Rubí de María Gómez Campos
Meditaciones posmodernas
La tragedia de ser michoacano en el siglo XXI
Miércoles 15 de Julio de 2009
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Hace 20 años el pueblo de México tuvo un sueño. La gente más pobre del país se atrevió a pensar en la posibilidad de un mejor futuro para sus hijos y nietos. Se formó entonces en Michoacán uno de los sitios más importantes de la historia reciente, corazón de la Independencia, lugar donde se gestaran algunas de las luchas más heroicas y se concibieran los mejores ideales de justicia social más acuciantes de ese pasado todavía tan presente; un nuevo proyecto de nación.
La emergencia de un partido político capaz de aglutinar los anhelos diversos de grupos de la izquierda dispersa que durante décadas anteriores se había forjado a golpe de violencia -en la clandestinidad de una lucha que la guerra sucia hizo surgir progresivamente durante los lustros posteriores al cruento año del 68 y que sumada al autoritarismo gubernamental había generado las decepciones previas y la resistencia del sindicato ferrocarrilero, ante el silenciamiento y los golpes represores que el poder omnímodo ejerciera contra el periodismo crítico- nutrieron la consolidación de una sociedad desesperada y más que escéptica, que recibió con entusiasmo la creación del PRD.
El Partido de la Revolución Democrática logró, en un momento entrañable para quienes tuvimos oportunidad de ver su nacimiento, vencer la desesperanza; y esto fue producto de la unidad de partidos y movimientos, de luchas y compromisos de personas convencidas de la necesidad de la participación social activa, pero sobre todo de la inteligencia agudizada de quienes, ante la sensibilidad del dolor que el pueblo de México padecía, se sentían conmovidos de esperanza. La participación masiva de votantes en el 88 fue el anuncio de un signo de muerte del sistema opresivo; la promesa de destrucción progresiva de una clase privilegiada cuya base de poder era la marginación y la exclusión de miles de personas.
Nunca como entonces fue más verdadero el orgullo que sentíamos de ser michoacanos. A pesar del reciente fracaso en la lucha por la Presidencia de México, que conoció una vez más las tenebrosas oscuridades del fraude electoral fraguado a favor de Carlos Salinas sobre la figura del ilustre fundador del partido, los habitantes de este glorioso estado recuperábamos día a día, y manteníamos con regocijo, la ilusión de un mejor futuro. La generosa capacidad de cesión de Heberto Castillo y la serenidad responsable del ingeniero Cárdenas lograron realizar una unidad de proyectos democráticos que parecía consolidarse.
Después del siguiente fraude, y del consecutivo que llevó al retroceso del ascenso al poder de una ultraderecha que aún seguimos padeciendo, seguimos esperando. Las expectativas de cambio y de progreso para las clases más desprotegidas -las que Salinas llamaba eufemísticamente “los que menos tienen” para quitar de su conciencia la responsabilidad que todos tenemos por los pobres- no sólo no se han realizado. La cuna del perredismo es hoy un nuevo motivo de confrontaciones tan violentas que hacen sospechar de un motivo inconfesable, sostenido por los mismos de siempre: Los voraces dueños de una patria que no sienten ni les pertenece y que siempre, bajo distintas denominaciones, han agotado, usufructuado, persiguiendo intereses egoístas.
Calderón puede darse el lujo de decir, mordiéndose la lengua, que está ganando una batalla que directamente no libra y en la que su pellejo no se arriesga. No son los gobernantes ni los hijos de la oligarquía quienes mueren violentamente cada día, sino otra vez los hijos de los pobres: soldados, policías, traficantes hormiga y transeúntes inocentes. Es significativo que después del rotundo triunfo del PRI que asegura su retorno en todo México, menos en Michoacán, primer y último bastión del perredismo, se siga agudizando una encarnizada e inefectiva confrontación que patentemente agudiza la pobreza y -también hay que decirlo, gracias al mismo aporte de algunos sectores del partido que un día logró revivir las ilusiones ciudadanas- hoy estemos a punto de perder toda esperanza.
La degradación de la imagen de Leonel Godoy, casi única figura respetable de integridad moral como luchador impecable de la izquierda, no parece ser el único objetivo de esta guerra. El botín suculento es a la larga la destrucción de ilusiones; la pérdida de confianza que se había logrado mantener gracias a lo más parecido que tenemos a una izquierda...

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