Rafael Mendoza Castillo
El Papa Francisco y la Iglesia católica
Lunes 28 de Septiembre de 2015
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Enmarco estas reflexiones con una parte del texto de la bula Inter-Cetera del Papa Alejandro VI, con fecha 4 de mayo de 1493 : “En virtud de nuestra pura liberalidad, cierta ciencia y plenitud de autoridad apostólica, os damos, concedemos y asignamos a perpetuidad, así a vosotros como a vuestros sucesores los reyes de Castilla y León, todas y cada una de las tierras e islas sobredichas, antes desconocidas y las descubiertas hasta aquí o se descubran en lo futuro”.
Hoy, el Papa Francisco es un buen calmante para reproducir las lógicas de explotación y dominación, impuestas por el capitalismo corporativo de nuestro tiempo. El ruido mediático de la imagen no permite observar esas lógicas depredadoras de lo humano y de la naturaleza. Donde Francisco ve el diblo, nosotros vemos las corporaciones económicas acumulando la riqueza del mundo en el uno por ciento de la población mundial y dejando el 99 por ciento en la miseria y la violencia. Los dominadores solamente cambian de nombre, en ocasiones toman el poder directamente o lo hcen con prestanombres o testaferros.
La historia del mundo y la historia de nuestro país, han mostrado que los liderazgos religiosos, en términos generales, siempre han luchado y continúan luchando, en estos tiempos, por el acceso al poder temporal y religioso. En algunos países ese fenómeno fue más intenso, y en otros, con menor intensidad. En México, las pretensiones políticas de la Iglesia católica, desde sus orígenes hasta hoy, son una constante. Veremos.
Hemos de recordar que en las teocracias, es decir, formas de cogobierno religioso y civil, se estableció una hegemonía en la que los grupos políticos y religiosos dominantes en la sociedad se unen para formar un bloque de poder y controlar a los grupos subordinados. Así, la Iglesia católica mexicana, desde la Conquista, el encontronazo y hasta mediados del siglo XIX, estableció y mantuvo dicha hegemonía. La cúpula de la Iglesia católica no ha olvidado esos privilegios y el deseo del cogobierno.
En el Imperio Romano se distinguió entre la justicia divina y la humana y se escindió el poder temporal y el espiritual, expresada en la siguiente frase: “Dar al césar lo que es del césar y a Dios lo que es de Dios”. Así, el Imperio Romano construyó la supremacía del Estado sobre la Iglesia. Sin embargo, el emperador Constantino adoptó el cristianismo y convirtió a éste en religión oficial del imperio. Esta representación continúa instalada en el imaginario y el inconsciente de la cúpula de la Iglesia católica mexicana.
Recordemos, no olvidemos, que antes de la Reforma liberal en México, la Iglesia católica controlaba las creencias religiosas, tenía múltiples privilegios, propiedades y dirigía las instituciones que existían en su momento, como el Registro Civil, matrimonios, cementerios, etcétera.
La memoria histórica, espacio donde se localizan el recuerdo y el olvido, nos informa que durante el Renacimiento dio inicio el proceso de secularización del Estado y la sociedad, donde Dios dejó de ser el centro del interés cultural y político. Algunos pesadores dijeron “Dios ha muerto, todo está permitido”. Aunado a esa apertura se encuentra la aparición de la Reforma protestante. En ese momento la Biblia se pudo interpretar libremente y el humanismo colocó al hombre en el centro de preocupación de la antigüedad clásica.
El liberalismo como ideología contribuyó en el siglo XVII en Inglaterra al proceso de secularización. Este acontecimiento definió que la Iglesia nada tendría que hacer en lo terrenal y el Estado nada en lo espiritual. Por otro lado, el liberalismo francés del siglo XVIII se manifestó contra el absolutismo de Estado y también en contra del dogmatismo de la Iglesia. Este hecho abre la puerta para que el ser humano conozca vía la razón.
En España, en el siglo XV, el Estado se cohesionó en torno a la religión católica, excluyendo a otras, se expulsó a los musulmanes y judíos y se instituyó el Tribunal del Santo Oficio (Inquisición) para asegurar que la “verdad” le corresponde a la Iglesia católica y las otras son herejías. Estas representaciones autoritarias, excluyentes y hegemónicas no han desaparecido del imaginario de la Iglesia católica, apostólica y romana. Para comprobar lo afirmado, escuchemos a San Agustín: “Hay una persecución injusta, la que ejercen los impíos contra la Iglesia de Cristo, y hay otra persecución justa, la que ejercen las iglesias de Cristo contra los impíos (…) la Iglesia persigue por amor, los impíos, por crueldad”.
La Iglesia católica, el poder clerical, nació con la intolerancia, el dogma y en nombre del amor quemaron y mataron a quienes no pensaban en sus dogmas y verdades reveladas. Escuchemos la voz del evangelista Lucas: “Jesucristo: oblígales a entrar”. El espacio a donde se obliga a entrar es la Iglesia, la casa de los fieles. No se pregunta dónde está el amor. La coacción es legitimada en nombre de la calidad del fin. El fin justifica los medios. Que hable el bueno de San Agustín: “No debeís considerar la obligatoriedad en sí misma, sino la cualidad de la cosa a la que se está obligado, si es buena o mala. No porque alguien pueda volverse bueno a pesar suyo, sino porque el temor a sufrir lo que no quiere, o bien le hace renunciar a la tenacidad que lo retenía o bien le impulsa a reconocer la verdad que es ignorada”.
En este caso del pensamiento agustiniano la persona asimila una confesión religiosa de verdad revelada, donde todo lo demás queda inscrito en la superstición como religión del otro y en la legitimación de la obligación en nombre del dogma y el amor así establecido. Así, Giordano Bruno, por amor, murió en las llamas; Galileo se retractó (siglos después lo perdonaron) y los miles de personas que asesinó y torturó la Santa Inquisición. De santa, nada más el nombre. Como institución fue sanguinaria y cruel. Y así lo afirman: “Hay, pues, gentes a las que se debe obligar a la fe”. Otro mundo es posible,

Sobre el autor
1974-1993 Profesor de Lógica, Historia de las Doctrinas Filosóficas y Ética en la Escuela Preparatoria “José Ma. Morelos y Pavón” , de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, Morelia, Mich. 1977 Profesor de Filosofía de la Educación en la Escuela de Filosofía de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, Morelia, Mich. 1990-1993 Asesor de la Maestría en Psicología de la Educación en el Instituto Michoacano de Ciencias de la Educación “José María Morelos”. 1993-2000 Coordinador de la Maestría en Sociología en el Instituto Michoacano de Ciencias de la Educación “José Ma. Morelos”. 1980 Asesor del Departamento de Evaluación de la Delegación general de la S.E.P., Morelia, Mich.
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