Rogelio Macías Sánchez
Algo de música
Más de la música clásica
Martes 26 de Enero de 2016
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En ausencia, una vez más, de evento o suceso relativo a la música que relatar o criticar el día de hoy, esta entrega continúa la de la semana pasada, diciendo más de la música clásica.
Desde Guillaume de Machault en el siglo XIV hasta nuestros días, han sido creadas gran cantidad de obras maestras, productos de una sensibilidad, una esperanza y una mentalidad determinadas por mil años de civilización.
Los fundadores de esta música occidental partieron del canto llano, un canto en decadencia escolástica: el solista ya desaparecía ante el coro y las incidencias instrumentales \"contrapunteaban\" las voces. La revolución consistía en usar los instrumentos como si fueran voces, a pasarse a la \"polifonía\", a dejar el ritmo \"irracional\" para adoptar el compás \"racional\", a buscar la novedad ahí donde los antiguos querían fidelidad.
Años después, por el 1600, como una reacción contra la polifonía que había venido a ser excesiva y por lo tanto decadente, surgió la ópera como un movimiento intelectual y aparentemente elitista pero que tenía sus raíces en los madrigales populares. Surgieron entonces los nombres de Palestrina y Monteverdi como los campeones de un Barroco temprano que volvía los ojos a los modos clásicos de la Grecia antigua.
Esto también fue una revolución y desde entonces los cambios se dieron paulatinamente, como aportación de hallazgos estéticos que se sumaban a aquellos en uso. Bach, Haendel y Vivaldi no crearon una nueva época, sólo enriquecieron con su armonía las viejas melodías y sus ritmos para llevar a su esplendor al Barroco a mediados del siglo XVIII, esplendor que en parte dependía de la libertad para ejecutar la música.
Los clásicos tomaron la dinámica, desarrollada por los hijos de Johann Sebastian Bach y sus amigos en la última parte de ese Siglo de las Luces, volvieron por los fueros de la melodía, usaron de la polifonía lo que les convenía y suavizaron los ritmos barrocos, herederos de la antigüedad. Crearon así la música absoluta, de perfecto equilibrio entre sus diferentes elementos, que no quiere decir nada más que música, que no se puede traducir. Haydn, Mozart y el joven Beethoven así la hicieron, aunque por poco tiempo, no más de 50 años, porque Beethoven la habría de llevar a significar los goces o las tormentas del alma, que ésta es la marca de la romántica, aunque los técnicos dicen que es el predominio de la melodía. Pero se perdió la libertad de expresión en la ejecución. Los autores románticos quisieron que sus obras sólo fueran la expresión de su sensibilidad y hasta hoy el ejecutante lucha cada vez por manifestarse a través de las obras románticas.
En este devenir surgieron los impresionistas franceses, que de la pintura tomaron no sólo el nombre, sino el color. Así como Monet, Cézanne o Van Gogh cambiaron el dibujo por el color, Debussy y Ravel cambiaron el ritmo por una armonía tan rica, nueva, suave y natural, que sólo se puede comparar al color. Fueron los pintores de la naturaleza, pero de la emotividad de la naturaleza.
La última revolución ocurrió a principios del siglo pasado, cuando los artistas, decepcionados por una humanidad que había traicionado sus mejores ideales para despeñarse en la locura de la destrucción que fue la Primera Guerra Mundial, llevaron a la música por rumbos aparentemente caóticos y nihilistas que sólo reflejaban el asco por lo ocurrido. Así, dolorosamente, se dio el modernismo, que a través de sus dos corrientes, el atonalismo y el neoclasicismo, habría de crear las obras maestras del siglo pasado.
En el siglo XXI no ha ocurrido revolución alguna pero la evolución de la música clásica no me gusta ni la entiendo, basada en la ausencia casi total de sus fundamentos estructurales y el uso cada vez más común de fuentes sonoras tan chocantes con mi tradicionalismo como la electroacústica.
Vivimos en el final de la historia. Con nosotros todos los ciclos se cerrarán. No sabemos lo que habrá de suceder, aunque algunos audaces se aventuren a augurarlo. Pero por hoy, aquí vamos en la historia de la música clásica.
Hasta la próxima.

Sobre el autor
Rogelio Macías Sánchez Médico cirujano por la UNAM, Especialidades de Neurología y Neurocirugía. Con ellas, ha ejercido en instituciones oficiales y en la práctica privada. Catedrático de la Universidad Michoacana Amante de la música clásica desde sus primeros años por inducción familiar, se desarrolló como melómano cultivado por iniciativa propia. Por confluencia de circunstancias se ha desarrollado como periodista aficionado en el ámbito cultural en la crónica y crítica de música clásica. También, y auténticamente por amor al arte, ha sido promotor de eventos magníficos de música clásica en Morelia.
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