Eduardo Nava Hernández
La nueva Legislatura: hacia la poliarquía no democrática
Lunes 14 de Septiembre de 2009
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Las elecciones del 5 de julio arrojaron como resultado un drástico cambio en la composición del Poder Legislativo, amén de otras posiciones de elección, a favor del Partido Revolucionario Institucional. El crecimiento de éste se dio a costa de las que hasta la Legislatura anterior eran las fuerzas mayoritarias en la Cámara de Diputados, el PAN y el PRD. De entrada, la recuperación del PRI y su afirmación como nueva bancada hegemónica, con 238 diputados (frente a 106 en la Legislatura anterior), es el dato más relevante, y en contraste, la reducción del PAN a 142 representantes populares (206 en la elección de 2006) y del PRD a sólo 71 (126 en la Legislatura pasada) dan como resultado evidente la imposibilidad, tanto para el gobierno calderonista como para las oposiciones de centro-izquierda, de impulsar iniciativas propias que no sean apoyadas por el bloque del PRI.
La situación más difícil, de manera obvia, es para el gobierno de Calderón, acotado ahora por su carencia de respaldo en el Congreso y en un contexto económico y social particularmente complejo, mejor dicho adverso. Sólo ahora, después de las elecciones y definida la correlación de fuerzas en la Cámara de Diputados, Felipe Calderón viene a proponer un diálogo al Poder Legislativo y una agenda de diez puntos en la que destacan más los puntos no incluidos que los que sí incorpora. Cuidadosamente omite el tema clave para el 2010, el del la Ley de Ingresos y Presupuesto de Egresos, así como el de la reforma hacendaria, o siquiera fiscal, en la que, se sabe, será muy difícil lograr consensos plenos o aplicar gravámenes a los alimentos o medicinas. Asimismo, cuando habla de la reforma laboral lo hace de una “que fortalezca los derechos de los trabajadores”, eludiendo referirse por el momento a la propuesta de la flexibilización del trabajo demandada por el sector empresarial y que tiene como eje precisamente la disminución de esos derechos.
En principio, suena bien y conforme al espíritu de la división de poderes el que el Congreso quede en manos de un partido diferente del de la Presidencia de la República. Es un fenómeno muy nuevo, inaugurado apenas en 1997, que México cuente con un gobierno dividido, es decir, que el partido en el gobierno no tenga control sobre el Legislativo; pero apenas ahora un solo partido de oposición pasa a tener el control parlamentario. El PRI, junto con su aliado Verde (22 curules) tiene por sí mismo una mayoría absoluta que le permite decidir la política presupuestal, entre otras cosas. Calderón amanece como el presidente mexicano más acotado desde Francisco I. Madero.
Pero en realidad el panorama político es más complejo aún, dentro y fuera del Congreso. La crisis particular del presidencialismo calderoniano es acompañada de una crisis más amplia de los partidos, que aparecen, más que como formaciones unificadas y disciplinadas, como archipiélagos débilmente integrados y expuestos a las presiones de los grupos de poder. La coyuntura de la lucha por la Presidencia para el 2012, hace rato abierta ya, complica más la situación.
En el PAN, si bien Calderón logró sacar adelante la candidatura de su comisario a la dirigencia nacional, subsisten fuertes contradicciones con el foxismo y con el ala liberal, circunstancialmente unidos en su oposición a la línea presidencial, contradicciones que se irán acentuando con la doble declinación del calderonismo por la derrota electoral sufrida en julio y por la inminente apertura de la lucha interna para el 2012.
En la fracción parlamentaria del PRI hay una hegemonía compartida entre el grupo Atlacomulco, hoy por hoy usufructuado por el gobernador mexiquense Peña Nieto y el salinismo, que logró imponer la coordinación del grupo. Pero frente a ese predominio se levantan las aspiraciones de otros tantos caciques que no renuncian a disputar la candidatura presidencial y pondrán obstáculos a la carrera de aquél, mellando la unidad que su contundente victoria parece haberles dado. El hecho es que ningún grupo, ni siquiera el de Carlos Salinas, tiene, al no contar con la Presidencia de la República ni con el liderazgo formal del partido, un control total de las diversas facciones que pueden hacer de la disputa de la candidatura -ya lo hicieron en 2000 y 2006- un escenario de enfrentamiento feroz, tomando como plataforma el Congreso. Los costos de la unidad se irán elevando para el hoy poderoso grupo mexiquense y su padrino frente a grupos poderosos como el de Fidel Herrera, el de Ulises Ruiz, el de Manlio Fabio Beltrones y hasta el de Mario Marín.
Por el lado del PRD, la disputa se definirá, antes que por la candidatura presidencial, por el control del aparato partidario y las prerrogativas asociadas. Si bien la fracción de Nueva Izquierda (chuchos) sigue siendo dominante, la derrota electoral de julio ha colocado a ésta en condición precaria y en una situación de desgaste permanente frente al movimiento de López Obrador.
Por otro lado, han aparecido nuevos actores como la alianza verde-televisoras, como expresión de la creciente autarquía con que se mueven los poderes fácticos frente a los grandes partidos políticos tradicionales. Y está por verse hacia dónde se mueve el bloque legislativo aglutinado en torno a Elba Esther Gordillo, con Nueva Alianza como núcleo pero con ramificaciones tanto en el PRI como en el PAN.
Naturalmente, todo partido y su expresión parlamentaria son la expresión de una pluralidad de grupos e intereses temporal o establemente conciliados en torno a ideologías o plataformas comunes. Pero en medio de una crisis social, económica y política de la profundidad de la actual, las tendencias centrífugas tienden a predominar y temas como la política recaudatoria, la confección del presupuesto federal o la política educativa, entre otros, se tornan candentes.
En los años 60 del siglo pasado, el politólogo estadounidense Robert Dahl actualizó el concepto de poliarquía para definir los sistemas políticos que, sin ser expresiones de la verdadera -y en realidad inexistente- democracia, se aproximan a ésta en tanto se alejan de la autocracia o formas unipersonales de gobierno. Se trata, ya se ve, de un enfoque formalista que atiende más a la morfología que al contenido de la democracia. En la situación actual México ve multiplicarse los polos de poder; pero ello sólo demuestra que los vacíos que el repliegue (pero no extinción) del presidencialismo omnímodo ha dejado, son rápidamente llenados por fuerzas y grupos emergentes, sin garantizar empero el ejercicio del poder en beneficio de las mayorías.

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