Alma Gloria Chávez
Votamos y participamos
Sábado 17 de Octubre de 2015
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Con respeto y gratitud hacia todas las mujeres que en mi vida han sido y son ejemplo de participación comprometida.



Para un número cada vez mayor de mujeres en México, el 17 de octubre de 1953 resulta una fecha solamente conmemorativa y no podemos reducirla, al referirnos a ella, como “el día que se nos otorgó el derecho a votar”. La participación femenina en las distintas etapas de la vida de la nación, mediante luchas en las que han dejado la vida muchísimas mujeres y que con frecuencia han sido soslayadas por la historiografía oficial, han traído como consecuencia que ahora hablemos de derechos específicos de género y aspiremos a conformar una nación incluyente, justa y verdaderamente democrática.
Fue a principios del siglo XX que las mujeres de la clase media ilustrada y las obreras aparecieron con más presencia en el mundo de lo público y, por tanto, con mayores elementos para cobrar conciencia de su situación de género y de clase.
Las grandes depresiones económicas mundiales empujaron materialmente a las mujeres a incorporarse al mercado laboral y al sentirse capaces de producir riqueza económica y no sólo hijos e hijas o casas limpias y alimentos, las mujeres empezaron a acercarse a la vida del país, a integrarse en organizaciones y movimientos sociales y, sobre todo, en aquellos que luchaban por demandas específicas de género.
En los años 40 del siglo XX, las maestras fueron las protagonistas principales de esas demandas (de género), ya que su participación laboral las hizo conscientes de la evidente desigualdad ante los compañeros varones y así se convirtieron en la avanzada del cambio. También las obreras tuvieron un papel significativo, ya que en el Congreso Obrero de 1876 se había planteado la necesidad de luchar por la dignificación del género, a causa de la doble jornada y el consecuente descuido de hijos e hijas.
Durante el periodo cardenista, entre 1935 y 1938, los grupos de mujeres encontraron un cauce adecuado de expresión: el Frente Único Pro Derechos de la Mujer, que agrupó a mujeres obreras, de clase media y alta, ilustradas y analfabetas, católicas y comunistas, llegando a alcanzar un número aproximado de 50 mil organizadas en 25 secciones. El Frente era independiente del Estado y llegaron a tener una claridad teórica: “El problema de la mujer no es sólo de clase; con la clase trabajadora las mujeres tenemos causa común y causa diferente”.
Y hubieron de pasar varios años más para que, como una necesidad política evidente, fuera otorgado el derecho al sufragio, norma básica para equiparar a la mujer jurídicamente con el hombre y para que el Estado se modernizara. Miguel Alemán “lo permitió” en 1947 para los comicios municipales y Adolfo Ruiz Cortines para los nacionales en 1953. Muchos políticos que pusieron obstáculos para que las mujeres sufragaran en el periodo cardenista, ahora lo justificaban claramente de acuerdo con una línea de crecimiento capitalista que requería la igualdad legal de los individuos, cuando además las naciones más desarrolladas incluían el voto femenino entre sus normas fundamentales.
Hoy entendemos que nuestro sufragio (no sólo el femenino) debe ir respaldado por los principios ciudadanos que nos permiten normar las relaciones sanas, justas y equitativas en la familia, en el trabajo y en la comunidad. Primeramente, entendiendo que más allá de las diferencias ideológicas que tanto nos separan (sobre todo en tiempos electorales), cada una/o de nosotras/os tenemos la posibilidad de contribuir en la construcción de políticas que nos permitan alcanzar una vida mejor, porque al ejercitar la ciudadanía se tiene el poder en las manos para actuar y defender los derechos propios y de los demás, dejando de lado la idea de que los problemas sociales, económicos , ambientales y políticos que nos agobian cada día son sólo responsabilidad del gobierno y que sólo él los resolverá.
Recordemos que somos las personas, la gente, la comunidad, quienes podemos y debemos proponer modificaciones en la forma de gobierno, pudiendo además exigir a los gobernantes un informe de sus acciones conforme a derecho. Igualmente tenemos el deber (y el derecho) de opinar sobre las formas en que se gobierna y lo que se hace (preferentemente de manera constructiva), de expresar ante nuestros representantes propuestas y sugerencias y exigir la erradicación de cualquier forma de autoritarismo y corrupción en su ámbito de trabajo.
Además de pertenecer a un padrón electoral, tener credencial de elector y acudir a votar, necesitamos informarnos, participar y organizarnos. Así es como se adquiere el rango de ciudadana/o en cualquier lugar y a toda hora. Adquirir este tipo de compromiso significa entregar nuestra palabra y actuar por aquello que estamos dispuestas/os a respetar y defender, pues ello nos asegura un ambiente de confianza y oportunidades de unir esfuerzos con otras y otros para salir adelante en cualquier situación. Un compromiso va más allá de una mera obligación.
Es necesario también estar permanentemente informadas/os de lo que sucede a nuestro alrededor y por qué; analizarlo, observar con claridad si lo que leemos, percibimos o escuchamos se acerca a la realidad y merece ser tomado en cuenta: comparando lo que vemos, leemos y escuchamos con lo que nos sucede en la vida personal y en todas las actividades que desempeñamos y de las personas que están a nuestro alrededor, es como mejor obtendremos elementos contundentes para presentar propuestas.
Conozco a muchas mujeres que han decidido ejercer una ciudadanía de tiempo completo. De ellas he aprendido que la democracia se practica en la casa, en el ambiente laboral y en la calle porque puedo, debo y quiero. Alguna vez hasta adoptamos la frase “es mejor ser totalmente democrática que totalmente consumista”, parodiando un conocido comercial de aquella época. Ellas también me convencieron de que la ciudadanía es buena escuela para hijos e hijas.
En esta fecha que conmemoramos 62 años del voto femenino en el país damos la bienvenida a muchas jóvenes mujeres que se están dando la oportunidad de ser parte de una realidad que puede ser modificada con acciones propositivas, legales y pacíficas… además de creativas.

Sobre el autor
Alma Gloria Chávez Castillo. Oriunda de Pátzcuaro, realizó estudios formales en el lugar. Por interés personal complementó su formación con actividades artísticas como la pintura, la danza, el teatro y la pantomima. Su vocación de servicio le ha llevado a promover o insertarse en espacios culturales orientados a niños/as y jóvenes. Ha sido colaboradora fraterna con organizaciones indígenas de la región a través de espacios radiofónicos y prensa escrita. Promotora de lectura y cuenta-cuentos, fundadora y activista de grupos de mujeres, vive anhelando una sociedad libre de violencia.
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