Eduardo Nava Hernández
La huelga de hambre
Lunes 24 de Mayo de 2010
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En Santillana del Mar, España, Felipe Calderón recibía un reconocimiento de los empresarios españoles por sus aportaciones al desarrollo económico y la cohesión social; y el primer ministro José Luis Rodríguez Zapatero hacía a éstos una invitación a participar en los proyectos de privatización que el gobernante mexicano impulsa, particularmente en las ramas de electricidad, telecomunicaciones y transporte. En las ciudades de México y Toluca 93 trabajadores sostienen, al mismo tiempo, una huelga de hambre colectiva como uno de los últimos recursos para defender su fuente de trabajo, que es, a la vez, defender una empresa de propiedad nacional amenazada hoy por esos mismos proyectos de privatización y afectada de tiempo ha por la descapitalización, el abandono y una arbitraria campaña de descrédito dirigida desde las entrañas mismas del poder público que debería protegerla.
La huelga de hambre es siempre un recurso extremo de individuos o grupos afectados gravemente por el abuso del poder a los que se han cerrado otros canales para expresarse. Poner en juego la salud o la vida propias es una denuncia del poder, un desafío a la insensibilidad de los gobernantes y un llamado de atención a la sociedad. Es un acto de autonomía y expresión por antonomasia de la no violencia. Antes que afectar la integridad de otros, el actor individual o colectivo del ayuno afecta la suya, buscando atraer la atención y la solidaridad de la sociedad, y de la autoridad una respuesta basada en la justicia. De esa doble interlocución -con la sociedad civil y con los órganos de poder público- deriva su eficacia para corregir situaciones intolerables de abuso o indiferencia. Es, como señala el Nobel de la Paz Adolfo Pérez Esquivel, una acción pública y política.
Aún está fresco en la memoria social el caso de Orlando Zapata, muerto en una prisión cubana denunciando con un ayuno que llegó a los 86 días a su fatal desenlace el sufrir malos tratos carcelarios. A su penoso sacrificio, al que la oposición cubana dio la significación de una reivindicación social, siguió el ayuno de un reconocido opositor Guillermo Fariñas, que no llegó a la muerte. En ambos casos, los medios de prensa del mundo dieron a las acciones una amplia cobertura, en denuncia del gobierno cubano. Ocasiones como ésa siempre permiten reavivar las acusaciones contra el régimen isleño y calificaciones de dictadura.
Esa cobertura es la que ha faltado, a casi 25 días de iniciada, en torno a la huelga de hambre de los trabajadores del SME, cuando empiezan a mostrar signos de afectación a su salud. Las pantallas de televisión y las planas de los grandes diarios que tan pródigamente se brindaron a Zapata y Fariña son omisas de lo que ocurre hoy en el corazón de México como consecuencia de las acciones del 10 de octubre de 2009 en que el gobierno de Felipe Calderón emprendió el aniquilamiento del Sindicato Mexicano de Electricistas y de la empresa Luz y Fuerza. De poco ha servido hasta ahora la movilización de los más de 20 mil trabajadores y jubilados que no aceptaron la liquidación y que mantienen la digna postura de seguir señalando las truculencias del decreto calderonista y la injusticia de las acciones del gobierno. Inútil ha sido para los gobernantes, no para la sociedad civil, el haberse exhibido la falacia de sus argumentos, la responsabilidad de los suyos en la situación financiera de la empresa, la política de saqueo y los privilegios de los que los responsables siempre tuvieron ocasión. Inútil también el que se documente y difundan -como en el reportaje de Daniel Lizárraga en Proceso del 9 de mayo- las falsedades en que se sustenta la determinación liquidadora. Infructuoso que agrupaciones y organismos internacionales como la OIT (Organización Internacional del Trabajo) hayan expresado al Estado mexicano su preocupación por las irregularidades del caso y por la cancelación de la fuente de trabajo a 44 mil trabajadores. La insensibilidad de los gobernantes y el silencio de los grandes medios de comunicación son la manifestación de su conocida pero no por ello menos lamentable complicidad, virtualmente identidad.
La revisión por la Suprema Corte de Justicia del juicio de amparo presentado por el SME, que le fue adverso en una primera instancia, y la huelga de hambre colectiva señalan que el conflicto entre el Estado y los trabajadores ha entrado en una fase decisiva. La resolución del máximo órgano jurisdiccional es el último recurso legal posible frente a la arbitrariedad del círculo asentado en el mando. El ayuno es la decisión de los primeros afectados (lo hemos sido todos los mexicanos, tengamos o no conciencia de ello) de poner en juego su integridad personal frente a un atrabiliario estilo de gobernar que se traduce en una verdadera amenaza contra la sociedad y el patrimonio de la nación. Mucho está en juego en sus respectivos resultados, y hacia allá debiera orientarse prioritariamente la atención pública.
¿Desarrollo económico? ¿Cohesión social? ¿Qué percepción ha logrado inducir el viajero gobernante mexicano en los grupos empresariales españoles? Valdría la pena conocerla y contrastarla con la realidad que aquí vivimos.


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