Alma Gloria Chávez
Caminos hacia la paz
Sábado 19 de Septiembre de 2015

La paz ha dejado de ser simple aspiración para convertirse en tarea de construcción, permanente y fundamentada en una nueva ética cívica y política.

UNESCO, Cultura para la Paz

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Para conseguir la paz –supongo que todos/as sabemos-, no existen recetas, indicaciones o recomendaciones que valgan, si no proviene de lo más profundo del ser y convicción de todo individuo. La paz es no sólo la ausencia de guerras y conflictos, sino un ambiente propicio para el desarrollo donde no haya enfrentamientos de ningún tamaño y, por lo contrario, sí igualdad de oportunidades para todas las personas, tal y como se menciona en la Declaración Universal de los Derechos Humanos.
El año 2000 –término e inicio de milenio– fue declarado por la Organización de las Naciones Unidas como el Año Internacional de la Cultura de la Paz, y cada 19 de septiembre se conmemora mundialmente como Día Internacional de la Paz. Sin embargo, existe una gran contradicción entre esos anhelos de paz y la realidad. Porque la paz es el cimiento, la base fundamental sobre la que se construye una sociedad sana y funcional, siendo la característica más destacada de lo que llamamos “sociedad civilizada”, cuya esencia puede verse a través de la conciencia colectiva de sus miembros… algo aún muy distante en nuestra patria.
En el libro Educación, paz y derechos humanos, editado por el ITESO en 1998, Gerardo Pérez Viramontes escribe: “Siendo un derecho humano, la paz es el derecho que brilla como un talismán sólo cuando otros derechos humanos han sido suficientemente cubiertos, atendidos. Porque los derechos humanos son la manera histórica de cultivar la paz, son las certezas que los seres humanos de miles de culturas y de pueblos han ido abrigando y afinando en cada etapa acerca de su ser con otros/as y de su ser en sí; su ser social y personal”.
Efectivamente: la paz es un derecho humano de los pueblos y de las personas y más que un anhelo, es una necesidad. Para que se dé la paz, deben estar encendidas todas las luminarias previas: la corporeidad amorosa y el respeto a los sin rostro, al otro y a la otra que sin parecérseme merecen todo mi respeto; deben brillar la música, la danza y todas esas artes que producimos como humanos cuando realmente podemos expresarnos; el pan y lo necesario para alimentar nuestro cuerpo debe encontrarse sobre las mesas; los esfuerzos responsables y las fatigas laborales, justamente recompensadas; nuestras calles limpias, iluminadas y seguras sin necesidad de gente armada; los jardines, parques, ríos y bosques, vivos y cuidados colectivamente.
“En los caminos de la paz, todo gesto resulta elocuente: barrer una banqueta, cuidar un jardín, preparar una mesa, participar en un ritual, redactar un texto especialmente diseñado, coordinar un taller, incorporarse a las actividades comunitarias, mitigar distancias geográficas, familiares o políticas y conciliar. Porque la paz es un ejercicio de convivencia y diálogo permanentes”, dice el texto de Gerardo Pérez Viramontes.
El reto contra la paz se presenta normalmente en la pregunta: ¿son los seres humanos, por su naturaleza, violentos o no violentos? Si la respuesta es que son violentos, entonces el concepto de paz se vuelve inexistente. Seguramente a ello se debe que hablar de paz, en nuestros días, tiende a convertirse en algo engañoso, que mucha gente ha comenzado a distorsionar y hasta llegar a cuestionar la existencia de ese valor porque la paz “de la mente” se ha vuelto un cliché popular y eslogan de campaña.
En su forma más pura, la paz es el silencio interno con el poder de la verdad. “La paz es una fuerza pura que penetra en el caparazón del caos y por su misma naturaleza, automáticamente pone a las personas y a las cosas en un orden equilibrado”, dice la Carta de las Naciones Unidas, y es una aspiración humana. Tan es así, que ni siquiera quienes trafican con la guerra la quieren cerca de su entorno. Tan es así, que todo hombre y toda mujer deberíamos llevar grabado en secreto ese significativo nombre que es también signo de vocación y destino: Irene o Ireneo, “el que busca la paz”, según la connotación que en griego tiene esa palabra, relativa a la paz individual, interna.
La paz, tenemos hoy la certidumbre: es postura, decisión y rectificación en un mundo que nos interpela y que lo hace, las más de las veces, como en conflicto. La paz es camino colectivo, conquista histórica, pero también es ruta personal. Por eso es arrepentimiento, perdón, solidaridad, empatía, descubrimiento, aceptación, travesía. Su sentido de búsqueda social y de proyecto comunitario tendría relación más íntima con la idea contenida en la palabra hebrea “Shalom” (la paz esté contigo).
“El peor momento para iniciar un proceso de educación para la paz, es cuando el conflicto ya se transformó en violencia”, declaró, y no sin razón, un experto activista de la no violencia. Mientras en otras latitudes del planeta la paz es una preocupación social desde hace varias décadas y objeto de diversas investigaciones, debates, foros y publicaciones, en México es un tema de preocupación y polémica bastante reciente. Sin embargo, no podemos hacer a un lado el compromiso individual y resulta necesario afirmar que la paz es un deber.
Por lo tanto, debemos sumarnos a la tarea, desde ya, de proponer, promover e incidir en la sistematización y programación de una educación, más que en la tolerancia, en el respeto, en la negociación, el diálogo y la concertación, porque sólo la promoción de la armonía y el respeto a la naturaleza, alimentan la actitud hacia la paz.
“Si comprendes que la paz del mundo empieza en el corazón de cada ser humano y que somos capaces de irradiar paz en nuestros hogares, en nuestras instituciones y en nuestro país, habrás contribuido de manera muy positiva a la paz universal”, cita un texto del Comité Internacional de la Bandera de la Paz AC.
Finalmente, no podemos dejar de reconocer el dolor, el esfuerzo y la organización ciudadana surgida desde aquel 19 de septiembre de 1985 en la Ciudad de México, después del sismo, cuando despertó la conciencia de que unidos podemos cambiar las cosas.

Sobre el autor
Alma Gloria Chávez Castillo. Oriunda de Pátzcuaro, realizó estudios formales en el lugar. Por interés personal complementó su formación con actividades artísticas como la pintura, la danza, el teatro y la pantomima. Su vocación de servicio le ha llevado a promover o insertarse en espacios culturales orientados a niños/as y jóvenes. Ha sido colaboradora fraterna con organizaciones indígenas de la región a través de espacios radiofónicos y prensa escrita. Promotora de lectura y cuenta-cuentos, fundadora y activista de grupos de mujeres, vive anhelando una sociedad libre de violencia.
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