Rubí de María Gómez Campos
Meditaciones posmodernas
Silencio cómplice
Lunes 29 de Marzo de 2010
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Los días santos son, según la Iglesia católica, días “de guardar”; días de silencio y de recogimiento espiritual. Cuando yo era pequeña, mi madre intentaba infructuosamente hacernos comprender el carácter valioso y necesario de la contrición; el valor sereno y dulce de la devoción que es producto de la evocación al dolor y promotor del surgimiento de la pena ante el dolor del otro. Son los “días santos” un duelo colectivo que lleva a exagerar en algunos lugares y a distorsionar el sentido de un acto espiritual que alude a la piedad, como empatía ante el sufrimiento, y que abre nuestra capacidad de amar y rompe el muro de la indiferencia ante el dolor abrumador de nuestros semejantes.
La forma y la simbolización de esa experiencia, que es la mayor celebración del cristianismo junto con la fecha de nacimiento de Jesús, se traducen para cada sociedad participante en la creencia en actitudes que, a fuerza de repetirlas, se convierten en tradiciones y hábitos culturales autoevidentes. La diversidad de rituales es conocida: Desde la discreción guardada en el comportamiento moral que se acentúa estos días, pasando por representaciones más o menos reales de la dolorosa “pasión” de Cristo; laceraciones intensas, flagelaciones y cosas complicadas como no comer carne y cuidar no tener malos pensamientos; o bien desinterés y aprovechamiento del tiempo libre para el descanso y la fiesta.
Lo cierto es que las sociedades liberales de hoy, de acuerdo a sus principios económicamente convenientes, no necesitan tutelaje alguno para elegir y decidir cómo vivir. Los mismos curas pederastas y sus silentes cómplices al interior de la institución religiosa han dado muestras de ello. Guardar silencio era una forma de practicar virtud en ciertas circunstancias. Otras, en el siglo XX y el XXI, han consistido simplemente en convertirnos en cómplices de aquello que no ha sido colocado en el espacio público porque su naturaleza perniciosa y su pervivencia posible exigen del ocultamiento a la mirada de los demás.
El día de hoy la sociedad de consumo que se actualiza permanentemente en torno a un desarrollo tecnológico acelerado, en su creciente rechazo y en la perspectiva crítica que adopta frente a la expresión infame de la Gracia en dolor excesivo (similar al que cotidiana y sangrientamente nos avasalla), prefiere disfrutar la vida y evadirse lo más posible de un silencio que, por otra parte, cada vez más nos amenaza en convertirse en componente maligno del pecado. Parece haber llegado el tiempo en que la misma religiosidad tiene que transformarse. Una religión apegada a la dinámica de los tiempos actuales estaría obligada a enseñar a mantener, más que la discreción, la transparencia.
Sin el cuidado moral de definir ética, racionalmente, su futuro; dejándose llevar por el valor existencialista de la libertad absoluta, aunque olvidado del factor esencial de responsabilidad que es su complemento; a partir de su rechazo a lo escalofriantemente doloroso, el ser humano moderno ha prescindido del silencio sagrado que acompaña el fervor ante el amor divino. La ética del placer que en una sociedad capitalista todos hemos aprendido, cuyo valor central es el disfrute de un progreso que se sustenta en la productividad y luego en la prosperidad de unos cuantos, sin que los demás preguntemos, cuestionemos, transformemos, nos hace renunciar al niño de la virtud ética y laica, por tirar apresuradamente el agua de la bañera mentida y peligrosamente religiosa.
Y en un alarde de ingenio tan esquizofrénico como el que reconocen de su fundador, los Legionarios de Cristo pretenden seguir “contribuyendo” a la consolidación y el mantenimiento de un orden clerical contradictorio para las sociedades democráticas que no los necesitan. El paso dado, de reconocer los vergonzosos hechos del padre Maciel, es un ardid; una intención audaz de recobrar “prestigio” ante la humillante condición que han desenmascarado los sacrificados. “De lo perdido, lo que aparezca”, parecen repetir quienes desaforados intentan que olvidemos los cientos, miles de casos en todo el mundo, de torcimiento de la ley (de “Dios” y de los hombres) que han efectuado quienes tenían como misión moralizar al Hombre y fracasaron.
Postreramente a la muerte del victimario y al dolor recurrente de víctimas de pederastia, por parte de los máximos “guías” espirituales de la Iglesia católica, la pretensión de pasar de la ocultación silente a la transparente claridad de una disculpa póstuma resulta ineficiente. La transnacional de la moral actual, tan contradictoria como perversa, tan corroída en su práctica concreta, les lleva a querer “tapar el pozo” para que los fétidos olores del cadáver, que ellos mismos han arrojado ahí, no contaminen con su aroma la estructura misma de un edificio que cae a pedazos progresiva e irremediablemente en este siglo.
La incapacidad de esa Iglesia para transformarse a la velocidad vertiginosa del tiempo que corre, en adaptarse a la diversa y compleja realidad de una sociedad cuyo avance es superior (no sólo política sino también moralmente) a la propia Iglesia, termina reproduciendo el mal que estigmatiza sin combatirlo en ella. Con este proceder tan convenientemente silenciado se ha perdido para la institución religiosa el sentido (efectivo) de orientación moral de su presencia.
Es menester buscar la orientación espiritual de la nueva cultura en otro sitio, donde el recogimiento silencioso del fervor religioso no signifique transar con el pecado; el lugar donde la luz de la virtud sea compatible con el respeto a los niños y a las niñas. Es tiempo de una moral actualizada en que la claridad de la coherencia, no la mentira ni el ocultamiento, sea el correlato.

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