Alma Gloria Chávez
Mario Agustín Gaspar
Sábado 7 de Noviembre de 2015

Con respeto para Mario y para quienes recibieron el Premio de las Artes Eréndira.

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Muchos en Pátzcuaro conocemos al maestro artesano Mario Agustín Gaspar Rodríguez, a quien durante varios lustros le hemos observado en su cotidiano transitar el trayecto que le lleva, de su hogar familiar, a la extensión que ha hecho de éste en el local de la Casa de los Once Patios, lugar donde además de trabajar, investigar y experimentar con las técnicas artesanales heredadas y aprendidas, a manera de taller también comparte con integrantes de su familia que igual practican estas disciplinas consideradas destellos de las artes que tuvieron esplendor y desarrollo desde tiempos remotos en la región.
Muchos/as también sabemos qué es lo que ha llevado al maestro Mario Agustín a ser reconocido mediante premios locales, estatales, nacionales y aún de más allá de nuestras fronteras, adonde ha puesto en alto no sólo un quehacer y un arte resumido en bellas piezas de uso ritual, ornamental y cotidiano, sino igualmente una marcada actitud ante la vida: resulta un personaje que ha logrado alcanzar una auténtica estatura humana cincelada a base de esfuerzo, sencillez, generosidad y disciplina.
Mario Agustín Gaspar Rodríguez nació en Pátzcuaro, Michoacán, el 1º de agosto del año 1950. Algunos de sus mayores (abuelo paterno, padre y madre) fueron maestros de escuelas primarias en aquella época donde no faltaban los talleres de oficios que complementaban la instrucción escolarizada, así que desde sus primeros años de infancia entró en contacto con lo que después seguiría desarrollando con especial interés y dedicación: la técnica precolombina del maqueado y posteriormente el perfilado en laminilla de oro (herencia europea) que fusionadas dan vida a las afamadas lacas de Pátzcuaro.
A muy temprana edad empezó su trabajo artesanal independiente; sin embargo, no ha dejado de reconocer siempre, con gratitud y admiración, a sus primeros maestros que le orientaron en la senda por la cual transitar y que él asumió como “destino”: Francisco Reyes, Carlos Álvarez Garnica, Raúl García González y Alfonso Guido Santillán.
Esas primeras incursiones en el conocimiento de técnicas tan antiguas y elaboradas fueron llenando el corazón de Mario de un auténtico interés y respeto sobre lo que él mismo define como “identidad”: ha logrado comprender cuán vinculado se encuentra el ser humano a la naturaleza, fuente de conocimiento y sustento material y espiritual. “Por parte de mi padre, tengo sangre purépecha; por parte de mi madre, sangre otomí”, afirma con sinceridad.
No satisfecho con la experiencia obtenida a lo largo de más de 30 años en el trabajo de piezas maqueadas y perfiladas con laminilla de oro, que le han merecido premios y reconocimientos, también se atrevió a incursionar en el manejo de otra técnica tan laboriosa y antigua como lo es la pasta de caña de maíz, logrando el dominio requerido que le permitió ser parte (“junto a mi esposa Bety”, dice orgulloso) del grupo privilegiado de artesanos/as que prácticamente rescataron este arte en riesgo de desaparición.
A lo largo de más de tres décadas, ha participado, de manera individual o colectiva, en muy diversos concursos y exposiciones artesanales, además de ser invitado a foros, charlas y conferencias en espacios académicos y de instituciones afines a este quehacer, poniendo en alto el nombre de esta región lacustre a la que dedica el tiempo necesario como entusiasta y comprometido promotor en ceremonias y festejos, formando parte del grupo de “cargueros tradicionales” del Año Nuevo Purépecha.
Su conocimiento y experiencia en las artes tradicionales (sobre todo en las técnicas del maqueado, el perfilado en laminilla de oro y en la escultura en pasta de caña de maíz) le han llevado hasta la Cámara de Diputados en la ciudad capital del país, así como en el Congreso de Protección Jurídica de los Artesanos, organizado por la Universidad Autónoma de México, foros en los que vertió elementos sustantivos derivados de su práctica e investigación personal, contribuyendo con ello a la creación de una legislación de protección a la artesanía, a los/as artesanos/as y, por ende, a los pueblos originarios.
El maestro Mario Agustín se encuentra siempre dispuesto a participar en talleres y cursos diversos y complementarios, buscando mejorar la calidad de su trabajo, tomando en consideración, desde lo administrativo (por los cargos que ha desempeñado en el gremio local) y las relaciones humanas, así como los que promueven nuevos diseños y calidad total en el ámbito artesanal.
“El artesano y la artesanía –expresa– no sólo tienen como referente la pieza o el objeto que sale de sus manos y de la materia prima que trabaja: madera, barro, tierras, textiles o fibras vegetales, etcétera; es mucho más que eso: es una historia cultural que trasciende muchas generaciones. Resulta como la memoria de los pueblos originarios de México. Historia y memoria que se escriben diariamente, en cada una de las piezas elaboradas con las manos creativas de los artesanos/as”, expresa sencillamente.
Y por supuesto que reconoce todo el apoyo, respaldo y comprensión que ha recibido de Beatriz Ortega, su pareja de siempre (“en lo duro y en lo maduro”), con quien ha formado una familia que también despunta en el camino de la creatividad y amor por lo nuestro: Kuricaveri, Hiquíngare, Erandi y Shanuani, a quienes desde este medio saludo con afecto.

Sobre el autor
Alma Gloria Chávez Castillo. Oriunda de Pátzcuaro, realizó estudios formales en el lugar. Por interés personal complementó su formación con actividades artísticas como la pintura, la danza, el teatro y la pantomima. Su vocación de servicio le ha llevado a promover o insertarse en espacios culturales orientados a niños/as y jóvenes. Ha sido colaboradora fraterna con organizaciones indígenas de la región a través de espacios radiofónicos y prensa escrita. Promotora de lectura y cuenta-cuentos, fundadora y activista de grupos de mujeres, vive anhelando una sociedad libre de violencia.
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