Julio Santoyo Guerrero
¿Quién quemó Roma?, ¿acaso Kate del Castillo?
Lunes 25 de Enero de 2016
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La política tiene infinitos caminos y muchos de esos caminos tienen que ver con la perversidad. La preservación del poder activa los caminos menos escrupulosos para lograrlo, después de todo la frase de que el fin justifica los medios está hecha a la medida de la debilidad humana y esta es una práctica milenaria.
Cuando en el año 64 del actual calendario Roma fue arrasada en gran parte por un incendió, Nerón, su emperador, fue acusado de haberlo ocasionado. Nerón y sus consejeros reaccionaron rápido y cargaron la acusación a la secta de los cristianos, quienes, dijeron, tenían razones justificadas para convertir en cenizas a Roma. El pueblo romano le creyó a Nerón y éste hizo presos a cientos de cristianos, a los que arrojó a los leones y a los perros, los crucificó e hizo arder como antorchas en algunas vías de la gran ciudad. Quienes han estudiado el famoso incendio del 64 con los instrumentos de la ciencia moderna han concluido que éste se generó espontáneamente y no hay evidencias de que Nerón lo haya propiciado mucho menos de que los cristianos lo hayan hecho. Sin embargo, nerón tuvo la perversa habilidad política de culpar a sus entonces incómodos cristianos y justificar su persecución y martirio para salir fortalecido políticamente del trance que por poco lo tumba.
La madrugada del 27 de febrero de 1933 el Reichstag (Parlamento) alemán fue incendiado. De ello fue culpado un joven holandés de nombre Marinus van der Lubbe, cuya militancia comunista era clara. El recién designado canciller en el gobierno de Hindenburg, Adolf Hitler, señaló a los comunistas como responsables del complot y logró que fueran proscritos de la ley y, por consecuencia, del Parlamento. Los nacionalsocialistas obtuvieron la mayoría que necesitaban y la mortal persecución contra los comunistas forma parte de la historia del espantoso genocidio que presidieron. En 2008, la justicia alemana, durante el gobierno de Ángela Merkel, declaro libre de toda culpa al holandés Van der Lubbe del incendio del Reichstag. Hay evidencias de que el propio Partido Nazi ocasionó el incendió para provocar los escenarios que deseaban.
A esta estrategia de operar políticamente se le conoce como bandera falsa y parte de un concepto central de la estrategia militar: el engaño. Cuando los niveles de transparencia de un gobierno son deficientes, el Estado de Derecho es disfuncional y el autoritarismo es el medio predilecto del que se valen los gobernantes para imponer su autoridad de gobierno, el engaño, es decir, la bandera falsa se convierten en la divisa vital para mantenerse en el poder.
A esto ha llegado el gobierno del presidente Peña. Las crisis que se ciernen sobre su gobierno desde diversos campos: la economía, la seguridad, la transparencia, los derechos humanos, la desconfianza pública y más, lo han precipitado al uso recurrente de la bandera falsa. Para salvar la crisis de inseguridad en Michoacán inventaron, por encima del propio crimen organizado, la altísima peligrosidad de Mireles e Hipólito Mora y no cesan de perseguirles; para salvar la responsabilidad de los políticos en la crisis educativa culpan a los maestros de banquillo de toda la tragedia; para salvar el escándalo de la Casa Blanca denuestan a periodistas y hacen escarnio de toda crítica.
El caso de El Chapo, a pesar de su reaprehensión, no ha podido ser cerrado ante la opinión pública de manera exitosa para el gobierno. Su reaprehensión genera nuevas dudas. Si las primeras siguen teniendo que ver con el nivel de involucramiento de las altas esferas del poder político en su misteriosa fuga, las segundas, derivadas de la recaptura, tienen que ver con el vínculo de este personaje con políticos y empresarios de grandes ligas.
Una fortuna como la de este narcotraficante, que en algunas ocasiones figuró en la lista Forbes de los hombres más ricos del mundo, no puede estar escondida abajo del colchón. Una fortuna así tampoco puede estar aislada del poder político de nuestro país o más allá de éste. Y hasta ahora el gobierno no ha presentado ni a empresarios ni a políticos implicados con él, y no medianos, no porque la fortuna que maneja ese cártel no es para aplicarse en empresas de morralla.
Por eso al gobierno de Peña le interesa “probar” que la actriz Kate del Castillo incendió Roma y el Reichstag –eso vende mucho en los medios, es buen circo– antes que las sospechas enderecen indagaciones serias sobre esos políticos y esos empresarios que durante más de tres décadas trabajaron arduamente para allanarle el camino a sus operaciones y pudiera construir el imperio que ahora se conoce. Un imperio que muy probablemente también colonizó la política como lo hicieron Los Templarios en Michoacán.

Sobre el autor
Julio Santoyo Guerrero Estudió Filosofía en la UMSNH Docente desde 1983 Analista en medios impresos y electrónicos desde 1988 Articulista fundador de Cambio de Michoacán desde 1992.
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