondeos.
De cualquier manera, el escenario más probable es el de que López Obrador sea el candidato de las izquierdas en su conjunto; a menos que la burocracia perredista se obstine en sostener la propuesta, hoy al parecer en declinación, de Marcelo Ebrard con el solo aparato partidario. La doble candidatura de las izquierdas sería un suicidio seguro y un regalo muy apetecible para las opciones de la derecha, el PRI y el PAN.

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