Rubí de María Gómez Campos
Meditaciones posmodernas
El encanto de un burka
Lunes 3 de Mayo de 2010
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El gobierno francés prepara un proyecto legislativo para prohibir el uso del burka, velo integral islámico que cubre casi por completo a la mujer en los espacios públicos (y en algunos casos también en los privados). A pesar de lo aparentemente benévolo de la medida que busca “aligerar la tensión” de más de dos mil mujeres que viven en ese país y que se ven obligadas por razones religiosas o de costumbre a cubrirse de la cabeza a los pies con esa túnica, se ha desatado una polémica acerca de lo conveniente o no de la medida, debido al hecho de que inflige a las mujeres lo contrario a lo que su religión les imponía (ahora la prohibición a usar el dicho atuendo, concebido como protector de la virtud de las mujeres).
El problema que enfrenta éste y otros temas es la complejidad que conlleva la condición de desigualdad de las mujeres. Una organización llamada SOS Racisme considera esta medida contraria a la Constitución y a la Convención Europea de los Derechos del Hombre, ya que la lucha por los derechos de las mujeres es inseparable del combate contra el racismo; y la medida, apoyada en un principio liberal que se pretende universalmente válido, no respeta las diferencias culturales. Por si esto fuera poco, mujeres musulmanas se oponen a la ley que consideran contraria a sus creencias. Los argumentos de quienes se oponen a la ley francesa no olvidan el carácter de sometimiento que se impone sobre las musulmanas. “Si la policía persigue a las mujeres que la usen, entonces no saldrán a la calle, y estarán dos veces encerradas”, afirmó el diputado Jean-Christophe Cambadélis, del Partido Socialista.
Según Human Rights Watch este tipo de prohibiciones “viola los derechos de las personas que optan por llevar el velo y no ayudan a aquellas que son obligadas a hacerlo”. Sabemos ya que no es por decreto como puede lucharse contra el patriarcado. El problema feminista de fondo de este asunto que ha sacado a la luz el debate comunitarismo vs. liberalismo de las sociedades multiculturales, y las complejas interpretaciones acerca de la validez universal de las argumentaciones de uno y otro bando (con todo y sus perplejidades), está tal vez en lo que se conoce bajo el nombre de “síndrome de Estocolmo”.
Las mujeres, decía J. P. Sartre, son el único grupo de esclavos que son capaces de besar sus cadenas. Aunque esto no es debido a algún rasgo esencial de las mujeres, sino a una condición a la que ellas se han visto sometidas durante muchos siglos. El síndrome de Estocolmo es un proceso psicológico de protección; una forma del sentido de sobrevivencia que se produce frente a la emoción del miedo. El resultado de humillaciones de larga duración o des-valoraciones permanentes produce en los sujetos que las sufren un sentimiento de empatía o afinidad con el verdugo a partir de cualquier gesto, por mínimo que sea, de simpatía o afecto.
Las relaciones interpersonales que los sujetos sociales establecen producen la tendencia a establecer identificaciones con los otros, aun en las condiciones más adversas. La defensa del uso del burka, por parte de mujeres que lo usan, es de este tipo. Por ello también es que mujeres víctimas de violencia resultan incapaces muchas veces de establecer medidas de defensa reales y enfrentar y alejarse del hombre que las victimiza. El hombre violento sólo continúa las sesiones de humillación, denigración, que antes otros sujetos (miembros de la familia, generalmente el padre y hasta la misma madre) le hicieron recibir a la víctima.
Por otra parte, el miedo a alguna cosa peor (como si hubiera cosas peores que el desprecio y el desamor que la víctima siente por ella misma, después que se acostumbra) hace que las mujeres víctimas de violencia acepten situaciones de desamor y de maltrato, que llevan a agudizar la confusión que viven y a mantener la indistinción entre lo correcto y lo incorrecto, entre lo bueno y lo malo, para sí mismas. Es por todo esto que, desde el punto de vista de un pleno reconocimiento de la dignidad humana de las mujeres, no es suficiente con crear leyes que tiendan a obligarlas a reconocerse como seres humanos iguales a los otros, pero tampoco es superfluo que se establezcan condiciones legales que las coloquen en disposición de participar del debate.
Ya discutir las normas es un hecho que rompe con la tradición liberal de imponer medidas colonialistas y unilaterales a los países económicamente dominados. Pero la voz de las mujeres también pone en cuestión las tradiciones patriarcales ancestrales que buscan someter a la mujer no sólo mediante la costumbre de reprimir su cuerpo, sino también negando cualquier signo de identidad humana, a través de tradiciones culturales diversas.
Finalmente con esta discusión, gane quien gane, las mujeres han obtenido el derecho negado a la palabra. Respecto del burka, la obligación de usar cualquier atuendo, o bien, la prohibición de usar cualquier atuendo tienen, paradójicamente, aun con diferente (o hasta opuesto) signo, igual sentido. Lo malo no es usar o no usar un burka. A veces, cuando me siento deprimida y cuando no quiero ver a nadie ni que nadie me vea, me gustaría poder usarlo. Es, entre otras muchas cosas, una forma de sustraerse a todas las miradas. Inclusive hay quien considera el burka de forma positiva. El filósofo Abdennour Bidar dice en el diario Le Monde: \"La identidad oculta por completo tras el burka es la identidad profunda del yo moderno, hoy ilocalizable\".
Lo malo, lo monstruoso es (independientemente del motivo) tener que usarla, o no usarla, sin alternativa...

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