Rubí de María Gómez Campos
Meditaciones posmodernas
¿Qué fue lo que pasó?
Viernes 19 de Septiembre de 2008
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La noche del 15 de septiembre en la histórica ciudad de Morelia, Michoacán, emergió el fenómeno monstruoso, por destructivo e ilógico, del terrorismo. Desde ese día la sorpresa, el pasmo ante lo desconocido, mantiene impresas en el ánimo y en la conciencia de los mexicanos varias incógnitas. Para poder comprender algo de esta sinrazón, que por primera vez ocurre en nuestro país, debemos comenzar por permitirnos formular algunas preguntas. Además de juzgar y condenar los abominables hechos debemos también ser capaces de situarnos frente a ellos, con el fin de analizarlos, si queremos sacar de éstos algún provecho.
La trágica y dolorosa muerte repentina de siete personas, y las heridas que laceraron el cuerpo de más de 100 seres cuya única intención fue celebrar “el Grito”, es injustificable. Quienes estaban allí es porque generalmente no tienen muchas alternativas de diversión. La emoción de “ver de cerca” al gobernador era su única motivación para aguantar los codazos y los empujones. Hace ya tiempo que “celebrar el Grito” es un eufemismo de la única expresión ciudadana anual de compromiso ideológico festivo, con una patria que casi nunca le dejan sentirla suya y que, a pesar de todo, el mexicano promedio sostiene en el centro más profundo de su/nuestra esperanza.
Ver los juegos pirotécnicos y llevar a los hijos a mirar el castillo es ya casi la única forma en que los mexicanos podemos mantener, así sea breve e ilusoriamente, nuestra fe en un mejor futuro para nuestros hijos. Mirar el rostro honorable del cura Hidalgo; al insigne Morelos; recordar aunque sea el nombre de “los héroes que nos dieron patria” (incluidas recientemente -así sea por razones de propiedad política- las desconocidas e incomprendidas dotes de doña Josefa); saber o más bien creer, simplemente, que hubo un día en que para alguien, en algún tiempo, los que sufren eran más importantes que sus intereses personales y hasta que su propia vida es la manera -para muchas personas- de encarar cotidianamente el resto del año el difícil e incierto futuro de una patria que vemos deshacerse en nuestras manos, junto con la sonrisa de nuestros hijos y sus sueños.
La primera pregunta que nos viene a la mente frente al ya absurdo acto de matar es ¿por qué a ellos? Pero antes ¿quiénes son ellos? Evidentemente no significa lo mismo que el atentado ocurra en las Torres Gemelas que en la plaza pública de Morelia. Una diferencia notable es que estas últimas fueron víctimas de un artefacto destinado desde su confección a la aniquilación “legal” de personas que son previamente definidas como “enemigas”; lo que las hace por definición eliminables en el círculo infinito de la autolegitimación en la que el poder se coloca. Una granada de fragmentación no sólo representa un instrumento del poder patriarcal; además simboliza de forma privilegiada la esencia de este poder, que es la fuerza y la violencia; y cuyo objetivo último es la negación física del “enemigo”.
Pero además no existe alguna guerra declarada; los “caballeros” entienden que hasta en una guerra hay valores en juego y que en declararla hay honor. Y ni en la guerra más cruenta se considera válido el ataque a civiles. La honorabilidad también es parte de la forma límite de las relaciones humanas: la guerra. Sólo los bárbaros arrasaban con todo sin ningún miramiento. Y aún los pueblos precivilizados lo hacían “por” algún supuesto motivo, válido para algunos por absurdo que sea matar; por ello es que generalmente los grupos terroristas, con toda la evidencia de su error, son capaces de adjudicarse públicamente los aberrantes actos. En este caso el motivo es, además, inconfesable…
A escasos quince días del coloquio “Merleau-Ponty viviente” (comentado en esta columna), y ante la dolida incredulidad de aquellos visitantes que quedaron prendados de nuestra majestuosa entidad, me permito compartir con los amables lectores de esta columna algunas expresiones de solidaridad y su empatía:
“Amigas y amigos de este incipiente círculo Merleau-pontyano, y en especial a la gente que vive, trabaja, lucha y ama ahí en Morelia: Apenas he podido mirar y ver una parte de una de las noticias. Es un espanto, y lo único que he alcanzado a pensar es: ¿México, también? No, por favor, a Morelia y su gente no le hagan esto. Ni a nadie en ningún lugar. Un gran abrazo de condolencia y cariño para quienes tenéis cerca el dolor. Y a quienes quiera que sean responsables, mi más absoluto desprecio y que pronto puedan saber qué es justicia. Desde Almería, sureste de España, un cuerpo entristecido. José María. P.D. Gracias a Mariana por el aviso. Es verdad que ya tod@s nos sentíamos de algún modo morelian@s. Ahora más”.
“Queridos amigos: Hoy me he enterado del atentado ocurrido ayer en Morelia. No llego a comprender bien las razones del mismo, pero quería enviar un abrazo de solidaridad para nuestros amigos morelianos. Un fuerte abrazo para todos, y especialmente para la familia moreliana. Mariana (París)”.
“Queridos amigos, este terrible acontecimiento nos hiere en lo más profundo de nuestro ser; les hago llegar mi sincero acompañamiento desde mi lugar. Con todo mi afecto, Alicia (Buenos Aires)”.
“Desde ayer estamos tentando de entender lo que occurió precisamente. No tengo palabras. Es difícil hacer coincidir la visión que tuvimos de Morelia y la de las noticias. Mi solidaridad a todos nuestros amigos morelianos ¡Y por favor nos informen si todos esteis bien! Emanuel (París)».
“Amigos morelianos: Ayer noche me enteré por la tele de lo ocurrido en Morelia. El horror de estas escenas es incompatible con lo que todos vivimos hace apenas una semana. Et in Arcadia ego. Envío un fuerte abrazo a mis amigos morelianos y siento su aflicción como si fuera mía. Josep María (Barcelona)”.
“Queridas-os amigas-os, es con gran dolor mezclado a una más grande rabia que os transmito mis más sentidos pesares por la barbarie que ha tocado a la gente de Morelia.
Os estoy muy cerca, con sincero afecto. Antonino Firenze (Barcelona)”.
“Hemos disfrutado muchísimo de nuestro viaje a Morelia, Les agradecemos enormemente todas las atenciones que han tenido con nosotros en un contexto en que se unieron la profundidad filosófica y la cordialidad de un modo que pocas veces hemos experimentado. Hoy hemos tenido que lamentar la noticia del atentado en Morelia. Una ciudad tan grata y hospitalaria no merecía sucesos de esta índole. Saludos cordiales, míos y de Graciela. Roberto Walton (Buenos Aires)”.
Y para terminar, la indignación y el ánimo que trasciende fronteras: “No puedo creer lo que ha pasado en Morelia, y en verdad espero que la gente reaccione (que México reaccione) y que estas cosas paren de una buena vez. Más allá de la rabia y de la impotencia que deben sentir, espero que todos se encuentren bien y con fuerza para seguir luchando. Un abrazo. Eduardo (Lisboa)”.

La trágica y dolorosa muerte repentina de siete personas, y las heridas que laceraron el cuerpo de más de 100 seres cuya única intención fue celebrar “el Grito”, es injustificable. Quienes estaban allí es porque generalmente no tienen muchas alternativas de diversión. La emoción de “ver de cerca” al gobernador era su única motivación para aguantar los codazos y los empujones

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