Rogelio Macías Sánchez
Algo de música
De nueva cuenta con la Orquesta Sinfónica de Xalapa
Martes 29 de Septiembre de 2015
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La semana pasada volví al estado de Veracruz por motivos familiares y aproveché para asistir el viernes 25 de septiembre al concierto semanal de temporada de la Orquesta Sinfónica de Xalapa (OSX), la cual tengo entre mis favoritas en México. El concierto se dio en la Sala Tlaqná, en el Centro Cultural de la Universidad Veracruzana. Sólo estar en ese recinto vale la pena; es moderno, funcional y hermoso.
Esa noche, la dirección corrió a cargo de su titular, el maestro brasileño Lanfranco Marcelletti, que presentó un programa la mar de interesante, con obras contemporáneas de los compositores mexicanos Federico Ibarra y Georgina Derbez y la Séptima sinfonía de Dvorák.
Federico Ibarra (nacido en 1946) es un compositor prolífico, que aborda todos los géneros de la música clásica, pero su preferido es la ópera. Yo le conozco dos magníficas: Alicia (que se refiere a Alicia en el país de las maravillas) y El pequeño príncipe (que es la historia de El principito de Saint-Exupéry). Ahora escuchamos su Sinfonía número 2, titulada Las antesalas del sueño. Es una pieza breve, pero es una gran obra por su calidad. Si hubiera que encasillarla en alguna categoría del arte, me parece que tendría que ser la del surrealismo.
Surrealista es desde el modo en que desarrolla y cumple la indicación del título, con motivos musicales, verdaderas imágenes sonoras, que se presentan sucesivamente en una secuencia que recuerda el modo en que se suceden las ensoñaciones en los momentos de conciliar el acto de dormir. Empiezan minimalistas, como módulos oscuros y rítmicos que se repiten tanto que acongojan, pero que en forma casi insensible progresan en velocidad, fuerza y complejidad, para finalmente alcanzar tonos heroicos. Entonces no podemos resistir su fascinación. Despertamos de ese largo sueño seductor y han transcurrido apenas diez minutos. Fin del sueño y a la memoria.
Yo me hubiera esperado así un buen rato, pero no, el programa debía continuar. Nada más meter el piano al escenario y seguimos con el Doble concierto para flauta y piano de Georgina Derbez (n. 1968). Los solistas fueron Aníbal Robles Kelly con las flautas y Ana María Tradatti al piano.
Obra joven, de apenas dos años de edad, es de un modernismo a rajatabla muy difícil de gustar, por lo menos para mí. Es atonal y ustedes saben que nunca me he llevado con ese sistema armónico (?). La melodía le es extraña, lo mismo que el ritmo y es evidente que busca la emotividad a través de la dinámica y la estridencia. No me gustó el concierto, que es breve y de un solo movimiento. Por razones obvias no puedo calificar la interpretación por parte de los solistas y la orquesta, pero al parecer mucho satisfizo a la autora, que estuvo presente en la velada.
Intermedio de duración prudente para cerrar el concierto con la Séptima sinfonía de Antonin Dvorák (1841-1904). Esta obra está en el limbo de las obras de este compositor. Ahora explico.
Por los años 50 del siglo pasado sabíamos que Dvorák había compuesto cinco sinfonías. La Quinta, que adorábamos, era la llamada Del nuevo mundo. Un día nos salieron con que en realidad eran nueve sus sinfonías, que se habían descubierto cuatro primeras que estaban perdidas. Se corrieron los números y quedaron como hoy: la Del nuevo mundo es la Novena. La verdad es que Dvorák mismo había sacado de su catálogo las cuatro primeras por considerar que no valían la pena. Se sacaron a la luz 50 años después de muerto, contrariando su voluntad. La verdad, esas primeras cuatro son “malitas” y nada comparables a las dos últimas, su Concierto de violonchelo, el Stabat Mater y mucha música de cámara tardía, que son verdaderas cumbres de la música universal. Las sinfonías 6 y 7 están en un limbo; no son “malitas”, pero no alcanzan la calidad y emoción de las piezas finales. La Sexta fue criticada por Brahms por su ligereza y la Séptima, que trata de corregir eso, no alcanza la grandeza y emotividad de las dos últimas. Tiene una enorme y hermosa vena lírica y un magnífico trabajo con la armonía, pero el desarrollo no redondea a lo que esperamos cuando conocemos la Del nuevo mundo. El tercer movimiento, el Scherzo, es una pieza de gran lirismo, un cantabile y “danzable” perfecto e inolvidable. La interpretación de esta Séptima sinfonía de Dvorak por la OSX bajo la dirección de Lanfranco Marcelletti fue estupenda y muy lucidora.
Hasta la próxima.

Sobre el autor
Rogelio Macías Sánchez Médico cirujano por la UNAM, Especialidades de Neurología y Neurocirugía. Con ellas, ha ejercido en instituciones oficiales y en la práctica privada. Catedrático de la Universidad Michoacana Amante de la música clásica desde sus primeros años por inducción familiar, se desarrolló como melómano cultivado por iniciativa propia. Por confluencia de circunstancias se ha desarrollado como periodista aficionado en el ámbito cultural en la crónica y crítica de música clásica. También, y auténticamente por amor al arte, ha sido promotor de eventos magníficos de música clásica en Morelia.
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