Eduardo Nava Hernández
PRD Michoacán: fin de ciclo
Miércoles 3 de Agosto de 2011
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El hecho es conocido: Michoacán ha representado para el Partido de la Revolución Democrática, desde su surgimiento hace 21 años, su bastión más sólido y la sede de su presencia más duradera. También, en cierto modo, su cuna desde que en esta entidad se dio el nacimiento de la llamada Corriente Democrática del PRI y también el mayor número de cuadros y grupos sociales para el Frente Democrático Nacional cuando aquélla se desprendió definitivamente de su partido de origen, a finales de 1987. Tampoco pasa para nadie inadvertido que esa significativa presencia de Michoacán proviene de la historia local, una historia vinculada como la de ninguna otra región al cardenismo. Hoy, sin embargo, esa historia tiene todos los tintes de estar cambiando drásticamente y el partido fundado por Cuauhtémoc Cárdenas y sus compañeros de estarse alejando significativamente de sus orígenes.
No es, en rigor, una tendencia nueva. En las más diversas regiones, el aparato partidario del PRD ha ido quedando, desde hace un buen número de años, en manos de grupos provenientes de otras expresiones de la izquierda, de priístas resentidos, de tendencias de derecha moderada. También en el nivel nacional las dirigencias han registrado movimientos oscilatorios entre distintas tendencias, por lo demás normales en la naturaleza de los verdaderos partidos, en tanto que organizaciones representativas de grandes grupos de la sociedad y no sólo de camarillas. Pero, para bien o para mal, Michoacán, bastión del perredismo, lo era también del cardenismo y del neocardenismo, lo que alimentaba de historia y de mitos la presencia del partido iniciado por el hijo del general expropiador de la industria petrolera.
Acaso no sea necesario recordar que Michoacán ha tenido cuatro gobernadores extraídos de la misma familia (Lázaro Cárdenas, 1928-1932; Dámaso, 1950-1956; Cuauhtémoc, 1980-1986; y Lázaro Cárdenas Batel, 2002-2008), sino para destacar un fenómeno difícilmente reductible a un mero cacicazgo y que, de manera más compleja, refiere una profunda raigambre ideológica, una indiscutible identificación histórica e incluso una forma de la cultura política local. Al lado de esos personajes, un sinnúmero de políticos alcanzaron posiciones de poder identificados sincera u oportunistamente con el cardenismo a lo largo de por lo menos cinco décadas, y han buscado hacer resurgir casi en cada oportunidad posible esa matriz regional, incubadora de diputados, senadores, y presidentes municipales.
Cíclicamente, el cardenismo ha reverdecido en esta entidad. Ha sido la fuerza de la campaña henriquista de 1952, el nervio de las luchas de resistencia estudiantiles y campesinas de los años 60 y, desde luego, la esencia del despertar ciudadano de 1988, cuyo protagonista central fue Cuauhtémoc Cárdenas. Y ello es también lo que permite hablar no sólo de un cardenismo original sino de un neocardenismo con fortaleza social en Michoacán.
El PRD michoacano, por supuesto, se ha nutrido de tales tendencias, y a ellas debe sus más importantes triunfos electorales en el estado en los últimos 22 años, reconocidos algunos y otros no. No se explicaría la presencia que de inmediato alcanzó este partido en el país y en Michoacán sin esa referencia histórica del siglo XX.
Pero es ahí donde estriba el reciente cambio. El partido del sol ha comenzado también en Michoacán a introducirse en dinámicas que lo alejan de la tradición y la raíz cardenista o neocardenista, que durante dos décadas, no sin contradicciones y fracturas, le dieron su vigor y su eficacia política.
Nunca antes fue tan notorio. La corriente histórica neocardenista dejó en los procesos internos recientes del partido de controlar tanto la dirigencia como las principales candidaturas. No se trata de un relevo generacional -que ya se había dado, en muchos sentidos, con el gobierno de Cárdenas Batel-, sino de un viraje en el que no son visibles vínculos directos de los dirigentes partidarios y de sus candidatos con esa corriente. En tanto que el precandidato que se presentaba como representante de la corriente histórica y cercano a la familia Cárdenas, Enrique Bautista, fue barrido en la elección perredista, el candidato triunfador, Silvano Aureoles Conejo, aparece más bien vinculado con corrientes políticas que en Michoacán carecían de raigambre y presencia significativa, como Nuevo Sol y Nueva Izquierda, y que ahora han entrado al escenario como protagonistas y seguramente dirigirán el curso de la campaña en pos del gobierno estatal.
Más aún, la postulación del doctor Genovevo Figueroa a la alcaldía de Morelia tiene diversas implicaciones. Primero, la incapacidad del PRD para postular un candidato propio con fuerza para disputar la plaza; segundo, la creciente vinculación del partido -iniciada a mediados de los 90- con los grandes grupos del capital financiero de base local, particularmente el consorcio Ramírez; y tercero, la pragmática omisión de la historia propia del partido, de sus conflictos, luchas y asesinados, ya traídos a relucir, entre otros, por Cristóbal Arias. Un ex gobernador de origen salinista, a quien le tocó la tarea de combatir y neutralizar al entonces naciente partido neocardenista, incluso mediante la represión -recuérdese el violento desalojo por el Ejército, en abril de 1990, de las presidencias municipales ocupadas por el PRD en protesta por el fraude de 1989-, pero también mediante la manipulación electoral, los apoyos federales y otros recursos, aparece ahora, no por casualidad, como abanderado de un partido que cada vez con mayor dificultad puede reclamarse como la expresión de una izquierda avanzada.
Es posible que el cierre del ciclo cardenista para el PRD michoacano corresponda a un proceso natural de agotamiento y a la evolución partidaria; sin embargo aún están por verse sus consecuencias. No es la sustitución de una línea política definida y con raíces, por otra, sino la adopción creciente de pragmatismo sin referentes ideológicos claros. A partir de este momento, al parecer, los resultados electorales que el partido obtenga no dependerán más de su identificación en el imaginario popular con aquella línea, sino de los equilibrios coyunturales que alcancen las corrientes y fuerzas internas que coexisten en el partido. No se vislumbran tampoco liderazgos duraderos capaces de llenar el papel que hace dos décadas correspondió a Cuauhtémoc Cárdenas y más recientemente a Andrés Manuel López Obrador. Ello tiende a convertir al PRD en un partido más en la palestra política y en la competencia electoral, y no en la expresión de una corriente histórica que fue.

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