Rubí de María Gómez Campos
Meditaciones Posmodernas
Valores
Domingo 6 de Junio de 2010
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Los valores en una sociedad son las costumbres sustentadas en creencias, que hacen a una cultura ser la que es. Es impensable una cultura sin valores. Tal cosa significaría una sociedad sin prácticas habituales, un caos social en el que cualquier situación es posible sin importar lo absurda que ésta sea (¿le suena?). Los valores son los principios de actuación que dan rumbo y orientación a las personas que conforman la sociedad humana. Cada una sin embargo, a través de su cultura, expresa diferentes valores como centro privilegiado de atención. Las diversas maneras de valoración de ciertos valores convertidos en bienes sociales dan a cada cultura su carácter, como también a las personas y a la cultura en general.
En nuestro tiempo aparentemente los valores dominantes se han circunscrito a tres: el dinero, la belleza y el saber concebido como conocimiento técnico. El dinero es para las sociedades capitalistas liberales el valor último, mediante el cual se realiza la vida fetichizada de la cotidianeidad moderna. Los malls o centros comerciales se han convertido en centro de reunión para los jóvenes. La vida social toda se construye en torno a quien tiene; y quienes no, se conforman con aspirar a tener y a imitar el estilo de vida de aquellos cuyo valor segundo es la belleza. Y la belleza cuesta…
Desafortunadamente la belleza cuesta a veces mucho más que dinero. Ser bella (o bello) es una de las consignas más fuertes de nuestro tiempo. Más allá de que la belleza sea sustituida por un modelo de belleza definido desde el poder y por ende caracterice los rasgos de quienes lo detentan, la belleza se ha convertido en un imperativo que la clase media afirma y reproduce en su búsqueda de realización, a través del primer y principal valor que es el dinero. La instrumentalización que produce este valor en juego se traduce en el anhelo de posesión de un cuerpo y un rostro “perfectos”, que a su vez multipliquen el dinero.
Este binomio claramente co-referente y autosuficiente que define el modelo de las relaciones humanas del presente, depende irremisiblemente de un tercer valor de referencia que podría redefinir, rediseñar, promover y hasta parar las formas viciosas en las que el proceso civilizatorio se define. El conocimiento es el valor, de estos tres principales, que podría convertirse en el factor de cambio de una experiencia caótica y desviada ante el portento de la humanidad.
Si bien hasta hoy el conocimiento ha sido un medio de consecución de bienes producidos en el entorno de valoración del dios del dinero; como alcanzar a representar el ideal de belleza que es impuesto como una forma de representación de la modernidad; la aproximación al verdadero y pleno conocimiento humano, concebido como saber: vinculado a lo humano y capaz primero y sobre todo de llevar los beneficios que produce la técnica a la resolución de las necesidades humanas, es un auténtico valor que se mantiene vivo, aunque distorsionado, en la desesperanzadora actualidad.
El saber humano reducido a conocimiento técnico, la salud convertida en belleza y el dinero concebido como el Dios Supremo, caracterizan los valores que la modernidad del último siglo ha traído al juego social. Los seres humanos de hoy se comportan como piezas de ajedrez que son movidas externamente, según el libreto de la sin razón. Otros valores como la solidaridad, la dignidad, la honestidad, la verdad, la igualdad, la paz y la justicia, han sido suplantados por la búsqueda de poder que da el dinero y la belleza.
Tales valores pueden ser tan aplastantes que hasta el conocimiento puede ser convertido mediante ellos en moneda de cambio. Así como el dinero puede en este momento conseguir belleza y la belleza conseguir dinero, el conocimiento usado instrumentalmente puede producir ambos, y éstos se han convertido a su vez en su motor más poderoso. La reducción del saber a procesos estándares de conocimiento técnico, regulados internacionalmente, no son más que el refuerzo institucional de este proceso.
La forma de romper el círculo reforzado de esta triada de valores modernos deshumanizantes es por cualquier lado que permita alcanzar otras formas de conciencia y convivencia más allá de la impuesta por procesos de miedo y de violencia. Al menos se conservan las vías para echar a andar el tren del conocimiento, si se vincula el saber al parámetro no de los intereses particulares sino de lo humano. A partir de este único valor en decadencia es posible y necesario comenzar a sembrar en la cultura los parámetros que permitan, algún día, reconocer en el mundo humano formas de auténtica belleza.
Por todo esto la compra-venta de títulos académicos es, por lo pronto, una vergüenza que justifica los juicios de quienes desvaloran los procesos institucionales de conocimiento. Sobre estos criterios que desprecian el proceso auténtico del saber humano, la corrupción académica lleva a la sociedad a retroceder o a mantenerse en el atraso y sostiene la antigua creencia que renuncia a valores superiores y mantiene a todos dependientes de la violencia; lo que se traduce en la fórmula: “Suerte te dé Dios, que el saber (y los valores humanos superiores) poco te importen”...

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