Rubí de María Gómez Campos
Meditaciones posmodernas
Sororidad (II)
Domingo 18 de Abril de 2010
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Hoy que las mujeres son agentes activos de la sociedad occidental contemporánea no pueden seguir siendo concebidas sólo como mediadoras de una cultura de varones, sino como sujetos culturales de posibilidades éticas diversas. La negación de esta realidad mediante fórmulas misóginas como “la mujer es…” o “las mujeres son…”, mistifica la realidad, no la describe. Al extender la definición de mujer universalmente y sustanciarla a través de fórmulas absolutas se configuran interpretaciones del mundo que refuerzan alianzas supuestamente humanas, aunque sean exclusivas de mujeres con hombres, tan peligrosas como destructivas.
Un ejemplo muy claro de esta forma de alianza restringida con las formas más perniciosas de “lo masculino” es el uso del concepto de amor, bajo su falseamiento absolutista y la contradictoria idea de que el amor “lo justifica todo”. Djennet Abdurajmanova, la llamada viuda negra y terrorista de 17 años que se suicidara recientemente en el metro de Moscú, provocando la muerte de al menos 39 personas y más de 90 heridos, realizó el atentado como venganza por la muerte de su marido. Esto demuestra que la idea de amor romántico que se sostiene resulta ser tan peligrosa (y tal vez más eficiente) como el más pernicioso de los líderes de sectas suicidas y asesinas: Jones en Guyana, Charles Manson, etcétera.
El patriarcado ha construido un mundo en el que los cimientos profundos de alianzas masculinas (de tintes destructivos y tonalidades estratégicas) alcanzan a deformar las relaciones entre las mujeres y hasta la misma concepción que de sí mismas tienen como humanas. Pero la realidad desmiente las falacias machistas. Además de la alianza sumisa con los hombres que el patriarcado obliga, las mujeres construyen redes sociales de solidaridad humana más frecuentemente que los hombres.
Ellos han consolidado históricamente un mundo de guerras y violencia que invade hasta el lugar que han definido como el sitio del cuidado y el resguardo: el espacio doméstico de la familia. Los datos de violencia doméstica han desmentido el hecho de que la mujer sea “la reina del hogar”, como rezaba la mística de la feminidad de hace medio siglo; y éstos revelan que la falta de solidaridad a las mujeres, que llega a la violencia y hasta al homicidio, no viene de otras mujeres sino de sus varones más cercanos.
Insatisfechas con representar -a veces en contradicción con sus acciones, como en los ejemplos referidos- el lugar ideológico de amor hacia los otros y el concomitante desprecio hacia sí mismas que lleva a las mujeres a tolerar violencia largo tiempo, las feministas italianas y francesas han desplegado un horizonte de encuentro para las mujeres y de comprensión más amplia y real del mundo deformado y reducido por el patriarcado.
Develando el pasado y el presente con claves feministas, las compañeras de la Librería de mujeres establecen que la sororidad es la capacidad humana de solidaridad con las mujeres. En su origen (oculto por la cultura individualista que fuera construida por los hombres) es la capacidad de solidaridad entre mujeres, que se basa en el reconocimiento de semejanza entre ellas.
Este concepto expresa una experiencia que ha tenido un lugar marginal en el mundo instrumental en el que rige el principio: “Divide y vencerás”. Su utilidad es la capacidad de reconocernos entre las mujeres como semejantes, sin que ello implique fusión, indistinción, comprensión total, exención de conflictos o compenetración total. Y es necesario, sobre todo, porque nombra la realidad colectiva de una experiencia que, siendo verdadera históricamente, no ha sido registrada y cotidianamente se le niega lugar.
Pasando por encima del prejuicio que niega su existencia, es necesario establecer que la cultura esconde e invalida los múltiples ejemplos realmente existentes, observables cotidianamente aunque muy poco registrados en la historia, de solidaridad efectiva entre mujeres (y la todavía más escasa, de los hombres hacia las mujeres). ¿O qué son los ejemplos (aún poco conocidos) de mujeres grandiosas que, amantes de los otros, nunca hicieron distingos misóginos al conformar dificultosamente su legado: Sor Juana, Josefa Ortiz de Domínguez, Frida Kahlo; o las menos reconocidas por su solidaridad explícita con las mujeres como Rosario Castellanos, Virginia Woolf, Luisa Muraro, y muchas más que no han logrado penetrar en el estrecho espacio de la historia humana, recortada a la imagen de un mundo de y para los hombres?
Cotidianamente, podemos preguntarnos ¿a quién recurren las mujeres en sus momentos de mayor necesidad y de qué sexo son quienes atienden solidariamente sus vicisitudes frecuentes -generalmente producidas por su relación de conflicto con los hombres- como la traición del marido, mantener a los hijos, conflicto con los padres? Las hijas, las esposas, las madres, las hermanas resuelven sus problemas con vecinas, amigas, primas, conocidas; no con los conocidos, amigos o vecinos. Llegar a hacerlo tiene el riesgo de confundir la solidaridad con interés sexual, o bien de repetir y aceptar otras formas de relación social que se aproximan a la misma expresión de insolidaridad que provoca el problema.
Sin embargo los mitos se siguen sosteniendo. “El peor enemigo de la mujer, es la mujer”, dicen quienes se autoconciben como observadores neutrales, imaginariamente ajenos a la construcción cotidiana de “lo femenino”; esa entidad mistificada a la que se apela frecuentemente como dada, pero que realmente se realiza y actualiza con las definiciones, las creencias, las prácticas con las que hombres y mujeres diseñamos, cada instante, al ser humano que somos y seremos.
La solidaridad hacia las mujeres escasea, eso es un hecho tanto de parte de los hombres como de las mujeres, pero también existe. Por eso es necesario saber reconocer y darle nombre a esa experiencia con la que se construyen muchos lazos no suficientemente valorados y pobremente legitimados, pero reales al fin, de socialización y de humanización más elevada que el avance social ha producido. Quién fue si no el abuelo de Sor Juana, quién le enseñó a leer y la introdujo en el mágico mundo de las letras, y cómo se explicaría si no su feminismo que la llevó a mirar, clarividente, la necedad de muchos hombres, hoy vigente.

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