Miércoles 27 de Enero de 2010
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La manía recurrente de decir no cuando se tiene la oportunidad de dirigir la libertad del otro es evidentemente diferente de decir no frente a los propios gustos o apetencias. La diferencia entre ambas formas de definir el mundo es relativa a la moral de las prácticas que las sustentan. Hay un abismo entre la altura moral de la última y la bajeza dictatorial de la primera.
Decirnos no a nosotros mismos es una forma de expresión ética cuya alternativa contraria es más frecuente. Decimos sí a todo lo que nos da la gana sin preguntarle al otro si le gusta. No sometemos a juicio lo que nos parece correcto, sino sólo aquello que nuestra personalidad rechaza; lo que nos hace sentir con el derecho de imponer a los otros nuestro particular deseo y punto de vista.
Adoptar para sí mismos negativas cuando nos formulamos o la vida nos presenta dilemas no sólo es un reflejo de impotencia, también puede ser muestra de ascetismo, renuncia o disciplina. “No debo comer tanto”, “no me conviene la amistad de aquellos”, “no me gusta beber cuando manejo”, o bien, “no voy a ir a la playa porque no tengo dinero para hacerlo”, son locuciones de todas esas formas de rechazo legítimo a lo que a nuestro juicio o circunstancia nos está limitado.
Es diferente cuando queremos decidir por lo que no nos gusta de los otros: “Que aquellos no se casen”, “que éstos no se alíen”, “que los otros no protesten”, “que las mujeres no aborten” o la risible muestra de lo que un pequeño émulo de negatividad autoritaria afirma en Michoacán: “Que los aspirantes a la Rectoría de la Universidad que no se pliegan a decisiones autoritarias no participen”, mientras (a modo “de broma”) se queja de no estar incluido en una encuesta de aspirantes a la sucesión de la ilegítima rectora, aspirante ahora a un nuevo cargo, que abyectamente el bonachón defiende.
En estos múltiples casos en los que se llega hasta a organizar encuestas que corroboren los deseos y caprichos insustanciales de los organizadores; a armar sofisticados y falsos argumentos que contradicen con cinismo las propias prácticas añejas de los enojados enunciantes; a tomar decisiones despóticas desde el poder, respecto a quién se le respetan selectivamente sus derechos, de acuerdo con los particulares intereses de quienes gobiernan; o a veces a amenazar a las mujeres que se atreven a desafiar sus decisiones y a intimidar (en ciertos casos hasta a matar) a quienes las defienden, respira el fin ostensiblemente totalitario de limitar la libertad de los otros existentes.
Pero la intención autoritaria no para en la imposición de límites negativos a los otros, a quienes intenta tratar como menores o incapaces en una sociedad de libres y de iguales, también es dada a autorizarse a sí misma, como en el ejemplo del cómico michoacano, una libertad absoluta sin consultar apreciación alguna, ni permitir a los otros su opinión o su guía. Sus actos soberanos son difícilmente censurables, así sean contrarios a lo que designan arbitrariamente a quienes pueden (como sus prácticas sexuales y sus alianzas turbias, de las cuales somos sus afectados más directos aunque la mayoría de las veces no las conozcamos), porque no se someten a la luz del día.
Finalmente era más asertiva, aunque igual de tramposa, la gitana aquella que seleccionaba, llevándose a la boca, los capulines que definía intempestivamente como “podridillos”. Asimismo, los autoritarios políticos aparentan “defendernos del mal” de lo que no les gusta o les conviene, llevándose a la boca en un descuido lo que “por nuestra seguridad o salvación del alma” no permiten que los otros puedan comer, bajo su propio y soberano riesgo. Así, afirman un sí para ellos mismos, que es exclusivo a la capacidad de juicio de aquello que protege sus propios intereses.
Estos sujetos son incapaces de respetar la libertad de todos y utilizar el sí de los derechos para aceptar que se casen los que decidan hacerlo, de cualquier sexo y con todas las prerrogativas de los otros; que puedan protestar quienes ven agraviados sus derechos; que el juicio de la historia, o el de Dios en caso de pecado, decida por los pasos que darán aquellos que a sus ojos se equivocan; que aborten las mujeres que deciden hacerlo, con los recursos de salud y garantías que se merece su condición cabal de ciudadanas. En fin, que cada quien haga lo que quiera, con el único límite del respeto a los derechos y situados en el contexto puro de la democracia.
Si lo que se defiende o se practica no afecta a ningún otro que no sea el yo mismo, no existe derecho alguno a limitar su práctica. Los ambivalentes enunciantes del no para otros y el sí para sí mismos no son, como les gusta parecer, los más morales, por defender y preservar para ellos lo que quieren, a su real antojo, sin respetar el derecho de todos a decidir por sí mismos lo que les conviene. Su gusto patriarcal de decidir por todos es, además de todo, un promotor de intolerancia, al imponer a toda la sociedad el gusto por el no… para los otros.

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