Rubí de María Gómez Campos
Meditaciones Posmodernas
La dialéctica del amor
Viernes 10 de Octubre de 2008
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Recientemente se habla con frecuencia de que la violencia es cada vez más un problema que tienen que enfrentar los jóvenes desde el noviazgo, y no sólo una práctica que refleje los vicios y los malos hábitos de un mal matrimonio, al final de los años.
¿Por qué las jóvenes, quienes son definidas por los propios medios de difusión de la cultura patriarcal como independientes y cada vez más autónomas, aceptan mantener relaciones de dominación en la que ellas son las víctimas, con hombres que no son ni siquiera (todavía) sus familiares? La respuesta más precisa sólo puede dárnosla la teoría feminista.
Son dos los aspectos más relevantes de esta condición de víctimas que las mujeres de todas las edades y condición suelen aceptar. El primero es el hecho de que las mujeres no nos queremos a nosotras mismas. Como dice Magda Catalá, lo que las mujeres sienten no es envidia del hombre sino amor insuficiente hacia sí mismas: Por ello afirma: “Si la mujer envidiara de verdad al hombre, hace mucho que en vez de admirarlo e imitarlo, lo rechazaría y menospreciaría. La envidia de la mujer (...) no es sino amor insuficiente (...) La intensa envidia que experimenta el hombre, en cambio, lejos de llevarlo a identificarse e imitar las virtudes del objeto amado, lo llevan a negarlo y a considerarse a sí mismo superior”, (Reflexiones desde un cuerpo de mujer, página 149).
El segundo aspecto del problema es que generalmente la mayoría de los varones, y también las mujeres, tratan a otras mujeres con criterios machistas; y ello hace que las adolescentes se acostumbren muy pronto al maltrato de pareja, que no es nada más que la prolongación del maltrato familiar, sostenido en contra de las mujeres al interior del hogar, tanto como fuera (en los espacios sociales) como la escuela y el trabajo.
Pero además también existen factores sociales que condicionan a los varones a mantener con las mujeres relaciones opresivas. En primer lugar está el ejemplo de los padres, que si bien los de algunas generaciones y estratos produjeron y alimentaron la imagen del alcoholismo como fuente directa de la violencia doméstica, ésta ha quedado desmentida por el ejercicio de la violencia de sus hijos en la nueva generación, quienes la realizan sin necesidad de camuflar una perspectiva del mundo únicamente sostenida en la dominación masculina (el alcoholismo sólo la reforzaba).
En segundo lugar, también para los jóvenes y adolescentes resulta que prácticamente el machismo es lo único que conocen. No existen en la sociedad, ni dentro ni fuera de la familia, parámetros claros ni modelos o ejemplos que permitan a los jóvenes una orientación de sus emociones que no sea destructiva. El concepto de amor que tenemos resulta incompatible con una vida medianamente buena: organizada conforme a criterios de razón, porque hemos permitido que coexistan en ella ideas contrarias como el amor y el odio (que es la fuente de la violencia). No es que el amor no sea dialéctico, sino que la dialéctica se ha entendido mal.
El amor se desvirtúa si se aplica en términos objetivistas, como ocurre en los contextos neoliberales, donde la oferta y la demanda son los factores determinantes del valor de las personas. De ahí que en nuestro mundo neoliberal, hace mucho que las mujeres eran como los pañuelos desechables de los varones. La contraparte es que, cada vez más en esa tendencia objetivista, las mujeres toman y usan, o conciben, a los varones como objetos de lujo. No de desuso o de desecho como los varones a ellas, pero sí como el anillo o la joya de mayor valor que se posee, y que debe guardarse, protegerse y mantener su resplandor.
¿Por qué en un mundo tan machista en el que la violencia de género se ejerce desde el noviazgo los matrimonios más típicos se caracterizan por el supuesto acoso de las esposas? Los chistes, los estereotipos de comicidad y en general el imaginario social coinciden en dibujar una figura de mujer que caricaturiza al exceso la demanda de propiedad o apropiación del marido. Yo pienso que si es verdad que ellas los persiguen es porque ellos huyen. Aunque paradójicamente, si ellos huyen será porque ellas los persiguen.
Lo cierto es que en el imaginario social (que incluye y comparten las mujeres) se ha instaurado una idea ciertamente monstruosa de lo femenino, porque el imaginario social es masculino y patriarcal. De ahí que muchas mujeres, a pesar de los espacios de autonomía y de realización ganados, sigan tragando el anzuelo patriarcal de la dependencia emocional y afectiva, como el modelo adecuado del amor.
El modelo de amor más efectivo que las mujeres realizan en el mundo no sólo no es incompatible con la independencia, sino que se constituye como su fuente. La plena dialéctica del amor es precisamente la capacidad de respeto. Lo contrario a la entrega, el contrapunto, la tensión de contrarios no es el odio, sino la autonomía. En ese consiste el verdadero amor…

El amor se desvirtúa si se aplica en términos objetivistas, como ocurre en los contextos neoliberales, donde la oferta y la demanda son los factores determinantes del valor de las personas

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