Hugo Rangel Vargas
Pátzcuaro: La ciudad de la utopía
Viernes 16 de Octubre de 2015
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“La concepción que tengo del teatro la encuentro en la palabra “utopía”: ese sueño irrenunciable que mantiene viva una esperanza que va tenaz, e irreductible, porque va enamorada del triunfo. El afán invencible de don Vasco de Quiroga supino alcanzar en el sueño realizado de esta plaza que es la más bella del mundo”: así sentenció Luis de Tavira el destino de Pátzcuaro al recibir en días pasados la condecoración Vasco de Quiroga de parte del Ayuntamiento de aquel municipio, en un escenario que tuvo como marco la bellamente memorable plaza que lleva el nombre del ilustrísimo obispo de Michoacán.
Era ahí, en ese maravilloso recinto en el que se congregaron múltiples esperanzas y en el que el sueño parecía adquirir nuevamente la magnitud de realidad, cuando muchos celebraban el verdadero inicio de una naciente marcha hacia la utopía.
En ese momento, presente entre la multitud de conciencias, la mía propia trajo a colación un genial ensayo del doctor Eduardo Nava Hernández llamado “Desarrollo local y proyecto nacional. Retrospectiva de la utopía michoacana”, mismo que interconecta con una habilidad sui generis la labor constructora de Tata Vasco con el apostolado reconciliador del general Lázaro Cárdenas del Río. En estos distintos momentos, destaca Nava Hernández, “el proyecto de desarrollo se aproximó a constituirse como un proyecto nacional”, puesto que “contó con una superestructura que le dio cobertura, coherencia y fortaleza interna a las comunidades de productores como sujetos de desarrollo”.
No puede ser otro lugar sino Pátzcuaro el del reencuentro de caminos y andares de sueños. Ahí, congruentes con el legado histórico que sembró Vasco de Quiroga y que anquilosó en múltiples ocasiones el general Cárdenas, los habitantes de aquel municipio han dejado claro, en las decisiones de su nuevo gobierno, a quién corresponde la responsabilidad de su utopía.
Ese llamado parece haber sido entendido por la nueva administración de aquel municipio que encabeza Víctor Báez y que se ha echado a cuestas la responsabilidad de recuperar para Pátzcuaro su lugar de esperanza.
Al margen de protagonismos, la nueva administración municipal parece haber adquirido tres sellos fundamentales y destacarse dentro del escenario estatal por esos elementos característicos. El primero de ellos está en la obligación moral de los funcionarios públicos de reducir sus percepciones salariales y dar un mensaje de vocación de servicio hacia la ciudadanía. Nada más valioso para un apostolado como el ejemplo del ministerio que renuncia al provecho propio e individual.
Otro elemento adicional del nuevo momento que vive Pátzcuaro es la capacidad de atracción de los focos de la opinión pública hacia esa parte del territorio michoacano. Y es que en menos de 40 días confluyeron en aquel corazón del antiguo apostolado de Vasco de Quiroga figuras de todo signo político y social, tales como Ifigenia Martínez, Damián Alcázar, Luis de Tavira, Javier Corral, Porfirio Muñoz Ledo, entre otros, todas ellas congregadas en actos públicos.
Pero sin duda la construcción de la utopía de Moro y Quiroga no sería nada sin su sentido social, mismo que se encuentra por encima de sus figuras o de los sacrificios de quienes en ella creen. Aquí se encuentra el verdadero fin de la construcción del ensueño, de su magia y de su encanto: el bien común.
A esto se han empezado a convocar los patzcuarenses en la construcción de un programa de gobierno municipal al que han llamado “El Pátzcuaro que todos queremos”, y cuyo instrumento será la construcción de un Plan de Desarrollo democrático, mismo que tendrá como objetivo la consecución de un gobierno ciudadano cuya altura de miras está en la aspiración de Moro, Quiroga y Cárdenas.
Quizá la justificación de un gobierno ciudadano en Pátzcuaro se encuentre en las profundas demandas de todos los habitantes de aquel pueblo. Probablemente ahí habiten las esperanzas de muchos que ven diluirse el legado histórico de Vasco de Quiroga, recientemente añorado por Luis de Tavira en la famosa Plaza Grande. Pero más allá quizá se encuentre la maravillosa utopía del Tata Vasco, misma que es retratada en el ensayo de Eduardo Nava: “Construir una nueva sociedad basada en las virtudes de los pueblos”.

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