Rubí de María Gómez Campos
Meditaciones posmodernas
2 de octubre, no se olvida
Viernes 3 de Octubre de 2008

Sólo le pido a Dios que el engaño no me sea indiferente. Si un traidor puede más que unos cuantos, que esos cuantos no lo olviden fácilmente.

León Gieco

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Cuarenta años hace que los mexicanos perdimos la inocencia. “Dos de octubre, no se olvida” no es la expresión del rencor o del resentimiento -legítimo frente al crimen absurdo y genocida- sino el recuerdo obligado del momento más revelador del autoritarismo atroz que ha caracterizado la historia de México. Autoritarismo que ha privado no sólo en el México moderno sino a lo largo de toda la historia de dominación y de colonia que continuó hasta el siglo XX, y que cierra el periodo moderno con ese bestial evento en contra de la juventud.
La sangre reclamada de los dioses prehispánicos sumada a la de cruentos eventos de la Colonia -como la de los indios que, junto a la piedra y la cal, produjo la construcción de catedrales e iglesias- además de los crímenes modernos de la Ciudad de México, quedaron reproducidos en la muerte artera y en la desaparición de jóvenes estudiantes que fueron masacrados a golpe de bayoneta en la Plaza de las Tres Culturas. A partir de entonces las calles se llenaron de tanques y de fusiles. Después del 2 de octubre de 1968 nada volvió a ser lo mismo, ni en nuestro país ni en ninguna parte del mundo, porque como ocurre con todo acto abominable para el espíritu humano: nos afecta a todos, independientemente de a quién y en dónde ocurra.
De este hecho deriva la tipificación de los delitos de lesa humanidad, cuyo significado es, precisamente, que siendo cometidos contra alguien en particular, afectan o lesionan a toda la humanidad, al degradar o negar el sentido de la dignidad humana. El cometido hace 40 años contra el pueblo de México es de este tipo. Además de los crímenes individuales cometidos masivamente en contra de cientos de jóvenes estudiantes, se cometió el delito de lesa humanidad.
El autoritarismo de quien ostentaba entonces el cargo de presidente de México justificó, hasta el lecho de muerte, el horror irracional de asesinar a cientos de personas cuya única exigencia era y fue la esperanza en un mundo más justo, más democrático. Y es precisamente gracias a ellos (a sus incomprensibles pero inolvidables muertes; aterradoras desde el sentimiento de madres, pero esperanzadoras desde el punto de vista de los hijos) que hoy podemos conmemorar un año más, el número 40 de ese brutal acontecimiento que, como se dice a veces, “marcó nuestra historia”.
Esto significa que ya sólo los cuarentones (y pa’ arriba) conocieron o vivieron de cerca ese monstruoso fenómeno que marcó a toda la generación de cincuentones y sesentones que pueblan hoy este vapuleado país. Ello me lleva a preguntarme ¿cuántos jóvenes comprenden el eslogan y comparten la indignación? ¿A cuántos hemos participado el enojo y a quiénes hemos contagiado arrojo e inspirado dignidad? ¿Hemos sabido como pueblo diferir la ira y mantener el orgullo y la defensa de la libertad?
El fascismo en ciernes de ese histórico y doloroso gesto funesto y muchos subsecuentes, incluido lo que algunos reconocen con beneplácito como el “poderío militar demostrado” a últimas fechas, o la errante idea de que el Cisen investigue a los próximos candidatos a puestos de elección popular, tiene como origen y como consecuencia la cultura del temor. El miedo indescriptible a la posibilidad de una desestablización imaginaria -que sustentaba el gesto genocida de Díaz Ordaz- sólo produjo y reprodujo en el siguiente periodo más temor.
La sociedad mexicana pudo superar el trauma social del miedo gradualmente, en la medida en que progresivamente fue logrando abrir brechas de democracia y espacios de libertad. Veinte años después, en 1988 -gracias a la lucha del ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas- vimos salir el sol de un proyecto de futuro democrático para el país. Ojalá que después de estos otros 20 transcurridos lo que vemos no sea la representación de su ocaso.
El manto oscuro de “la noche de Tlatelolco” no había terminado de rasgarse cuando el exultante entusiasmo de la gente, y su desesperación ante la falta de alternativas de participación y de política real, fundaron al PRD. Sus fundadores comprendieron claramente al principio que el trabajo no sólo no terminaba, sino que apenas comenzaba y continuaría. Lograr vivir en una sociedad democrática, libre y generosa es una tarea de suyo inacabable. Y a todos nos toca en tanto vivientes de este mundo cumplir alguna parte del incierto, difuso panorama en el que se despliega nuestro destino, el destino histórico de México y el futuro de nuestros hijos.
Hagamos cada quien su parte lo mejor que se pueda. Pero seamos consecuentes con nuestros sueños, leales con nuestra añorada juventud, y solidarios con los nuevos sueños de los nuevos jóvenes con los que compartimos el mundo y a quien lo legaremos. Con todo lo terrorífico e inaceptable de los irreparables hechos acontecidos el 2 de octubre de 1968, en la Ciudad de México, los jóvenes de antaño sabemos y tenemos que afirmar hoy más que nunca que en ésta, como en toda tragedia, la ignominia más fuerte es el olvido…
rgcampos_61@yahoo.com.mx

Veinte años después, en 1988 -gracias a la lucha del ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas- vimos salir el sol de un proyecto de futuro democrático para el país. Ojalá que después de estos otros 20 transcurridos lo que vemos no sea la representación de su ocaso

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