Rubí de María Gómez Campos
Meditaciones posmodernas
Feminización del trabajo y explotación
Sábado 2 de Agosto de 2008

Los resultados del impulso a la modernidad a través del trabajo han reducido a la concepción de vida humana a su mínima expresión

REDACCIÓN

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Durante más de una década (de 1982 a 1994, con Salinas y Zedillo) se establecieron las bases de un modelo de organización económica, política y so-
cial que pretendía alcanzar los procesos de modernización y desarrollo de los países avanzados del norte y con ello orientar supuestamente el despegue económico y cultural que limitaba las condiciones de vida de los mexicanos. El modelo era claramente un modelo instrumental que reducía el significado de la vida humana a las nociones modernas de confort y de progreso, tal cual había sido y sigue siendo el ideal de la cultura occidental asentada en los reales de una modernidad caracterizada críticamente por Marx, aunque él fuera también uno de sus máximos exponentes.
Sin embargo el énfasis conceptual de los estudios marxianos y marxistas en la noción del trabajo resulta fundamental en la descripción contemporánea de la modernidad, tal cual es asumido y continuado coherentemente por algunos economistas y sociólogos contemporáneos. En un libro que recorre el tortuoso camino de las mujeres en los inicios de desarrollo del modelo de producción capitalista y neoliberal en nuestro país: El movimiento social pintado de magenta. Productividad, sexismo y neo-corporativismo (Ítaca, 2002), la autora del libro, Alicia Solís de Alba, demuestra que las categorías de análisis de un determinado periodo no sólo condicionan y determinan la configuración y prefiguración de una época, sino que también alimentan las visiones críticas que puedan hacerse frente a la realidad misma. Y los resultados de esta acuciosa investigación son notablemente certeros en cuanto a la descripción del proceso en el que patriarcado y capitalismo se refuerzan.
La división sexual del trabajo y la consecuente legitimación ideológica que la acompaña hicieron que en México, en donde priva una cultura conservadora que reduce a las mujeres a las tareas reproductivas de la crianza, el anhelo de desarrollo y de inserción en la modernidad plena mantuviera a las mujeres en la misma condición subordinada, sólo agravada posteriormente por la asfixia de un modelo de desarrollo que produjo la pauperización de toda la clase trabajadora. Pero lo más grave es que la condición subordinada de las mujeres también sirvió como un medio para legitimar el proceso de degradación del trabajo. La política económica y laboral seguida del proceso de globalización que insertó a México como esclavo del primer mundo, y que aún continúa en el proyecto de ampliación de la apertura comercial ahora con Asia, es resultado de la misma lógica instrumental del sistema capitalista global, cuyos fines no son otros que la liberalización de la fuerza de trabajo a las tensiones de la oferta y la demanda mundial.
Así la explotación de los seres humanos sigue, por otros derroteros aún más pavorosos, su ascenso a la cima de la deshumanización plena. De ahí deriva el valor del trabajo realizado por Alicia Solís, quien da cuenta de cómo la inserción de las mujeres en el mercado laboral no produjo como se esperaba (desde la postura marxista), de manera automática su emancipación a través del recurso de la emancipación económica, porque nunca se produjo tal emancipación. Lo que realmente estaba ocurriendo al interior de la lógica del capital -mientras parecía que las mujeres obtenían logros y reconocimiento social a través de su participación laboral- era que los procesos de explotación se ampliaban hacia ellas. De esta manera, el avance progresivo que se produjo en el campo laboral en México no se tradujo en un avance correlativo en la consecución y fortaleza de los derechos sociales de las mujeres (a pesar del simultáneo avance de su desarrollo educativo y la disminución de su fertilidad) y sí, por el contrario, sirvió para legitimar formas extremas de explotación también hacia los varones.
Mientras las mujeres avanzaban lentamente en el proceso de integración educativa y social, los recursos mínimos de sobrevivencia con los que un jefe de familia proveía a su hogar resultaron en un momento insuficientes, y esto obligó pues a todas las mujeres a tener que participar de las actividades laborales. Sin embargo su participación no duplicó los ingresos familiares (ni transformó su imagen de sujeto reproductivo); se produjo el mismo resultado de limitación e insuficiencia de los recursos familiares, con el agravante de que ahora las mujeres también quedaron sometidas al principio del rendimiento (Cf. H. Marcuse, «Marxismo y feminismo», en Calas en nuestro tiempo, Barcelona, Icaria, 1983) sin haber cambiado las representaciones sociales de lo femenino.
A través de una descripción de las actividades económicas que, al realizarse en una sociedad «esencialmente sexista» produjeron un abaratamiento de la fuerza de trabajo -debido a la devaluación sistemática de las mujeres- una vez que ellas penetraron este espacio, Alicia Solís da cuenta de cómo las «directrices sexistas» se mantuvieron entre los ejes programáticos del modo de producción capitalista neoliberal. Las limitaciones de tiempo que la crianza les exige a las mujeres, así como las dotes de mansedumbre que se les inculcan y su adscripción inexcusable al trabajo doméstico produjeron un fenómeno de «feminización del trabajo» que se expresa, por ejemplo, en la proliferación de los trabajos de medio tiempo, con la consecuente carencia de garantías laborales y de prestaciones sociales; y que hoy se ha convertido en el modelo laboral más deseable (por rentable) a nivel internacional.
Como afirma Alicia Solís, debido a las condiciones ideológicas de devaluación de la mujer y de lo femenino y al entrar en contradicción los papeles sexuales reproductivos con las funciones productivas recientemente adquiridas, «la liberalización de la fuerza de trabajo femenina y el fomento a su incorporación al mercado de trabajo (...), su participación creciente en la población económicamente activa (...), no significaron mejores condiciones de trabajo y de calidad de vida para ellas; como tampoco mayores posibilidades para desempeñar labores altamente calificadas y remuneradas». Por consecuencia estos procesos, denominados por ella de «flexibilización salarial», limitaron sindicalmente a las mujeres y no sólo obstaculizaron su desempeño como trabajadoras sino también como mujeres, en la medida en que «no les permitió desarrollarse laboralmente y les impidió, al mismo tiempo, cumplir con las funciones que la misma sociedad les había encomendado».
Así, los resultados del impulso a la modernidad a través del trabajo han mantenido a las mujeres en una cada vez más crítica condición de opresión, pero también han reducido a la misma concepción de vida humana a su mínima expresión, revelada como explotación. El ejemplo demuestra la importancia que tienen los estudios sistemáticos con perspectiva feminista en todos los campos: nos permiten revelar el trasfondo patriarcal que circunda (no sólo a las mujeres, sino) los proyectos humanos. Y si queremos que las transformaciones sociales que nos ha tocado vivir sean en beneficio y por la liberación de las mujeres y los hombres del futuro, y para que las nuevas generaciones no vivan formas de sujeción y de explotación más elaboradas y sofisticadas, es necesario continuar el proceso de reflexión y de praxis política crítica y atenta frente los fenómenos de la realidad social; e imprescindible no engañarnos con las aparentes y superficiales formas de resolución teórica y práctica de los conflictos.
La tarea de emancipación humana del feminismo no ha terminado y tenemos que continuar realizándola todos porque el patriarcado es capaz de rehabilitarse permanentemente, e inclusive de fortalecerse y ampliar sus efectos destructivos más allá de las mujeres, de formas sorprendentes.

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