Alma Gloria Chávez
Desapariciones en Mexico
Sábado 23 de Enero de 2016

Al desaparecer, el desaparecido se lleva también su posibilidad de defenderse, su manera de ver la vida. El desaparecido se lleva hasta su silencio.

Elena Poniatowska

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“En México, el tema de los desaparecidos es como una llaga abierta desde hace varias décadas. Con cierta precisión, podemos hablar de que las desapariciones de personas sólo se han registrado a partir de los años 60, cuando el Ejército y la Policía mexicanos, con apoyo de asesores norteamericanos, llevaron a cabo un operativo contrainsurgente encaminado a eliminar a diversos grupos guerrilleros de tendencia izquierdista, tanto urbanos como rurales. Durante esos ‘operativos’ desaparecieron (hasta el año 1982) más de 500 personas, cuyo paradero aún se desconoce”, documenta un reporte de America’s Watch.
Desde entonces se ha sabido que el Ejército ha sido como una escuela para llevar a cabo la desaparición de personas, situación que se ha expandido entre grupos criminales. Recordemos que en un juicio de asilo, el ex soldado del Ejército Mexicano Zacarías Osorio Cruz testificó ante el Comité de Inmigración Canadiense (poniendo su vida en juego) su participación en ejecuciones ordenadas por oficiales del Ejército y la Fuerza Aérea mexicanos entre 1977 y 1982. Bajo juramento, Osorio declaró haber participado en varios operativos en por lo menos cinco estados de la República para recoger a prisioneros encapuchados a los que luego de fusilar, les forzaban a desaparecer sus restos. El gobierno mexicano jamás emitió declaración alguna al respecto.
Elena Poniatowska, en su libro Fuerte es el silencio (1980), escribe a propósito de ello: “En nuestro continente y en el africano, en Etiopía, en Guinea, en Malawi, se da una nueva y refinadísima forma de represión política: la desaparición. En Argentina, en Chile, en Guatemala, en Colombia, en Santo Domingo, en Paraguay, en Uruguay, en El Salvador o en Haití simplemente desaparecen los opositores políticos. Opositores reales o sospechosos, eso no importa (…) se detiene a los supuestos enemigos políticos sin que se sepa qué autoridad ordenó el arresto, quién lo cumple, ¿soldados?, ¿policías? Y a dónde se llevan al detenido. No existe un solo registro, ningún indicio del posible paradero de la persona. Así, el aparato jurídico se muestra impotente para resolver uno solo de los casos… nadie sabe, nadie supo”.
Actualmente, y después de 30 años de estas revelaciones, nos damos cuenta, no sin asombro, de que las desapariciones aumentan y que en estados como Morelos, la misma Fiscalía General cuenta con un predio (sin registro) para sepultar a víctimas del crimen en fosas comunes y clandestinas, descubiertas por familiares de un joven secuestrado, asesinado y sepultado ahí a pesar de haber sido reclamado su cuerpo a las autoridades, que haciendo caso omiso a cualquier protocolo legal pretendían “desaparecer” el cadáver de quien fue visto por última vez con agentes policiacos.
Ante hechos particulares como el descrito y las escalofriantes cifras oficiales de la Secretaría de Gobernación, de 25 mil 230 personas desaparecidas entre 2007 y 2014, contabilizando en ellas a los 43 jóvenes normalistas de Ayotzinapa, Guerrero, y sin tomar en cuenta a los cinco detenidos (el pasado 11 de enero) en Veracruz, por una patrulla policiaca que se encargó de su desaparición, todavía el gobierno mexicano pretende cuestionar la credibilidad del informe de Amnistía Internacional denominado “Un trato indolente. La respuesta del Estado frente a la desaparición de personas en México”.
Este organismo, de prestigio internacional, ha declarado que “en México existe una epidemia de desapariciones alimentada por la incompetencia, inercia e indolencia del gobierno, que se ha preocupado más por dar respuestas políticas coyunturales que por diseñar verdaderas y eficaces políticas públicas articuladas para enfrentar ese fenómeno”.
En el informe, que consta de 52 páginas, Amnistía señala que muchos de los 27 mil 600 casos que ellos registran, proporcionados por organismos no gubernamentales (entre ellos la ONU y la Comisión Interamericana de Derechos Humanos), se derivan de detenciones por elementos de la Policía o del Ejército y la “Naval”, y “el hecho de que México carezca de un registro de aprehensiones, que permite a las autoridades negar toda responsabilidad y lavarse las manos”.
Por su parte, el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos ha destacado ante el Senado de la República la necesidad de dotar de todos los elementos posibles: diversos, específicos e incluyentes, a la nueva Ley sobre Desaparición Forzada, pues ésta “deberá dar respuesta a las desapariciones cometidas, tanto en la denominada ‘guerra sucia’ como a las que ocurren en el contexto actual de violencia e inseguridad”. Y este organismo urgió al gobierno mexicano: “La Ley sobre Desaparición Forzada debe ser de aplicación inmediata, incluir a toda persona desaparecida y las desapariciones entre particulares; establecer el derecho de búsqueda y que se les encuentre. También se debe definir el delito como autónomo y crear un registro nacional de personas desaparecidas” sin que derive en persecución para sus familiares, consideramos.
Seguramente para los miles de familiares de víctimas de desaparición en México (y no para todos), la nueva ley resulta apenas un resquicio de esperanza ante el desolador panorama que representa el no saber qué fue de ese ser querido que un día no regresó a casa. “No descansaré hasta encontrarte”, es el lema que sirve de acicate a quienes, aún amenazados/as, continúan buscando a sus desaparecidos. Aquí, en el municipio de Pátzcuaro, tenemos un número indeterminado de ellos/as y por supuesto que no existe siquiera un registro que dé cuenta de esta abominación.
Esta es parte de esa historia nacional que “se escribe todos los días y todos los días se borra… es la historia secreta de esta(s) década(s), el secreto a voces… que sólo fugazmente aparece en las páginas rojas de los diarios”, dice Elena Poniatowska con certidumbre, ofreciendo sus letras y voz a quienes no son escuchados.

Sobre el autor
Alma Gloria Chávez Castillo. Oriunda de Pátzcuaro, realizó estudios formales en el lugar. Por interés personal complementó su formación con actividades artísticas como la pintura, la danza, el teatro y la pantomima. Su vocación de servicio le ha llevado a promover o insertarse en espacios culturales orientados a niños/as y jóvenes. Ha sido colaboradora fraterna con organizaciones indígenas de la región a través de espacios radiofónicos y prensa escrita. Promotora de lectura y cuenta-cuentos, fundadora y activista de grupos de mujeres, vive anhelando una sociedad libre de violencia.
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