Rubí de María Gómez Campos
Meditaciones posmodernas
Miss Universo… y algo más
Sábado 26 de Julio de 2008

La sociedad ha avanzado y madurado en la medida en que comienza a reconocer a las mujeres como seres humanos capaces de aportarle al mundo y al desarrollo de la sociedad mucho más que belleza

REDACCIÓN

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Por enésima vez Miss Venezuela obtiene el título de la belleza mundial y México queda entre los cinco primeros lugares. Venezuela es un país en el que los
concursos de belleza no son sólo un negocio para los organizadores y algunos más como aquí, sino toda una industria en auge que beneficia a toda una gama de «profesionales» entre los que se encuentran médicos y cirujanos plásticos, dentistas, modistas, maquillistas, dietistas y todos quienes promueven y se benefician del consumo masivo de productos y tecnologías «de belleza».
Pero la valoración de la imagen, que entre otras virtudes promueve la higiene y ensalza la vanidad, reforzando así el amor propio de quienes la cuidan, está determinada en estos concursos por la impronta del consumismo y el mercantilismo neoliberal que convierte la legítima aspiración humana (no sólo femenina) de gustarle a los demás, en una extraña aspiración a representar a la mujer que más se parezca a una muñeca Barbie. En este bizarro mundo postmoderno, los antaño concurridos (aunque fuera de manera virtual) concursos de belleza femenina se parecen cada vez más a los círculos reducidos que exploran la belleza masculina entre los aficionados al físico-culturismo. Es ésta una práctica que la mayoría de las mujeres y muchos hombres observamos con curiosidad (ante una magnífica expresión de la potencia humana), sin llegar a identificarla como una vía para alcanzar la belleza «real»; la de la seducción que no sólo involucra músculos (si no tal vez nunca podríamos enamorarnos) sino más bien pasión, inteligencia y creatividad; y cuyos representantes abundan al menos más que los representantes de ese ideal (quién sabe si universal) de belleza y perfección. Lo cierto es que la armonía, la plasticidad o la fortaleza que expresa el cuerpo musculoso de quien se dedica profesionalmente a lograrlo (por razones materiales o subjetivas) no tiene mucho que ver con la cotidiana práctica de la seducción y el cortejo entre el resto de los mortales, porque ese modelo sólo refleja en el nivel social la belleza de unos cuantos; igual que ocurre en el caso de las mujeres con el modelo de referencia.
La imagen musculosa se reduce por tanto, para la mayoría, a ser un referente simbólico de la belleza real: la de aquí y ahora a la que cualquiera puede acceder. Así, al aceptar ese hecho las mujeres podemos verlos «bellos» o atractivos aunque sean gorditos o panzoncitos, «con que tengan buen corazón» o «una inteligencia que cautiva»; o bien simplemente «por el brillo de su mirada, que nos fascina…». Pero esto no ocurre con la considerada belleza femenina, que en estos certámenes se revela cada vez más como la idea o el modo de vida de un sector social bien delimitado y como una expresión más de la diversidad que constituye el mundo en el siglo XXI.
No obstante, ese sector se alimenta y se nutre de muchos factores sociales que involucran intereses diversos en la definición de la belleza femenina -uno es el interés económico de las grandes corporaciones de la moda y la cosmética en el mundo, ni quien lo dude, pero eso no es todo. A los grandes intereses económicos debemos sumarle una gran dosis de «capital cultural» que sostiene la configuración social (como señala el sociólogo francés Pierre Bordieau). Las madres y los familiares de las concursantes -no sólo ellas, al menos inicialmente- buscan la mayoría de las veces realizar el sueño de la fama y la gloria, dispuestas a realizar sacrificios y a soportar disciplinas de rigor férreo con tal de ganar. Lo que motiva y estimula las prácticas que las vuelven esclavas de la moda y de la incomodidad del corsé (a las que las acompañan muchas que no participan en certámenes) es su profundo «amor propio» (con toda la contradicción que esto implica, ya que podría identificarse más bien con desamor).
No obstante, la seguridad en sí mismas, la confianza que obtienen o que refuerzan con estas experiencias (a pesar de todo) puede hacer que lleguen a tener éxito en el ámbito empresarial (como Lupita Jones), político (como alguna ex reina venezolana), artístico o de cualquier otro tipo, de acuerdo siempre con las habilidades que además de su belleza y de su encanto las mujeres hermosas pueden tener. Si carecen de otros atributos probablemente (con concurso o sin él) terminarán viviendo para algún hombre que las mantenga en un alto nivel de confort, a costa de su dignidad personal.
Los criterios que parecen seguir los jurados de este asiduo concurso -además de los factores políticos o estratégicos del momento- para elegir a la ganadora, no son los de la originalidad ni la singularidad que hace que las personalidades se destaquen y diferencien, sino el equilibrio y la proporción (léase: homogeneización y uniformidad) así como la semejanza al modelo que las iguala (entre más se parezcan a una Barbie más posibilidades tienen de ganar). Por otra parte, de igual forma que intentan imponer este reducido modelo estético -y lo logran al convertirlo en el referente imaginario de la sexualidad; lo que promueve que, a diferencia de ellos, las mujeres se autoinfrinjan sacrificios y tiranías físicas con el fin de parecerse lo más posible a la muñeca de moda y agradar- ocurre con el modelo de mujer (como persona) que proyectan.
A las preguntas que se les formulan, las concursantes responden con esquemas preestablecidos que les evitan asumir posturas comprometedoras. Esas respuestas memorizadas les evitan pensar y así se protegen de cualquier posibilidad de error producto de la espontaneidad, en un contexto de por sí difícil (hay que reconocerlo) para cualquier mortal. Una amiga expresó cuando supo que otra de ellas había participado y ganado en un certamen de éstos: «No te pregunto cómo lo hiciste, porque eso es fácil de contestar; lo que me sorprende es cómo lograste salir de allí». Efectivamente. No debe ser fácil para quien crece valorándose en función de la mirada de los demás, a costa de sí misma, y a quien no se le permite ni siquiera pensar, sino sólo enunciar lo que ya ha sido dicho y elaborado por otros, encontrar la veta de la riqueza interior que nos permite crecer -no como muñecas sin voz, sino como seres humanos en diálogo con los demás.
La sociedad ha avanzado y madurado en la medida en que comienza a reconocer a las mujeres como seres humanos capaces de aportarle al mundo y al desarrollo de la sociedad mucho más que belleza. Todavía falta que la atracción fría de una muñeca Barbie deje de ser para la mayoría de los varones y de las mujeres el referente imaginario de la sensualidad. Sobre todo falta que las mismas mujeres dejen de estar dispuestas a convertirlo en real...

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