Rogelio Macías Sánchez
Algo de música
Abrió el XXVII Festival de Música de Morelia
Martes 17 de Noviembre de 2015
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La noche del sábado 13 de noviembre regresamos al Teatro Morelos al acto ritual con él que abre cada año la fiesta grande de la buena música en esta ciudad. Fiesta de otoño, de noches tempranas y clima templado. Eso es el Festival de Música de Morelia (FMM). El año pasado agradecimos un protocolo de inauguración breve, sencillo y de buen gusto, pero ahora se volvió al viejo formato de ceremonia larga y tediosa, con cinco discursos fútiles, que juntos duraron más que toda la primera parte del programa musical y más que la segunda también. Esto nos hizo llegar con los ánimos descompuestos a la parte artística, que es a la que va uno.
El programa estuvo a cargo de una orquesta pequeña de Suiza, la Geneva Camerata (Orquesta de Cámara de Ginebra), dirigida por David Greilsammer, con trece atrilistas de cuerdas y siete alientos. Con esta pequeñez abordó obras sinfónicas, que si bien son tempranas, fueron concebidas para orquestas mayores. La Obertura Lo Speziale, de Franz Joseph Haydn (1732-1809), data casi de la época en que a las óperas se convocaba con la obertura, pero requiere una orquesta mayor para lucir una cierta chispa jocosa y virtuosa que contiene dentro de la impavidez clásica de su autor.
La Sinfonía número 5, de Franz Schubert (1797-1828), es una pieza deliciosa, un estallido luminoso de juventud eminentemente romántico por su emotividad sencilla, optimista y penetrante. Requiere sentimiento para interpretarla, que fue lo que faltó esa noche a la Geneva Camerata. La música de Schubert no respiró, sonó robótica.
Intermedio larguillo, que en las veladas del FIMM es muy social, para volver a la segunda parte del concierto con una obra breve, por fortuna. Se llama Utuk, y se refiere a la ciudad más antigua de Mesopotamia y quizá del mundo entero. Es del autor ginebrino Martin Jaggi (nacido en 1978). Es atonal, sin ritmo ni melodía reconocibles y con acentos dinámicos muy fuertes y variados. No puedo decir más que me gustó nada, a pesar de la ejecución, que quizá fue buena.
Cerraron con el Concierto para piano y orquesta número 17, de Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791), con lo poco rescatable de esa noche. David Greilsammer lo dirigió desde el piano, haciendo él mismo la parte solista. Es una obra de inaudita perfección clásica, graciosa y colorida en el primer movimiento. El segundo es audaz y dramático en su lentitud y en el tercero, Mozart opta por las variaciones formales en vez del rondo travieso acostumbrado. La pieza entera es de una gravedad total inolvidable, pero la interpretación del pasado viernes no estuvo acorde con eso. Fue otra vez muy mecánica y las cadenzas modernas en los tres movimientos, de autoría seguramente del propio director, arruinaron la versión.
Dos días después, el viernes 15 al mediodía, cambiamos de escenario a la Biblioteca Pública de la ciudad para estar en el concierto de la Orquesta Barroca Mexicana, con un lindo programa, llevando como centro tres conciertos de Antonio Vivaldi.
La orquesta es de Monterrey, pequeña, de sólo ocho músicos jóvenes. Su carácter distintivo es que el “bajo continuo” de la música barroca lo hacen a la mexicana, con vihuela y guitarrón. No hay ahora espacio para disertar sobre este recurso compositivo de ese tiempo, pero lo que hacen estos norteños no es irreverente para esa música. Hacen lo que entonces, tocarlo con el o los instrumentos disponibles.
Pues bien, con juventud, calidad artística innegable, entusiasmo y deseo de hacer bien las cosas se presentó la Orquesta Barroca Mexicana para ofrecer un programa todo del Barroco tardío, con obras de Giacomo Facco, Antonio Brioschi, Ignacio Jerusalem y Stella y tres conciertos de Antonio Vivaldi, destacando uno para violonchelo, que fue verdaderamente sublime en la interpretación de Natalia Vilchis. Miguel Lawrence, el de mayor edad pero joven también, dirige al grupo desde el clavecín, pero cuando hay que soplar la flauta de pico para hacer la parte de solista, lo hace con gusto, seriedad y calidad. Así fue en el concierto de Vivaldi, para flauta sopranino y en El verano, el segundo concierto del ciclo Las cuatro estaciones, también de Vivaldi. Los conciertos de Facco, Brioschi y Jerusalem que escuchamos son bellos ejemplos del buen quehacer musical en Italia y en la Nueva España en la primera mitad del siglo XVIII.
Y así, volando se nos fue el concierto, que cerró con un encore, una vez más de Vivaldi. Hasta la próxima.

Sobre el autor
Rogelio Macías Sánchez Médico cirujano por la UNAM, Especialidades de Neurología y Neurocirugía. Con ellas, ha ejercido en instituciones oficiales y en la práctica privada. Catedrático de la Universidad Michoacana Amante de la música clásica desde sus primeros años por inducción familiar, se desarrolló como melómano cultivado por iniciativa propia. Por confluencia de circunstancias se ha desarrollado como periodista aficionado en el ámbito cultural en la crónica y crítica de música clásica. También, y auténticamente por amor al arte, ha sido promotor de eventos magníficos de música clásica en Morelia.
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