Rubí de María Gómez Campos
El valor de la eficiencia… poética
Jueves 6 de Agosto de 2009
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En contrario a su discurso de campaña, el gobierno calderonista se caracteriza por la pérdida de empleos y la crisis económica más severa de los últimos tiempos, a la que hay que agregar los factores de indiferencia y simulación que impone con el fin de distraernos mediante el recurso de la arbitrariedad policiaca y los discursos autoglorificadores a los que el presidente es tan afecto.
En idéntico tono celebratorio, contagiados por el permanente festejo que se vive en calderonlandia, los medios de comunicación controlados por el Estado festinan automáticamente con cada detención la captura del último “pez gordo” de las mafias del narcotráfico, sin que ello signifique una disminución real en el índice de violencia y delincuencia que supuestamente combaten.
La inseguridad ciudadana y la amenaza creciente de un Estado represor capaz de vulnerar los espacios tradicionales de la fe sin esperar momentos más propicios (como el término del ritual), ni cuidado en las formas (como el hecho de interrumpir la celebración religiosa de una quinceañera con síndrome de Down, amedrentando sin distinción alguna a culpables e inocentes) es síntoma del carácter mediático y violatorio de los derechos humanos que tales acciones tienen.
En el trasfondo del circo montado -en el que se incluyen filtraciones periodísticas sobre posibles detenciones y difamaciones que son producto del ambiente acusatorio que se pretende mantener- se encuentra la realidad de cifras y “datos duros” de la economía proporcionados por organismos financieros internacionales y del B de M, citadas por periodistas no controlados (como Carlos Fernández-Vega, de La Jornada nacional), que contrarrestan los “alentadores” datos de la “recuperación” y las cuentas alegres anunciadas sistemáticamente por Calderón.
De manera sintética: en encuesta reciente se constata que para 2010 los expertos consideran “que la recuperación de la actividad económica estaría acompañada de un aumento del referido número de trabajadores de 213 mil personas, lo que arrojaría una pérdida neta bianual cercana a 445 mil empleos formales, sin considerar a los poco más de dos millones de mexicanos que en ese periodo se incorporaron al mercado laboral sin obtener resultados favorables. Y ‘alentadora’ como cereza, los especialistas anticiparon que en el segundo semestre de 2009 y el primer semestre de 2010 los salarios reales registrarán una disminución” (“México SA”, 4-VII-09).
Así, a pesar de los intentos que Felipe Calderón hace por imaginar y convencer de una bonanza económica y laboral que no existe, la pérdida en el nivel de calidad de vida de los mexicanos es extrema. Sobre las ya empobrecidas clases populares -mal llamadas “los que menos tienen” a partir del parámetro de los que no sólo tienen algo, sino que lo han poseído todo- los gobiernos panistas han sorprendido con su rebasamiento de límites de ineficiencia y corrupción históricamente inauditos, como lo muestra el recién conocido saqueo a Pemex; la muerte de casi medio centenar de bebés en lucrativa “guardería” de Hermosillo; y la inclusión de políticos y traficantes entre los beneficiarios de Procampo.
La descomposición del país es tal que ni siquiera el Poder Judicial ha estado a la altura de los requerimientos sociales. Las muestras ciudadanas de impotencia frente a la corrupción campante de hechos flagrantemente injustos como el ocurrido en la guardería ABC no llega a ser motivo de responsabilidad e indignación de los magistrados. Habituados ya (como pretenden hacer que todos estemos) a convivir acríticamente con la injusticia desde que escuchamos las conversaciones de un “respetable empresario” con el gobernador de Puebla, sin que ello implicara castigo ejemplar alguno ni sanción mínima a nadie, la ciudadanía comienza a desesperar de seguir tolerando que quienes tienen la obligación moral y legal de castigar los excesos y poner freno a la corrupción sean los mismos que se alían y medran con las necesidades del pueblo.
Como dijera Andrés Molina en labios de Ana Belén, “no me pesa lo vivido, me mata la estupidez de enterrar un fin de siglo distinto del que soñé”. Aparentemente no hay salida a la creciente crisis económica y social que hemos ido viendo y sintiendo en la última década, que algunos iniciamos con esperanza y que hoy se ha convertido en dolor. Sin embargo es posible seguir creyendo en el valor de la poesía y el pensamiento como puentes reales de comunicación social, en tanto promotores de eficiencia -no productiva sino vital- como excelencia moral que siempre podremos echar a andar desde nosotros mismos.
La autenticidad que la eficiencia (en este sentido) conlleva es la única fuente de autoridad moral que puede enfrentarse contra la corrupción, si no de las instituciones apoderadas hoy por la mediocridad gozosa, sí de la conciencia ciudadana. Otra vez, como dijera León Gieco… “Sólo le pido a Dios que lo injusto no me sea indiferente. Si un traidor puede más que unos cuantos, que esos cuantos no lo olviden fácilmente...”.

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