Eduardo Nava Hernández
La tragedia del PRD y la izquierda mexicana
Jueves 10 de Marzo de 2011
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Nada más mirar el panorama de lo que hoy es el Partido de la Revolución Democrática en el país y sentir pena ajena y desolación frente a su profunda crisis, acaso terminal, que va dejando un organismo devastado y sin futuro visible.
A pocos días de que concluya el periodo de Jesús Ortega al frente de la dirigencia nacional, no se ve claro quién podrá sucederlo, y aún menos quién podrá mantener la unidad del partido. La negativa de Lázaro Cárdenas Batel a asumir la presidencia canceló la única posibilidad de una candidatura con consenso que unificara a la amplia miscelánea de tribus y corrientes que pueblan al sol azteca y le diera la estabilidad necesaria para enfrentar los cruciales procesos por venir. Hasta ahora, sólo Nueva Izquierda, la corriente del propio Ortega, ha manifestado interés por asumir nuevamente la dirección perredista, en cuyo caso se aseguraría la inmediata y definitiva debacle del partido.
Pero el desafío mayor que el PRD enfrenta es la escisión de Andrés Manuel López Obrador. Con licencia estatutaria o sin ella, el dirigente tabasqueño se encuentra fuera del partido por propia decisión, para deslindarse de la política de alianzas que la dirigencia de los chuchos ha impulsado con el PAN y que se concretará en breve (consulta de por medio) en el Estado de México; pero también para impulsar un nuevo partido, el que se perfila a partir de las bases propias que AMLO ha venido construyendo desde hace al menos cuatro años y que hoy se denomina Movimiento por la Renovación Nacional, Morena. El distanciamiento del carismático líder con el PRD amenaza con generar una oleada de renuncias o licencias, como ya comenzó a ocurrir en Coahuila, donde se concretó también la alianza de ese partido con Acción Nacional, y por supuesto en el propio Estado de México.
Dos factores estructurales condicionan la situación de crisis casi endémica del PRD nacional. Por una parte, su dependencia innata con respecto de caudillos y líderes morales muy poco proclives a asumir la disciplina partidaria que una organización nacional de las dimensiones del PRD requeriría. Por la otra, la inexistencia de mecanismos eficaces para procesar las diferencias internas entre la miríada de corrientes y grupos que lo integran. El abandono del centralismo democrático que antaño caracterizó a las organizaciones de una izquierda muy otra, dio paso a un sistema de lealtades grupales y personales y a la prevalencia de las cuotas y de las celebérrimas tribus como canales de promoción a las candidaturas. Es entre esas formaciones que se procesan los acuerdos o desacuerdos, en una dinámica centrífuga que sólo los príncipes (Cuauhtémoc Cárdenas o López Obrador) podían contrarrestar. Ausentes las cabezas mayores, prevalece entre los grupos el enfrentamiento directo por candidaturas y posiciones de dirección, pero sobre todo la falta de apego a una dirección que no cuenta con un reconocimiento indiscutible.
Ha de añadirse, entonces, el cuestionamiento político y moral a la propia posición dirigente de Jesús Ortega. Como es conocido, ésta no surgió de un mero proceso interno del partido sino de una resolución del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación -el mismo que avaló la asunción de la Presidencia por Felipe Calderón-; y, según afirmó alguna vez el ex gobernador oaxaqueño Ulises Ruiz, Jesús Ortega se había dirigido a él y a otros gobernantes priístas para pedirles apoyo para ganar las elecciones internas perredistas.
Un elemento más: el fracaso de la campaña de afiliación o reafiliación perredista, que después de un año sólo ha logrado conformar un padrón de un millón 700 mil militantes y simpatizantes y en donde sólo uno de cada tres de los afiliados en los 20 años anteriores ha refrendado su pertenencia al partido. Mientras tanto, el Morena de López Obrador presume contar ya con 2.4 millones de afiliados distribuidos en todos los estados y municipios del país.
La forma de mantener a flote el partido de Jesús Ortega y los suyos se parece mucho a una rueda de molino atada al cuello: las alianzas aquí y allá con el Partido de Acción Nacional en aras de supuestos triunfos que cierren el paso a los candidatos priístas y que, en casi todos los casos -con la notable excepción de Oaxaca- han servido para impulsar a priístas reciclados y hasta aliados de la cacique sindical Elba Esther Gordillo. Suena bien como una táctica grata a las intenciones de Los Pinos, pero no como una vía para la construcción y acumulación de fuerzas de la izquierda con vistas a un proyecto de transformación nacional. En el Estado de México, esa política podría llegar a su fin si, atraídos en buen número por el polo lopezobradorista, los perredistas mexiquenses dan la espalda a la alianza pactada por los chuchos y se cumple la profecía del cascarón vacío.
Pero la apuesta de López Obrador en el Estado de México, visto como umbral de las elecciones federales de 2012, es también muy arriesgada. Escindido del PRD y dividida la izquierda mexiquense en dos grandes tendencias -la alianza PAN-PRD y el Morena- será imposible que logre conformar una fuerza electoral suficiente para contraponerla al bien aceitado aparato priísta en esa entidad. Y su fracaso puede convertir su camino hacia la Presidencia en el 2012 en un auténtico laberinto y arrastrar al movimiento social y a la izquierda en su conjunto hacia un grave retroceso.
El PRD no representa, es claro, a toda la izquierda mexicana, como en sus orígenes lo pretendió. Pero es impensable un avance real de las fuerzas progresistas que no incorpore a ese partido como un destacamento fundamental. Para bien o para mal -seguramente para mal-, el futuro inmediato de esas fuerzas y pende en gran medida de las pendencias y conflictos internos que pugnan por la transformación del país.

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