Alma Gloria Chávez
Cuando la fiesta es un ritual
Lunes 14 de Diciembre de 2015

Algunas comunidades saben y respetan la fiesta, que no es para entorpecer los sentidos ni tampoco es sólo distracción ni evasión.

Elpidio Domínguez Castro (+1988).

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Cada 8 de diciembre me despierto escuchando la algarabía que se desprende luego de la misa de alborada y de “Las mañanitas” que cientos de feligreses llevan a la patrona de Pátzcuaro: la Virgen de la Salud, que se venera en la Basílica edificada en su honor. Desde pequeña aprendí todo lo que representa una fiesta (en este caso, religiosa) que convoca la participación de quienes nos identificamos en el cariño y respeto que merece el generoso lugar que nos alberga.
Y así como esta fecha no hay día que no me recuerde que vivo en territorio purépecha: para donde mis ojos volteen, desde el lugar privilegiado que guarda la casa paterna, puedo observar la cohetería que anuncia una celebración que casi siempre es acompañada por el alegre repique de campanas de alguna de tantas iglesias de las poblaciones lacustres… o también para anunciar el entierro de un “angelito”. Fiestas patronales o fiestas familiares que se convierten en comunitarias, carnavales, Corpus, Fiesta de Animas, Posadas, pastorelas y de Año Nuevo son motivo de participación y ritual.
Como se sabe, en Michoacán la imposición de las armas españolas sobre los indígenas no fue tan violenta como sucedió con los mexicas, por ejemplo, pero sí ocasionó pérdidas humanas y materiales (no conocemos ni un cinco por ciento del patrimonio arqueológico de la región) y, sobre todo, generó un ambiente de incertidumbre y desconfianza entre los nativos, que aún en la actualidad viven en un ámbito de segregación y discriminación por parte de los mestizos habitantes de medios urbanos y rancherías.
También es conocido que los primeros religiosos llegados a estas tierras mucho tuvieron que ver en la conversión espiritual de los indígenas: los franciscanos llegados en 1525, seguidos por los agustinos en el año de 1530 y los jesuitas poco después, además de evangelizadores como Vasco de Quiroga, Martín de la Coruña o Jacobo Daciano. Aunque su principal función fue catequizar a los habitantes de las tierras conquistadas, también sirvieron de intermediarios entre ellos y las autoridades españolas, aprendiendo no sólo la lengua (algunos de ellos), sino también los elementos centrales de la cosmovisión que los pueblos precolombinos poseían, muy diferente de los preceptos filosóficos del catolicismo de aquella época.
Sin duda la fusión de ambas culturas (que a la vez tenían incorporados elementos de otras), es lo que trajo como consecuencia el sincretismo que hasta nuestros días podemos percibir, sobre todo, en las fiestas que cada comunidad celebra en distintas épocas del año, pero coincidentes con las diferentes etapas del ciclo agrícola. La mayoría de estudiosos de la cultura purépecha afirma que desde la época precolombina, todas las fiestas se organizaban de acuerdo con un calendario fijo, ininterrumpido y sustentado en el ciclo agrícola, para promover la participación de la mayoría de la población y con ello consolidar las relaciones sociales.
Desde que en Michoacán se creara formalmente el Obispado, se tienen noticias de cómo ese calendario festivo entre las comunidades purépechas fue fusionado con el calendario festivo católico, pero adaptado por completo a las tradiciones (y a la particular cosmovisión) de los pueblos indígenas, surgiendo entonces los sistemas de cargos, así como el culto a los santos patrones y a otras imágenes religiosas. Instituciones como repúblicas de naturales, el Cabildo, los hospitales, las cofradías y las mayordomías empezaron a ser elementos importantes (indispensables) de cohesión entre pueblo y autoridades de todo tipo (civiles, tradicionales, religiosas y agrarias).
Para los pueblos originarios de Michoacán la fiesta forma parte de la tradición, misma que se define como la forma en que una sociedad determinada transmite, de generación en generación, sus costumbres y valores. Y no sólo los transmite, sino que enriquece y transforma la cultura material y espiritual de un pueblo a largo plazo; esto es, su cosmovisión, su interpretación y organización de lo sagrado y su culto. Sus relaciones sociales y económicas, su vínculo con la naturaleza, su lenguaje y su construcción del conocimiento, entre otros.
“Píndekua” es la palabra que utiliza la persona que conoce con precisión el papel que debe desempeñar en un momento festivo determinado, de acuerdo con su edad y su género, así como el grado de parentesco que le une con otra persona cuando sea preciso prestar ayuda en la organización o desarrollo de una fiesta.
Casi todas las fiestas y ceremonias de los pueblos purépechas tienen un referente en el calendario litúrgico católico y son punto de confluencia de elementos con distintos orígenes culturales pero fuertes raíces precolombinas. Es posible identificar elementos de origen mesoamericano, como las fiestas de inicio de las lluvias y de la siembra; las de la cosecha y el culto a los cerros u otros lugares sagrados, mezclados también con elementos de culturas africanas o árabes, así como de la vida contemporánea.
“La fiesta es ritual dentro de los imperativos que permiten identificarla, aunque generalmente el rito se ve desbordado por los elementos libres que hacen que la fiesta se regenere, cambie y evolucione, lo mismo que el propio individuo”, escribió el amigo antropólogo Julio Alvar en un texto dedicado a los purépechas.
Una fiesta ofrece la oportunidad del encuentro con personas llegadas de distintas latitudes y para el intercambio de productos diversos; su realización se ve enriquecida al recibir a cambio del esfuerzo colectivo, mayor cohesión y participación social, mejorando los lazos de ayuda mutua. También la identidad y el sentido de pertenencia se refuerzan, así como la vinculación con quienes han emigrado fuera del lugar. Pero la fiesta, como afirman quienes saben, cambia, se regenera y evoluciona dependiendo de los tiempos que corran. Aún bajo estas circunstancias es de agradecer a quienes continúan haciendo de la fiesta un ritual.

Sobre el autor
Alma Gloria Chávez Castillo. Oriunda de Pátzcuaro, realizó estudios formales en el lugar. Por interés personal complementó su formación con actividades artísticas como la pintura, la danza, el teatro y la pantomima. Su vocación de servicio le ha llevado a promover o insertarse en espacios culturales orientados a niños/as y jóvenes. Ha sido colaboradora fraterna con organizaciones indígenas de la región a través de espacios radiofónicos y prensa escrita. Promotora de lectura y cuenta-cuentos, fundadora y activista de grupos de mujeres, vive anhelando una sociedad libre de violencia.
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