Rubí de María Gómez Campos
Meditaciones posmodernas
Acción, discurso y pensamiento
Jueves 4 de Marzo de 2010

En una sociedad que es machista, todo el mundo es machista, incluidas las mujeres; y todos resultamos víctimas del machismo, incluidos los hombres

Marina Castañeda

A- A A+

Históricamente, a las mujeres escritoras se les ha juzgado no por lo que escriben y piensan, sino con relación a su vida personal. Los hombres, dice Gisela Ecker, escriben sobre temas eróticos o personales sin que sus ensayos o novelas signifiquen más que su capacidad de disertar filosóficamente o de llevar su vida cotidiana a la ficción. Escribir consiste así, para un varón, en ir más allá del entorno privado, convirtiéndolo en ideas que comunica a otros por mor de su habilidad. Las mujeres en cambio son reducidas al aspecto privado de su condición humana, y no se juzga su escritura por el significado público que posea ni por la trascendencia social que contenga. El significado colectivo de sus ideas, y aun la calidad de sus formulaciones, son sometidos a criterios machistas (de hombres o de mujeres) que acaban reduciendo el discurso de mujeres a las supuestas intenciones que las fundan, o a ciertos rasgos personales que caracterizan a sus autoras.
Respecto a las acciones es igual. Por más esfuerzos que una mujer haga por desplegar sus dotes personales en el ámbito público (sea éste el laboral, empresarial, escolar, social, comunitario, o institucional) acostumbra juzgársele por su supuesta emotividad y no por el impacto hacia el colectivo que generan sus acciones. A pesar de los magros avances en términos de igualdad, las mujeres que se ocupan de alguna responsabilidad pública sólo son consideradas como “buenas” o “malas”; perversas o sinceras; y no como gloriosas o peligrosas. Esto último significaría que son juzgadas con un criterio público de humanidad, y no reducidas a su condición de género o a su singularidad, que termina definiéndolas en torno a su mera feminidad. No obstante, a pesar de los intentos machistas (de hombres y de mujeres que confunden el feminismo con “mujerismo”) por reducirlas a la dimensión privada de su experiencia, las mujeres son en el siglo XXI capaces de alcanzar niveles insospechados de gloria y trascendencia, tanto como de bajeza y peligrosidad -debido al reconocimiento que han obtenido, pero sobre todo debido a la amplitud de su experiencia; que hoy se despliega hacia la esfera pública de la vida social.
Los seres humanos de género femenino son tan humanos como los de género masculino; y eso significa tan heroicos como monstruosos, tan portentosos como defectuosos; por lo que ambos deben ser sometidos a los mismos criterios de valoración social. Esto significa que se les puede exigir a las mujeres, como se les debe exigir a los varones, un compromiso ético con la función que desempeñen en la sociedad. Seguir juzgando a las mujeres del ámbito público con criterios privados, sean éstos de excepción o de intimidad, es seguir abonando por la desigualdad. Por ello es necesario que, más allá de la condición de género de quienes ocupan cargos públicos, y más allá de las circunstancias particulares que rigen en la vida de cada quien, nos mostremos capaces de cumplir con eficiencia y con honestidad las responsabilidades que a cada quien le toca cumplir. A las y los funcionarios públicos no les es permitido robar ni dilapidar, ni menos hacer uso de los recursos materiales o humanos de que disponen para diseñar el mundo a su ventaja y necesidad. A las y los ciudadanos críticos nos toca vigilar, y tenemos el deber moral de cuestionar, a pesar de posibles venganzas o acciones provenientes de la impotencia y el resentimiento que sustituye al verdadero poder.
El valor de lo público es su transparencia; su utilidad deriva del hecho de que se produce ante la mirada de los otros, quienes siempre pueden juzgar lo que escuchan o ven. Ojalá se usara el espacio público para fortalecer y elevar el nivel de la crítica y no para la mera expresión de limitaciones culturales y hasta materiales y morales. Sin embargo, aun en el espacio público y anónimo de los blogs, es bienvenida la crítica por más limitada que sea en su profundidad. Los fieles lectores que a veces comparten la perspectiva crítica que esta columna adopta valen soportar la injuria que se muestra dispuesta a exhibirse bajo el disfraz de crítica reflexiva. Seguramente hoy también habrá quien diga que es más grave reflexionar y cuestionar los hechos que los hechos mismos. Yo no lo creo. Y para seguir en la línea crítica que nos propusimos como compromiso, comparto algunas perplejidades sobre algo más importante que las opiniones de incógnito: la corrupción cómplice de instancias públicas como la que lleva a la Secretaría de la Mujer a colocar a la rectora de la Universidad Michoacana como defensora de las mujeres. Para resolver este enigma podemos preguntar: ¿Será verdad que la secretaria de la Mujer ha sido inscrita en la Facultad de Derecho sin contar con el certificado de bachillerato? ¿O le creemos a la funcionaria que presume haberle tramitado, y recibido de manos de la propia rectora, un certificado apócrifo con puros dieces?..

Sobre el autor
Comentarios
Columnas recientes

La Universidad Michoacana y la cuarta transformación

Aborto y humanidad

La cuarta república y la educación superior.

Política contra lodo en Michoacán

Madre Matria

La lógica del arribismo

Las mujeres en el primer debate

Sexualidad y destino…

La vida plena sigue

Género, amor y educación

Paternidad y masculinidad

Solidaridad social y creatividad

Violencia de género y prostitución

Límites de la comunicación

¿De quién son las instituciones?

Diferencia sexual y progreso civilizatorio.

Un aporte académico ante la violencia

Violencia y masculinidad

El peor de los pecados

México está de luto...

La lucha por la verdad: Yo soy 132

Valores

Mortalidad materna

Las muertes chiquitas

El encanto de un burka

Sororidad (II)

Sororidad (I)

La esclavitud del siglo XXI

Silencio cómplice

Sensatez legislativa

Certificación de la obscenidad

Sexo y democracia

Acción, discurso y pensamiento

Políticas de género y gestión transversal

Más panist… perdón, “más papistas que el Papa”

El gusto por el no

Tragedia y voluntad

Derechos humanos y Estado democrático

El valor de la eficiencia… poética

El verdadero peligro para México

El sentido presente de la historia

La tragedia de ser michoacano en el siglo XXI

Mujerismo = Retroceso

Cultura del miedo y (des)confianza en las instituciones

Anular el voto o no anularlo... he ahí el dilema

En Michoacán, ni un voto al PAN

Nueve años de barbarie

Embrollo y experiencia

El mundo al revés

El mundo al revés

El virus de la ineficiencia

Contra la demanda de prostitución (II)

Contra la demanda y la legalización de la prostitución (I)

«Durmiendo con el enemigo»

Fábula de la esperanza en rebeldía

Mujeres sabias: entre la teoría y la práctica

Las mujeres y el arte

El trámite más inútil

El negocio insano de la religión

Mientras tengamos zapatos…

La (i)rracionalidad económica y el espíritu de Navidad

Amor y autonomía

Simone Weil y la pasión por la filosofía

Autorreflexión y formación filosófico-feminista

Violencia de género e institucional

La capital mundial de la belleza

El cuento interminable del eurocentrismo

Violación y política

La cultura de hacer cultura

¡Oh la la, París!

La dialéctica del amor

2 de octubre, no se olvida

¡Mi cuerpo es mío!

¿Qué fue lo que pasó?

La dominación del cuerpo de las mujeres

Un corazón que late…

Vulnerados y vulneradores

Contra la homofobia en Michoacán

Feminización del trabajo y explotación

Miss Universo… y algo más

Avatares de una feminista en el siglo XXI