Rubí de María Gómez Campos
Meditaciones posmodernas
La dominación del cuerpo de las mujeres
Viernes 12 de Septiembre de 2008
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Aunque hoy -a instancias de Andrés Manuel- se estile decir “adversarios” para dotar al discurso político de un referente de nobleza frente a opositores que seguramente quieren cortarle al otro la cabeza, yo me pregunto: ¿Quiénes son los enemigos de la lucha política feminista en nuestro tiempo? Esos que efectivamente quisieran cortarle la cabeza a un movimiento que desde hace tiempo produce dolores a la suya. Hace 50 años era el hombre común, el padre de familia, a quien correspondía fungir como el factor determinante de la reproducción social (más que la mujer, quien dependía de él hasta en eso) a través de la ejecución de las formas tradicionales de relación entre hombres y mujeres, y en el cumplimiento de las normas a partir de una exigencia a la que las mujeres tenían que someterse “voluntariamente”, en la medida en que no tenían frente a sí mayor opción que la magra “libertad” del convento o la prostitución.
Después de casi cinco décadas de lucha por parte de las mujeres para lograr una igualdad social que mínimamente las reconociera en su dignidad humana a través de las nuevas fases de su integración a la sociedad, la desigualdad de género se sigue manteniendo; resistiendo a los propios avances democráticos que en la esfera política se producen; lo que obliga a preguntarse cuáles son los obstáculos que desde la izquierda limitan la participación igualitaria de las mujeres en la cultura. Sobre todo, cabe preguntarse por el rasgo de la aquiescencia femenina: ¿Quiénes se benefician, y a qué costo, de mantener el paradigma de la identidad femenina de la entrega al otro (varón: el padre, el marido y/o los hijos)?
Si procedemos de este modo, indagando acerca de los beneficios y costos del problema, tendremos más posibilidades de acercarnos a la cuestión verazmente. Sobre todo nos importa saber -una vez que la sociedad ha dotado a las mujeres de derechos humanos, sociales y civiles- cómo pudiendo construirse una identidad múltiple habrían podido conformarse con verse reducidas y mantenidas en la univocidad del modelo patriarcal: ¿A quién beneficia en realidad que se preserve el modelo de feminidad no sólo aquiescente sino también obsecuente que tenemos? La postmodernidad trajo consigo una ruptura con el modelo hegemónico de la organización social, y con ello se produjo también una alteración de las posiciones en el juego del poder, que hizo de los llamados poderes informales la nueva fuente no sólo de influencias y de gravitación social en general (lo que promueve la descomposición social); sino especialmente de fortalecimiento del machismo.
Así, los nuevos enemigos de la utopía social de justicia, igualdad y dignidad que representa el feminismo, quienes consideran a las mujeres como objetos de su propiedad, no son más (solamente y de forma especial) los varones del campo o de la ciudad; sino sobre todo quienes desde el ámbito empresarial, desde el control político, o a partir del dominio espiritual, ejercen o intentan mantener el control y la sujeción de las mujeres a través de la enajenación de su cuerpo, en una apropiación social que usurpa la autonomía de sus vidas. Nos referimos a las relaciones económicas, políticas y espirituales -regidas por el mercado, el Estado y la Iglesia- que nos circundan: la moda (los certámenes y el mercado del consumismo que la envuelve); las políticas (por ejemplo las poblacionales, que impactan el ámbito reproductivo y la vida concreta de las mujeres); y la oposición a reconocer el derecho a ejercer una maternidad voluntaria y establecer medidas más severas y efectivas contra los delitos sexuales. Los tres temas se sustentan en una alianza inconfesable en la que los agentes que participan (hombres y mujeres) comparten algún grado de machismo social.
El modelo de feminidad aquiescente: pasiva y dependiente que nos dio el patriarcado, cedió paso con el proceso revolucionario mexicano a nuevas formas (aparentemente más activas) de participación social de las mujeres, en las que ellas seguían presas sin embargo de un entusiasmo neófito por alcanzar niveles de realización y de decisión que ya habían sido superados por los varones. Así, las mujeres “alcanzaron el poder” en los momentos de una modernidad agotada, en la que la cultura masculina estaba tan desgastada que ni los mismos hombres se reconocían en ella. Hoy se contentan con estar en los niveles de mando en los que ya no se toman las decisiones; porque las decisiones ya no son locales sino que se toman en el nivel global; quien toma las decisiones económicas no son siquiera los gobiernos de los países, sino el Banco Mundial. Y las mujeres quedan hoy tan rezagadas en su capacidad de decisión política (esto es, decisión en la configuración del mundo y en la definición de la faz de la tierra para los próximos años) como siempre habían estado…
La esperanza de una nueva humanidad que alcance la justicia social está esbozada en la alianza entre las mujeres y en su experiencia como sujetos individuales, que realizan cotidianamente un efectivo y cada vez más sostenido control y una paulatina apropiación de sus cuerpos, y con ello de sus vidas. Las mujeres del tercer milenio comienzan a comprender que: mientras no sean dueñas de sus cuerpos no podrán ser dueñas de ninguna otra cosa. Por ello, mientras ellas siguen ejerciendo poderes y resistencias locales que mantienen la vida y desarticulan por definición todo intento de control totalitario, como siempre han sabido hacerlo, seguimos manteniendo como un eco de la década de los 60, que reverbera el origen de la plena emancipación humana: ¡Mi cuerpo es mío!

Después de casi cinco décadas de lucha por parte de las mujeres para lograr una igualdad social que mínimamente las reconociera en su dignidad humana, la desigualdad de género se sigue manteniendo

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