Eduardo Nava Hernández
Yo también hablo de Juanito
Miércoles 23 de Septiembre de 2009
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Y no porque sea el tema de moda o comidilla en las sobremesas y charlas de café. Tampoco porque Rafael Acosta, usuario de ese sobrenombre y de súbita celebridad, vaya a trascender realmente en la historia política del país o a representar un hito al saltar del virtual anonimato a las pantallas televisivas, ondas de radio y planas periodísticas. Parafraseando al desaparecido Emilio Carballido, veo necesario hablar de lo que el personaje representa como expresión del momento de crisis por el que atraviesa la izquierda partidaria -y más allá de ella- y de las enormes dificultades que ha de enfrentar no sólo para la conquista de espacios de poder sino para superar sus propias carencias y limitaciones.
La historia es ya muy conocida y a ella me referí en un artículo anterior en Cambio de Michoacán (“Iztapalapa, la UM la crisis de la justicia”). Mediante argucias legaloides, el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación anuló diversas casillas de la elección interna del PRD en Iztapalapa (incluso más que las impugnadas por la corriente Nueva Izquierda), en la que había triunfado la candidata de Izquierda Unida -es decir, del movimiento lopezobradorista- Clara Brugada y dispuso registrar a la candidata derrotada, quien había impugnado el proceso. Frente a la clara arbitrariedad, el obradorismo determinó una audaz jugada electoral: llamar a votar por el candidato registrado por el PT, Rafael Acosta (quien no tenía posibilidad alguna de triunfar y no superaba en las encuestas ni el cinco por ciento de intención de voto), bajo el compromiso de que éste, de ganar, solicitaría licencia definitiva a fin de que el jefe de Gobierno y la Asamblea Legislativa designaran como sustituta a Brugada. La audacia se transformó, en unos días, en una genuina proeza electoral y Rafael Acosta emergió triunfante de la elección con el apoyo de las brigadas perredistas y del movimiento social. Ni la corriente que ostenta la dirección nacional (gracias también al TEPJF) pero no la del Distrito Federal, Nueva Izquierda, ni la derecha panista daban crédito a la humillación sufrida, y la asunción de la conocida activista perredista como jefa delegacional parecía al alcance de la mano.
Pero el gozo se ha ido al pozo y el triunfo de Iztapalapa se va trocando en una nueva argucia en la que participan el PAN (y con él, seguramente el gobierno federal) y los grandes medios de comunicación, que han convertido a Juanito en la estrella mediática del momento y lo han convencido de no solicitar la licencia comprometida. Hasta ahora, todo apunta a que el pueblo de Iztapalapa, que votó muy mayoritariamente por el candidato petista en el entendido de que esa era la vía para que Clara Brugada llegara el gobierno de la demarcación, será burlado nuevamente, y un equipo integrado por Nueva Izquierda -en la que, ahora lo sabemos, Juanito participó durante años- y quizás hasta por panistas se hará del gobierno delegacional.
Una forma de avistar el caso es entenderlo como ópera bufa o una chusca comedia de errores, digna del mejor Molière; pero el tema de fondo sigue siendo la voluntad popular que quiso expresarse en la alta votación que obtuvo Juanito para Clara Brugada. Explicarla supone entender que los personajes implicados no son una mera invención de López Obrador, como la engañosa superficialidad quiere presentarlos. Se inventa un Peña Nieto, que vierte carretadas de dinero a los medios electrónicos para generar imagen, pero no un candidato sin esos recursos. Tanto Clara Brugada como Juanito provienen de los sectores populares de Iztapalapa, pero es el trabajo político de la primera el que tiene un amplio reconocimiento en el medio y el que llevó al triunfo al PT en esa demarcación.
Dos procesos electorales, el interno abierto del PRD y el constitucional del 5 de julio dan cuenta de lo que debiera tomarse como irrefutable: en Iztapalapa, la demarcación más poblada del Distrito Federal, la capacidad de conducción política y el papel dirigente reside en la fracción lopezobradorista del PRD, representada por Brugada. Y es contra ese papel hegemónico (en un sentido gramsciano, de dirigencia) y por el temor de que esa hegemonía se consolide de manera duradera que el panismo, los medios y la corriente Nueva Izquierda se han confabulado utilizando al propio candidato triunfante.
El desafío que Juanito plantea a la izquierda electoral (pese a todo, necesaria) es el de colocarla en una situación extrema, que la obliga a revisar el caso con todo detenimiento. Juanito es hijo del pragmatismo electoral que hace tiempo domina a todos los partidos y de la ausencia de formación ideológica y política que también priva entre los cuadros partidarios de hoy. Sus años de militancia en Nueva Izquierda y su paso efímero por el Partido del Trabajo no lo formaron sino en lo que por imitación aprendió, el personalismo utilitario que con él comparten muchos políticos. Su oportunismo tiene una explicación en prácticas comunes de las que es sólo una expresión exacerbada.
Pero hay más. El reportaje de Rosalía Vergara en la revista Proceso (No. 1715, 13 de septiembre) da cuenta de que Alberto Anaya, del PT, sugirió antes de las elecciones que Acosta y Brugada firmaran con el movimiento obradorista y el mismo PT un convenio público donde aquél se comprometiera, en caso de ganar, a solicitar la licencia pactada; pero fue López Obrador, nuevamente en un exceso de confianza, quien se negó a asentar el acuerdo en un escrito signado. Aun si resultara dudosa la validez legal de un acuerdo de esa naturaleza, estarían esclarecidos los términos del pacto establecido antes del 5 de julio y cuyo cumplimiento ha querido ahora condicionar Juanito para terminar abjurando de él.
Si podrá o no Rafael Acosta gobernar Iztapalapa contra la mayoritaria voluntad de sus habitantes es algo aún por verse. Pero para la izquierda partidaria y para el movimiento social hay ya lecciones que asimilar. ¿Serán capaces de asumirlas a cabalidad?

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