Rubí de María Gómez Campos
Meditaciones posmodernas
Anular el voto o no anularlo... he ahí el dilema
Miércoles 17 de Junio de 2009
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No quiero argumentar a favor o en contra de lo que se ha revelado en la reacción histérica de sus detractores como una acción política en estos momentos útil para despertar la conciencia ciudadana: el ejercicio de anular la boleta. En estos días previos al ejercicio electoral el revuelo que ha causado la idea está produciendo, por lo pronto, mayor profundidad en la reflexión y logrando declaraciones de actores políticos que de otra manera no se obtendrían y exhibiendo la naturaleza de los intereses y preocupaciones de los dirigentes de los tres partidos más grandes. Sólo quisiera señalar algunos datos reveladores y significativos, para que usted pueda formar su juicio y decidir sobre las alternativas existentes:
1. Emitir el sufragio por alguno de los menos peores con el fin de debilitar el poder arbitrario y casi absoluto del PAN y el PRI que juntos, como actúan, seguirán dirigiendo el país a la debacle económica y ciudadana, y manteniendo a México como un lucrativo negocio familiar. Ya que mientras el gobierno juega con la vida de las personas (ahora con la pretensión de enviar cadetes recién graduados a enfrentar al narcotráfico) o “Monopoly entre primos”, como dicen las madres huérfanas de Hermosillo, se olvidan los problemas educativos y económicos en los que se debate la mayoría de la población.
Esta postura -dicen quienes la sostienen- es la única forma real y práctica de contrarrestar o equilibrar el avance de las fuerzas oscuras a través del Congreso.
2. Quedarse a descansar en casa para demostrar pasivamente que las elecciones son uno de los gastos más onerosos e inútiles de México; o en una forma paradójica de actividad pasiva, ya que esta es otra expresión que se define como opción de quienes no sufren directamente los embates del desempleo y la rapiña, aunque sí son conscientes de la ineficiencia electoral del sistema.
Más allá del hartazgo de miles de personas que inevitablemente y sin mayor reflexión abdicarán de su derecho a expresarse a través de las urnas, quienes sostienen esta tesis consideran que, para transformar el sistema, es insuficiente y desesperado anular el voto. En términos económicos abstractos aunque esa acción no es significativa para cambiar los resultados, sí seguiría contando como parte de un proceso que así se legitima y abarata los costos del proceso; con lo que se invisibiliza más su ineficiencia.
3. Realizar el esfuerzo creativo de anular con alguna frase original el voto. Algunos ejemplos que se promueven son: “sufragio efectivo, no a la elección”, “sin confianza no a mi alianza”, “mi voto nulo, métanselo por…”, o “Denisse Dresser, una mujer con coraje y valor”.
Para muchos ciudadanos que piensan en términos formales o especulativos esta es la solución inmediata: patentizar el rechazo ciudadano a la partidocracia y una expresión libre del desengaño frente al sistema electoral del fraude que los ha dejado tan insatisfechos.
Los argumentos que se esgrimen entre las dos principales posturas (en contra o a favor del voto anulado) son sólo formales: que si “de esta manera no vamos a poder exigir”; se responde que “de cualquier forma no podemos”, que si “de esta manera van a llegar quienes menos lo merecen”; se refuta que “con nuestro voto también lo hacen”, al “debemos votar por los menos peores”; la respuesta es que “siempre lo hemos hecho sin ningún resultado”.
Pero ahora surge, como solución mágica al temblor que les produce a los partidos la amenaza de un desconocimiento expreso a su legitimidad representativa, un grupo que sostiene que si hacemos firmar a los candidatos y comprometerse (con medidas que coincidentemente son las mismas que sostiene el grupo en el poder y que han llevado al país a recrudecer la violencia sangrienta) sí votemos.
En lugar de enfocar propuestas que atiendan las necesidades de fondo y el origen de los problemas (como la educación, la cultura y otras medidas que promuevan el desarrollo humano) a este último grupo no le importa la desigualdad atroz que desde hace tanto tiempo hemos vivido y el despojo cada vez más intenso al que se pretende acostumbrar a las clases menos favorecidas. Esta propuesta sólo le apuesta a la contención violenta de la violencia y a los supuestos beneficios que un Estado policiaco y represor puede garantizarle no a los millones de desempleados que encuentran como única alternativa acomodo en la delincuencia, sino a unos cuantos empresarios voraces que han sido capaces de acumular y dilapidar la riqueza del país entre sus manos.
Si hay algo que hace coincidir (y enojar) a los dirigentes de los tres principales partidos es mencionarles el llamado voto blanco. Ellos y otros actores políticos distinguidos por su irresponsabilidad y su fehaciente falta de compromiso han llamado estúpidos a quienes lo promueven. Hasta la ineficiente y frívola Alejandra Barrales dice con su capacidad de seducción apagada confiar en la inteligencia de los electores. Si algo puede salvar al PRD o a cualquiera de los partidos de la ruina que reflejaría llegar al Congreso con un mínimo o con un reducido respaldo ciudadano sería comenzar a demostrar compromiso y claridad en sus intenciones. Lo peor que pueden hacer es insultar a quienes piensan que ha llegado la hora de manifestar activamente su repudio a una clase política que no ha sabido cumplir sus compromisos de campaña, que son los que los llevan a ejercer el poder, una vez obtenido, como si fueran dueños del escaño y de los puestos para los que fueron elegidos.

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