Alma Gloria Chávez
Tributo a la vida a través de la muerte
Sábado 31 de Octubre de 2015

Mi madre me contó que yo lloré en su vientre, a ella le dijeron: tendrá suerte. Alguien me habló todos los días de mi vida, al oído, despacio, lentamente. Me dijo: ¡Vive, vive, vive! Era la muerte.

Jaime Sabines.

A- A A+

Mucho se habla, entre los estudiosos del México antiguo, que entre esas culturas que resultan base de nuestra identidad no se conocía el concepto del Infierno (como lo concibe la Iglesia católica), y entre los purépechas, el de la muerte como el final de la vida. Tal vez a eso se deba que en el subconsciente del pueblo, sobre todo entre comunidades indígenas, siga viviendo todavía el recuerdo de un más allá abierto aún para el pecador.
Entre comunidades mestizas, la imagen del esqueleto con la guadaña y el reloj de arena, símbolo de lo perecedero, es en México producto de importación. El poeta Xavier Villaurrutia, cuya poesía gira casi enteramente en torno a la muerte, alguna vez escribió: “Mientras más criollo se es, mayor temor tenemos por la muerte, puesto que eso es lo que se nos enseña”. Por ello resulta alentador que el pueblo purépecha impregne nuestros espacios de una tradición como la Fiesta de Ánimas, con sus ofrendas características, como parte de una cultura que nos identifica y distingue ante los ojos del mundo. Manteniéndola viva contrarrestamos en alguna forma esa labor de desnaturalización que nos ataca por tan diferentes medios y que actualmente se presenta en las formas más descarnadas de violencia.
El hombre del pasado sabía que aun muriendo la vida continuaba, que había una posteridad, un futuro. Las actuales generaciones, sin permanecer ajenas a los descubrimientos científicos de este tercer milenio, todavía hoy nos maravillamos ante la concepción que esos pueblos (calificados como “primitivos”) tenían acerca de cómo todos los seres vivos se pertenecen mutuamente. “No somos seres separados, sino dinamismos o etapas de un proceso en el que no cabe la muerte, sólo la transformación”, decían.
“He renacido muchas veces, desde el fondo de las estrellas derrotadas, reconstruyendo el hilo de las eternidades, que poblé con mis manos…”, escribía Pablo Neruda.
En México, mosaico de pluriculturalidades, la celebración a las ánimas de nuestros muertos es ecléctica, es indígena, y es, por fuerza, también española o europea. Si entre las culturas precolombinas siempre se reconoce el respeto por la muerte, en la cultura popular mexicana permea ese carácter lúdico que viene del pueblo europeo, provocado por las famosas epidemias de la muerte negra. De entonces, desde aquellas tierras asoladas por hambrunas, enfermedad y muerte, ésta se empezó a ver bajo otro concepto; era el temor, pero también se trataba de vencer el miedo mediante lo grotesco y lo burlón.
Para los mexicanos la muerte no es un juego: se le considera familiar porque se encuentra aquí, entre nosotros; por ello a los vivos les corresponde hacer que en los días en que se le festeja, su estancia sea de lo más placentera posible “para que no nos haga daño”. En cambio, el festejo purépecha a las ánimas siempre se acompañará no del temor, sino de los mejores recuerdos de quienes en el camino nos han precedido.
Comunidades, pueblos y ciudades forman un mosaico de costumbres, tradiciones y cultos a los que “viven en el más allá”, extensión quimérica de la vida terrenal, siempre respetada, amada y conservada por los que habitamos esta tierra. El arqueólogo Arturo Oliveros, en su libro El espacio de la muerte (editado por El Colegio de Michoacán y el INAH) habla de que “a partir de este espacio (el de la muerte), en sus evidencias arqueológicas, etnográficas, documentales, y a partir de sus territorios económicos o sociales, subsisten aún complejas estructuras mentales adentradas en el sentimiento de pueblos cada vez más mestizos.”
Y diversos son los modos para ofrendar a quienes han dejado la vida terrenal: la foto del difunto, veladoras, cirios, panes, agua, dulces, frutas, guisos tradicionales, sin faltar los preparados con el sagrado maíz; cempasúchil, flor de nube y esos lirios que aquí llamamos flor de ánimas. Arcos monumentales y comunitarios (“por donde puedan ser recibidas todas las ánimas”) en contadas poblaciones, y arcos personales, donde la intromisión del turismo ha llevado a los deudos a la competencia. Y para las ánimas pequeñas, las “coronitas” y el camino señalado con pétalos de flores que les guiará del cementerio a sus hogares, “donde se les espera”. En Michoacán, el Día de Ánimas no sólo es una tradición más: es un acto de fe. Es un festejo que incluso llega a ser alegre sin perder de vista el respeto que nos merecen “quienes nos señalaron un camino”.
“Nuestra morada eterna no está aquí en la tierra. Sólo por un breve tiempo, sólo el tiempo necesario para calentarnos pudimos osar venir a la tierra, por la gracia de nuestros señores”, leemos en la historia de los mexicanos. Y en uno de los Cantares azteca, este mismo pensamiento se expresa como sigue: “Sólo venimos a dormir, sólo venimos a soñar. No es verdad, no es verdad que venimos a vivir en la tierra”.
Indiscutiblemente, la muerte, en nuestra cultura, siempre tendrá permiso. Se aparece en todos lados. Unos la pintan en calaveritas, otros la hacen pan; los niños la juegan con títeres y las abuelas la evocan al rezar. En los panteones, entre aromas de cempasúchil, de lirios y de inciensos, se vuelven los lugares romerías donde se escuchan y se comparten los recuerdos, alabanzas, llantos y plegarias. Los días de Muertos y de Ánimas también son pretexto para retomar las conversaciones que fueron interrumpidas con los seres queridos que se han marchado de este mundo.
“Quien llega a comprender cuán frágil es esta vida sabe mejor hasta qué punto es valioso hacer de cada instante el mejor momento para disfrutar. Quien intenta en cada uno de sus actos dar lo mejor de sí, quien impregna a cada acto realizado una dosis de amor, servicio y compasión (en el grado que sea), quien acompaña su vida con sentimientos de gratitud y respeto hacia lo que le rodea, considerando cada espacio sagrado, se encuentra preparado para morir en paz… en plenitud”, reflexionaba un querido y recordado amigo.
Estos días nos obligan a pensar en recuperar el sentido de nuestra existencia, haciendo de cada instante una oportunidad para “dar lo mejor de nosotras/os”, con asombro y sin temor.

Sobre el autor
Alma Gloria Chávez Castillo. Oriunda de Pátzcuaro, realizó estudios formales en el lugar. Por interés personal complementó su formación con actividades artísticas como la pintura, la danza, el teatro y la pantomima. Su vocación de servicio le ha llevado a promover o insertarse en espacios culturales orientados a niños/as y jóvenes. Ha sido colaboradora fraterna con organizaciones indígenas de la región a través de espacios radiofónicos y prensa escrita. Promotora de lectura y cuenta-cuentos, fundadora y activista de grupos de mujeres, vive anhelando una sociedad libre de violencia.
Comentarios
Columnas recientes

16 de noviembre. Día de la tolerancia

Días de ánimas, días de ofrenda

Ética para médicos

Un hombre de principios

La invención de América

Laudato sí, mi signore.

Pátzcuaro y su legado patrimonial

Día internacional de la paz

Mujeres disidentes

De las crónicas del lago

Fecha para adultos mayores

Proyectos contra la vida

La cultura: un derecho esencial

Turismo y cuidado del entorno

Contando y recordando

Entre costuras

A ejercer ciudadanía con responsabilidad

Apuntes para una historia

Construir la democracia

El maque y su decoración

Soy el museo de Pátzcuaro

Maternidad: desde adentro

La cruz: símbolo a través del tiempo

Festejo por los libros, sus autores y lectores

Un 19 de abril de 1940

Cuando se siembran ideales

Rituales de la Semana Mayor

Ofrenda para Itsii (agua)

La utopía quiroguiana

Buscadoras de vida

Dos maestros reflexionan

Violencia entre adolescentes

Metalurgia en Michoacán

Envejecer con dignidad

Dar sentido a la vida y a la muerte

Cuidar o atender a otros

Festejos de tradición

Atentar contra la seguridad

Los diarios de María Luisa Puga

Nombrar es crear

Sida, cuando el diagnóstico es tardío

25 de noviembre: ¿por qué esta conmemoración?

Mis recuerdos de Teresita

Un guardián del lago

Defensa de la Madre Tierra

Un panteon peculiar

Hambre en el mundo

Recuerdos de un 2 de octubre

Hablemos de un hombre honrado

Cuando la naturaleza grita

La Coalición Nacional de Jubilados Pensionados

Desapariciones forzadas en México

Ejemplos sindicales

Cuando de educación se habla

Pueblos originarios

Ejercitar la ciudadanía

Violencia colectiva

Seguridad ambiental

Sobrevivir la adolescencia

La medicina de la naturaleza

Medio ambiente: nueva visión

Nuestra salud, nuestro derecho

Por el día de los museos

Maternidad desinformada

Por la cruz, a la luz

Hablar de “indianidades”

Altares para La Dolorosa

Trabajadoras del hogar

Aqua sum, agua soy

Ecología integral

Mujeres, pequeños testimonios

Francisco J. Múgica: un documental

Con perspectiva de género

Los toritos en tierra purépecha

Una auténtica “bolsa de valores”

LXXVIII Aniversario del INAH

Por el camino de la ética

Quien ama al árbol respeta al bosque

Pastorelas en Michoacán

El tiempo: medida de hombres

Nana Iurixe

Día Internacional de Lucha contra el Sida

Nombrar es crear

El respeto a las diferencias

Morir por mano propia

Celebración a nuestros difuntos

Nivel educativo, a la baja

De alta peligrosidad

ISSSTE de Pátzcuaro: Un día especial

Día del Maíz

Nuestro derecho a la cultura

Infamias globalizadas

Educacion para la paz

Esfuerzo, disciplina y amor

Maravillosamente: mujeres

Aprendiendo de los oficios

El pensamiento del doctor Bach

Fiesta de los Oficios

El trabajo del hogar

Jornadas de Peritaje Antropológico

Alerta de Género: consideraciones

Defender la educación

Gastronomía

Feminicidio

Día Mundial del Medio Ambiente

La salud de la mujer

Celebremos la diversidad cultural

Para quien educa

Mujer y madre

Día del Libro y la Rosa

Elenísima

Hombre de probidad

Trabajadoras/es de lo invisible

Ser mujer… Y no quedar en el intento

Amnistía Internacional: 45 años

Diálogo interrumpido, acuerdos incumplidos

El palacio de Huitzimengari

El palacio de Huitzimengari

Jorge Reyes: Siete años

Viejos rituales, nuevo ciclo

Desapariciones en Mexico

La inaceptable violencia

Desde tierras orientales

La medida del tiempo

Los Nacimientos en México

Cuando la fiesta es un ritual

Campaña “16 días de activismo”

Defender nuestro legado cultural

El hostigamiento es sinónimo de violencia

Mario Agustín Gaspar

Tributo a la vida a través de la muerte

Discriminacion

Votamos y participamos

Recordando a doña Caro

Para una cultura de paz

Caminos hacia la paz

Cuando una mujer disiente

En recuerdo de Palmira

Abuso de la cesárea

Abuelas (anecdotario mínimo)

De raíz p’urhé

El Día Internacional de los Pueblos Indígenas

Celebrando el XV Aniversario de Decisiones

Territorio de volcanes

Cherani K’eri

Gobiernos incluyentes

Ejercer ciudadanía con democracia

La salud: cosa nuestra

La salud: cosa nuestra

Defender recursos naturales