Alma Gloria Chávez
Viejos rituales, nuevo ciclo
Sábado 30 de Enero de 2016

En memoria del buen amigo uruapense Federico Ortiz y su corazón generoso.

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Seguramente no llegaremos a saber con exactitud la fecha en que el hombre sedentario, al empezar a convivir de manera tan estrecha con la naturaleza mediante el cultivo de algunas plantas, dio inicio a los rituales y ceremonias que hasta nuestros días se organizan en torno a los ciclos agrícolas y los productos a que dan origen, siendo tan diversos como lo son las culturas indígenas que pueblan nuestro continente.
Y es en el campo donde la gente establece una relación diferente con las plantas y la naturaleza. “Los pueblos indígenas, a lo largo de su devenir histórico, han elaborado un conjunto de respuestas colectivas a sus necesidades vitales para poder hacer frente a las condiciones de su entorno natural y social. Por medio de la cosmovisión el indígena conoce su remoto origen, la composición y distribución del Universo y de las leyes encargadas de regular el equilibrio del cosmos. Tales conocimientos hacen posible la ejecución de sus acciones en la tierra y la continuidad e identidad del grupo a que pertenece”, dice la maestra antropóloga Sonia Iglesias y Cabrera.
Las fiestas que se celebran durante el año, en cualquier cultura o región, resultan representativas de esos lazos afectivos entre el hombre y la naturaleza; es más, los rituales y ceremonias que acompañan a la fiesta, la convierten en organizadora de la vida y de las relaciones entre personas.
En algunos rincones de nuestro vasto territorio nacional, hay quienes rinden culto a los más altos y eminentes montes. Para estas fiestas se labran unas culebras de palo y de raíces que luego se pintan y visten, dejando la cabeza al descubierto. Y les moldean con masa de maíz rostros de personas, en memoria de aquellos que se han ahogado o han muerto por agua. Las culebras son llevadas al monte entre flores y plantas de la temporada, colocándolas en altares de piedra preparados para la ceremonia. Luego queman copal. Así agradecen a los montes y a los cerros todo lo que de ellos obtienen. Este ritual aún se practica entre zapotecos de Oaxaca.
Para las semillas, como el huautli o amaranto, todavía sobrevive el culto que poco ha variado desde hace más de 500 años para agradecer que esta semilla (cuyo consumo fue tan importante como lo es hoy el del maíz) ha llegado a su madurez. De lo primero que se recoge, bien molido y amasado, se hacen unas figurillas con forma humana y se colocan sobre una mesa, rodeada de velas, flores y sahumerios. Enseguida se acercan recipientes (tecomates o cántaros) con pulque y todos los invitados a la ceremonia se sientan en rueda alrededor de la mesa improvisada como altar, entonando algunos cánticos especiales. Los dueños de la ofrenda derraman parte del pulque delante de las figuras de huautli y es la señal para que los ahí reunidos empiecen a beber lo que quedó en las vasijas. Cuando terminan, la familia de la casa guarda con cuidado las figurillas hasta el día siguiente, en que todos los de la fiesta se los comerán a pedazos, con mucho respeto y agradecimiento.
En la Huasteca veracruzana, los maseualime (campesinos) tienen la creencia de que el maíz tierno es un ser vivo, por lo que no debe tirarse o desperdiciarse debido a que como son niños, lloran si se les maltrata. Además, los granos tiernos requieren de ser alimentados mediante un ritual antes de levantar la cosecha, motivo por el cual el propietario de la milpa contrata los servicios de un especialista tradicional que se le nombre ueuetlákatl (hombre anciano), y dependiendo de su posibilidad económica, solicita la participación de un trío de huapangueros que interpretará los sones y huapangos d “tlanama” durante la ceremonia. Tlanama es como se denomina a este ritual y se puede interpretar como “dar de comer a los elotes”. Familiares, parientes, padrinos y convidados especiales son invitados a concurrir al banquete que se le ofrece al “elote sagrado” o chikomexóchitl, bajo la dirección del consejero o especialista, pues si tal celebración no se practicara, habría una mala cosecha para el siguiente ciclo.
En algunos lugares el maíz es denominado “su gracia” y se le ve con reverencia, como se le trata en muchos grupos culturales del país.
Quizás una de las ceremonias practicadas en esta región Lacustre en tiempos precolombinos devino en la “Danza del pescado” que, se dice, era una manera de propiciar y agradecer la buena pesca: la ejecutan varias doncellas que llevan una red extendida y bailan alrededor de un ágil danzante, que portando un pescado blanco elaborado con carrizo, chuspata y manta, simula el nadar nervioso del pez que finalmente, es capturado.
En Uruapan también se agradece y bendice el agua del Cupatitzio cada año. Y son los grupos de guananchas de los barrios tradicionales los encargados de recoger en cántaros bellamente adornados el agua del nacimiento, que llevan a bendecir a la Iglesia católica, para después, en ceremonia especial, regresar parte de ella al río. A las mujeres que participan, portando la indumentaria tradicional, se les conoce como “las aguadoras”.
En todo México, cada 29 de septiembre se celebra el día del arcángel Miguel, su festividad es tan importante como la dedicada a Juan el Bautista, el 24 de junio. Durante la celebración a San Miguel, sacerdotes y feligreses recuerdan el enfrentamiento que el arcángel tuvo con Satanás, anteriormente aliado natural de Dios. Para los productores agrícolas, el 29 de septiembre tiene lugar la violenta batalla campal entre el ángel caído (Luzbel) y San Miguel. Ese día colocan cruces de pericón (flor silvestre de pétalos amarillos, de temporada) en puertas y parcelas de los creyentes católicos, donde hay cultivos, para protegerse de Satanás, que anda libre. So los últimos vientos de la temporada y los campesinos presuponen que esos aires son resultado de los aletazos provocados por los embates violentos entre ambos arcángeles.
Rituales como estos testimonian la permanencia de una identidad cultural viva y presente, sobre todo entre quienes conservan una relación cercana a la naturaleza en toda su expresión.

Sobre el autor
Alma Gloria Chávez Castillo. Oriunda de Pátzcuaro, realizó estudios formales en el lugar. Por interés personal complementó su formación con actividades artísticas como la pintura, la danza, el teatro y la pantomima. Su vocación de servicio le ha llevado a promover o insertarse en espacios culturales orientados a niños/as y jóvenes. Ha sido colaboradora fraterna con organizaciones indígenas de la región a través de espacios radiofónicos y prensa escrita. Promotora de lectura y cuenta-cuentos, fundadora y activista de grupos de mujeres, vive anhelando una sociedad libre de violencia.
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