Jueves 22 de Julio de 2010
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Ochenta y seis días después de iniciada, el ingeniero Cayetano Cabrera Esteva mantiene la huelga de hambre con la misma decisión que el primero. Ha dirigido a la comunidad internacional, a la clase trabajadora y al pueblo de México una breve pero contundente carta en la que reitera su decisión de permanecer en el ayuno hasta las últimas consecuencias y demanda públicamente que él, los demás huelguistas de hambre -aún son catorce en el Zócalo de la Ciudad de México-, el secretario general y el Comité Ejecutivo del Sindicato Mexicano de Electricistas sean recibidos en Los Pinos por Felipe Calderón Hinojosa. “El presidente de la República es el único que puede resolver este conflicto”, afirma. Pero también advierte: “Si el presidente no atiende esta petición pública para resolver este conflicto de manera política, él será el único responsable de lo que le pase a mi vida y a la de mis compañeros en esta huelga de hambre”.
Ya antes había expresado: “No busco la muerte. Es que nos arrebataron la vida”. Y sí, el decreto presidencial del 11 de octubre y la acción policiaca un día antes en las instalaciones de Luz y Fuerza del Centro trastornaron por completo la vida de 44 mil trabajadores que aún hoy buscan colocación productiva. De un día para otro, lanzados a la calle, virtualmente desechados, por el delito de pertenecer a un sindicato con 95 años de existencia que no se sometió ni se ha sometido a los designios del gobierno panista. Sólo porque su oficio o profesión los colocó en medio del camino de la privatización del sector eléctrico y de telecomunicaciones. Los más de 17 mil que resisten piden sólo, nueve meses después, ser reinstalados en el trabajo que conocen, en el que siempre se sintieron y fueron útiles y productivos, y que ahora se ha otorgado a empresas contratistas y empleados sin preparación técnica.
Una vez más, la Suprema Corte les arrebató la vida cuando decretó la legalidad de un decreto que no tomó en cuenta los derechos laborales, pese a que éstos también están contemplados en la Constitución. ¿Qué expectativas de vida puede tener un trabajador que estaba cerca de la jubilación y al que de pronto le han dicho que sólo cuenta con una posible liquidación, pero no empleo ni pensión jubilatoria? ¿Qué para un joven que por fin había conseguido un trabajo formal y ahora es lanzado a la calle a seguir buscando ocupación? ¿Qué habrá para las empleadas no calificadas que han dedicado años de trabajo a una empresa de servicio público que de la noche a la mañana es declarada desaparecida?
Que Calderón es quien puede resolver el conflicto no es una exageración, porque él lo creó. Validado o no por la Suprema Corte, el decreto de octubre y la decisión política que lo antecedió sientan un precedente histórico. Nunca antes un sindicato con las características del SME -trayectoria histórica, militancia masiva y de servicio público- estuvo sometido a un hostigamiento semejante. Charrazos hubo que acabaron con dirigencias representativas y democráticas, y se pensaba que eran privativos de la era priísta; pero no golpes de mano que atentaran contra el sindicato entero y contra la actividad de todo un sector de la economía. Calderón se ha inscrito en la historia, por su propia mano, como el más acérrimo enemigo del sindicalismo que el país haya conocido.
Pero ha sido en la calle a donde los lanzaron, en las plazas públicas, en los foros y en los poros de la sociedad en los que van penetrando, que el SME ha renacido. Ahí se ha reencontrado con una sociedad que también tiene hambre y sed de justicia y que cada vez que puede viene a contradecir. Ahí están los reprimidos y recién liberados defensores de la tierra de Atenco; los indignados padres de los niños inmolados en Hermosillo al altar del lucro y la incompetencia; los indígenas de Chiapas y los de Oaxaca, con sus aspiraciones de autonomía; los deudos de los desaparecidos políticos y de la muchas víctimas de la represión y de la supuesta guerra al crimen. Con todos ellos y con todos los sectores solidarios se ha encontrado el sindicato de electricistas, y en cada uno de ellos ha renacido. No hay ya uno sino muchos SME.
Por eso es que la huelga de hambre que hoy por hoy encabezan el ingeniero Cayetano Cabrera (profesor del IPN, técnico por vocación, sindicalista por convicción) y el electricista Miguel Ángel Ibarra, ya rindió sus frutos y ha quedado en la memoria colectiva como una de las páginas más claras de la historia del sindicalismo. No debiera ser necesario llevarla hasta sus últimas consecuencias. Porque el criminal de todos modos ya está reconocido; porque la lucha no terminará con el sacrificio sino con la justicia, que no está necesariamente ligada a él. Ya no, Cayetano. Ya no, Miguel Ángel. La vida aún los llama. Aún falta mucho para alcanzar y mucho pueden ustedes aportar. Aquí, con sus compañeros del SME y con todos.

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