Eduardo Nava Hernández
Acuerdos bajo la mesa y crisis política
Jueves 11 de Marzo de 2010
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Lo que faltaba. Además de la crisis económica que, sólo el año pasado arrojó a la pobreza a seis millones de mexicanos, según un estudio del Centro de Investigación en Economía y Negocios, de Monterrey, de la crisis de seguridad y derechos humanos que mantiene en vilo al país con sus 17 mil muertos por violencia asociada al crimen organizado y múltiples violaciones a personas inocentes, ahora ha aflorado una crisis política de grandes dimensiones que involucra a los dos principales partidos del país, el gobernante PAN y el PRI como primera oposición.
El acuerdo, ahora conocido, que ambos partidos signaron en octubre del año pasado comprometiéndose a no pactar alianzas con otras organizaciones no afines a sus respectivos principios desde la fecha de la firma hasta julio de 2011, resultaba beneficioso fundamentalmente para el PRI, con vistas a los procesos electorales del presente año y el del Estado de México el año entrante; y si bien en el texto mismo del acuerdo, dado a conocer por Beatriz Paredes, no se menciona el tema de la negociación del paquete fiscal y el presupuesto, que estaba sobre la mesa de negociaciones del Congreso en ese momento, es increíble que el PAN no exigiera nada a cambio de la ventaja que estaba otorgando a su supuesto adversario tricolor al comprometerse a no buscar alianzas con el pragmático y bocabajeado PRD en entidades como Oaxaca, Durango, Hidalgo, Sinaloa, Quintana Roo y otras, incluyendo el Estado de México en 2011. Es de creerse la versión de César Nava de que lo que estaba en juego era la aprobación del paquete económico que el gobierno estaba requiriendo del Congreso; pero es difícil acusar a los legisladores priístas de no haber cumplido un acuerdo que, por una parte, no estaba explícito en el documento signado y del que, por la otra, quizás no fueron consultados ni involucrados directamente. Al final de cuentas, lo que es claro es que los legisladores del PRI apoyaron con sus votos en la Cámara de Diputados, o con su ausencia en la de Senadores, el paquete demandado por el gobierno de Felipe Calderón, y que el PAN no cumplió con el pacto, al negociar sus utilitarias alianzas para las elecciones de este año.
Pero la crisis ha estallado, y afecta directamente a las dos principales fuerzas políticas y al gobierno de Calderón, cuyo representante, el secretario de Gobernación, Fernando Gómez Mont, avaló el pacto que equivale, en términos deportivos, a una pelea arreglada en la que ambos contendientes protestan no hacerse daño. Afecta también al gobernador mexiquense Enrique Peña Nieto cuyo secretario de Gobierno también signó, en calidad de “testigo de honor” propuesto por Beatriz Paredes, el deshonroso convenio. El PAN comprometió con su firma su autonomía política frente a los procesos electorales por venir; y el PRI puso en evidencia su temor a competir sin haber obtenido ventajas previas de su principal oponente en varios de los estados de la República. Calderón aparece exhibido, ya sea por su ilegal intervención -a través de Gómez Mont- en la vida partidaria o por su increíblemente pretendida ignorancia de lo que se estaba urdiendo en Bucareli.
Ambos signatarios y el gobierno que los arropó han perdido credibilidad a los ojos de la población. El PRI por exhibir la fragilidad de su recientemente recuperada fortaleza; el PAN por recurrir a acuerdos bajo la mesa que le aseguran a su principal adversario electoral una ventaja indudable. Todos ellos por negociar secretamente, a espaldas de la opinión pública con visos de inconfesabilidad.
Resulta que agendado está en el Senado el debate de la propuesta de reforma política presentada por Felipe Calderón. No podría encontrar peores condiciones para su de por sí difícil aprobación. La desconfianza generada entre el PAN y el PRI por la publicación de sus acuerdos y la acusación del segundo al primero de haber incumplido lo pactado rebotará necesariamente en el Congreso entorpeciendo los consensos que Calderón necesita como el oxígeno para sacar adelante su iniciativa.
¿Y el PRD? Se ve, en virtud del extremo pragmatismo que domina a las corrientes que lo dirigen, en la incómoda postura de mantener sus de por sí cuestionables alianzas con el PAN, pese a que éste se ha exhibido ahora como un mal contratante que no respeta sus acuerdos. En esa medida, el desprestigio también lo alcanzará, ineludiblemente. Paradójicamente, en el momento en que sus dos rivales se enzarzan en alegatos y acusaciones recíprocas, y se fractura el sólido bloque que por décadas han formado Acción Nacional y el PRI en el Congreso y fuera de éste, el PRD ha uncido su destino inmediato al del partido en el gobierno, que hasta ayer decía combatir. Paradójico también que no se busque capitalizar el desastre del gobierno calderonista y la crisis social y económica para presentar una opción claramente diferente. Los efectos se harán sentir particularmente en el Legislativo, donde un porvenir de aislamiento le espera. No podrá, sin hundirse en el mayor desdoro, apoyar las iniciativas del PAN-gobierno; pero ahora también se verán entorpecidos, en virtud de su política de alianzas definida por la inmediatez, los acercamientos con el PRI, que conserva la mayoría en la Cámara de Diputados.
Nuevamente, la estrechez de miras, la carencia de principios o las conveniencias de los dirigentes -o todos estos factores juntos-, vienen a hundir la alternativa electoral para el universo de votantes que no logra identificarse con el PAN o el PRI. Y el PRD y sus aliados, si algo están promoviendo con su oportunista actitud, es la instalación plena del bipartidismo en el país. Guácala.

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