Rubí de María Gómez Campos
Meditaciones posmodernas
Vulnerados y vulneradores
Sábado 16 de Agosto de 2008

Los mal llamados «grupos vulnerables» son más bien, o han sido, y así deberían llamarse: grupos vulnerados. Porque no es consustancial a los jóvenes, ni a los indígenas o a los migrantes, ni siquiera a los discapacitados e infantes y mucho menos a las mujeres, la posibilidad de ser vulnerados

REDACCIÓN

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A Teo y su mágico entorno…
Por su inspiración. Por compartirlo.

Los grupos o entidades no hegemónicas, carentes o ausentes del poder, son llamados algunas veces minoritarios equivocadamente como en el caso de las lenguas
o los idiomas (cuando se considera de menor importancia al español frente al alemán, a pesar de que numéricamente seamos muchos más los hablantes del primero), o al referirse a las mujeres, que en extensión son un grupo numéricamente mayor al de los varones. El término minoritario, tanto como el de: vulnerable, se refiere así más a la organización del poder y a la jerarquía con la que se define su distribución que a las cualidades intrínsecas de los grupos en cuestión. Por otra parte es tan frágil y tan grave la situación de los llamados «grupos vulnerables» que vulnerarlos más sería más bien aniquilarlos. En este sentido, si definimos vulnerable por la capacidad de pérdida que algo o alguien tiene, o por su capacidad de ser afectado -no tanto en razón de su fragilidad, sino más bien por la cantidad de intereses y su capacidad de quebranto-, entonces los grupos más vulnerables serían los conformados: por el crimen organizado, por el poder del estado, por los intereses económicos empresariales y por el permanente intento de dominación religiosa. Y estos no son grupos que carezcan de poder, sino los que tienen más qué perder.
Los mal llamados «grupos vulnerables» son más bien, o han sido, y así deberían llamarse: grupos vulnerados. Porque no es consustancial a los jóvenes, ni a los indígenas o a los migrantes, ni siquiera a los discapacitados e infantes y mucho menos a las mujeres, la posibilidad de ser vulnerados. Concebirlos así es lo que los vulnera. Por otra parte, la posibilidad de que a estos grupos se les vulnere en sus derechos y hasta en sus prácticas, y en sus cuerpos ha sido histórica y localizada; su vulnerabilidad les viene dada precisamente en el ejercicio autolegitimador que los grupos hegemónicos se dan a sí mismos, definiendo a los demás en función de su posibilidad de acceso al poder (siendo ellos mismos quienes controlan dicho acceso). De ahí que a los «grupos vulnerables» (como si la denominación fuera una autorización para violar) se les ha saqueado, marginado, excluido, oprimido, y reprimido hasta el cansancio. No sólo se les ha vulnerado o agraviado en sus derechos más elementales. Su, efectivamente, frágil cuerpo -además vapuleado por la vulneración sistemática- no tiene más espacio para ser violado o lesionado. No parece haber nada más qué vulnerar, todos sus espacios han sido desacralizados, ya lo han perdido todo, no tienen más qué perder… Por ende, no son más vulnerables, sino aniquilables (para hablar con verdad), ya que algunos (como los indígenas) están literalmente al punto de la desaparición.
No hay, por otra parte, una denominación usual para el opuesto de: vulnerable. Su antónimo: invulnerable, se refiere a la fuerza o la resistencia que opera el mismo objeto (lingüístico) que recibe la acción, mas no a la fuente exterior que la efectúa. Entonces ¿cómo se llamaría a los grupos que vulneran los derechos de otros grupos? Vulnerantes (palabra que no existe precisamente porque su significado expresa una tendencia incontrolable hacia la vulneración, cuya existencia es lo que no se reconoce); o vulneradores (con la cual se reconoce que vulnerar no está en la «esencia» de ningún grupo, sino en su «praxis»). Así, los grupos de poder no son opuestos a los más debilitados en el juego de las fuerzas sociales porque los primeros sean invulnerables, aunque sí tengan algún aspecto de invulnerabilidad que les viene de su impenetrabilidad. Sus integrantes son impermeables a los hechos del mundo.
Por ejemplo, en el gobierno es prácticamente imposible comunicarse con los funcionarios. Podríamos dividirlos entre «los inaccesibles» y «los casi inaccesibles». No me refiero a los importantes y ocupados titulares que son inaccesibles por definición (simplemente los números telefónicos de la mayoría son privados). Me refiero exclusivamente a los llamados «mandos medios», quienes sencillamente no contestan, o bien contestan sus ayudantes (el secretario particular, del secretario particular, etcétera), y cuando contestan preguntan: ¿Asunto? En el mejor de los casos, cuando se intenta dejar algún mensaje, con mucha amabilidad las secretarias preguntan: ¿Qué cargo tiene? O bien ¿de qué dependencia habla? Sin considerar que pueden ser interrogantes de respuesta imposible. En estas preguntas casi parecería que, por definición, los funcionarios públicos no atienden al «estimado público», aunque paradójicamente en eso consista su función: inexplicablemente, sólo se atienden entre ellos (¿¡).
Otro ejemplo es la cerrazón de la Iglesia Católica para aceptar el sacerdocio de mujeres. En general el machismo y el conservadurismo de todos esos grupos los convierten en cotos cerrados de poder, inaccesibles precisamente a todos aquellos que: desde el poder son definidos y agrupados (jóvenes, mujeres, indígenas, migrantes, pobres, discapacitados); muchas veces recurriendo e instaurando eufemismos piadosos: «los que menos tienen», «las trabajadoras sexuales» (para referirse a las prostitutas), «los de capacidades diferentes», o los «adultos en plenitud». Fórmulas que intencionalmente contradicen y ocultan el grado de vulnerabilidad real, y sustituyen las palabras cargadas de dignidad, tradición y respeto, significado positivo y valoración real que se usan sin intención política sino fundamentalmente comunicativa: pobres, prostitutas, viejos o ancianos, negros (frente a «afroamericanos», que añade al simple orgullo étnico estatus nacional y establece un deslinde político en la identidad de origen); mujeres (más respetuoso que «féminas», que gustan de usar algunos comunicadores que por alguna razón no utilizan «másculos» para referirse a los varones); y homosexuales (que caracteriza una respetable orientación sexual, frente a «afeminados», que describe peyorativamente un modo de parecer).
A pesar de que este conjunto de grupos sea numéricamente más amplio que el de los grupos de poder se les denomina como «minorías». De ahí a ser concebidos por los vulneradores, y definirlos a partir de «su debilidad» (que es producida externamente) como «vulnerables» -es decir, susceptibles de vulnerar (como «amable» significa «digno de ser amado» o «susceptible de amarse», o bien «dinamitable», que identifica al objeto de referencia con un posible blanco)- sólo hay un paso. Los ejemplos muestran que hay una intencionalidad oculta tras las palabras que designan posiciones sociales y jerarquías, y quienes las enuncian son agentes sociales interesados en determinada posición. Por último, decirle vulnerable a cualquier grupo es como atribuirle una esencia a las enfermedades por encima de las personas que las padecen (como «sidoso» a quien padece VIH). Por ello, siendo coherentes y al menos discursivamente democráticos, deberíamos elegir entre concebir la división del mundo entre «grupos vulnerables» y «grupos vulnerantes» -de acuerdo con la concepción marxista de la lucha de clases y de toda postura revolucionaria radical-, o bien reconocer que existen grupos vulnerados y grupos no vulnerados (que no invulnerables, solamente vulneradores), quienes tienen un grado de responsabilidad social y una deuda moral que podrían empezar a pagar, no sustancializando la desigualdad.

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