Gilberto Vivanco González
Vivilladas
Importancia de la prevención civil
Viernes 18 de Septiembre de 2015
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Mañana sábado 19 de septiembre se cumple una año más de una de las máximas desgracias naturales que nuestro país tenga memoria: el terremoto del 85, que dejó honda huella sobre todo en la población que en aquel entonces habitaba, o que hoy habita, la Ciudad de México. Se contaron por miles las muertes, se habla de diez mil, de 30 mil o hasta 50 mil; la verdad nunca lo sabremos porque de alguna forma las cifras fueron maquilladas, tal y como acostumbra actuar, en todo tipo de tragedias la gente política nacional. Muertos, desaparecidos, mutilados física o psicológicamente dieron fe de los estragos de la naturaleza que no sólo terminó con vidas, con sueños, con ilusiones, sino también con viviendas humildes, medianas y elegantes, así como también con edificios públicos y privados.
A unos años del mencionado rostro que México entregó al mundo todavía existen pendientes que a estas alturas ya tendrían que estar resueltos, tal es el caso del pago de seguros a quienes poseían alguna prestación o póliza al respecto; de la entrega de viviendas más o menos dignas a quienes perdieron su patrimonio y que gracias a la corrupción que sacude nuestro país los recursos destinados para tal propósito desaparecieron en el camino; si no todos, buena parte de ellos sí. Todavía gravita en el entorno la práctica inhumana que representó vender las despensas, las cobijas y la ropa, entre otros apoyos, que la sociedad mexicana, con amplio sentido de solidaridad, entregó para los damnificados; ya ni mencionamos cantidades desorbitantes de dinero depositadas en cuentas solidarias y que tampoco tuvieron un fin común; o los recursos financieros aportados por autoridades de gobierno y que fueron dispersándose en el transcurso, llegando, como suele ocurrir, sólo unas migajas de los mismos a la multitud necesitada. O sea, en tanto que la sociedad civil era bondadosa, los herejes de la hermandad salieron beneficiados por su escarnio y falta de corazón.
Pero no sólo han quedado pendientes como los ya referidos, existe una cuenta que no se ha pagado y que la propia naturaleza podría cobrarnos la factura, nos referimos a la cultura de prevención; la verdad, de aquella mañana dantesca a la fecha han existido intentos de las autoridades en turno para promover e instalar alarmas sísmicas, para realizar ejercicios con el propósito de enfrentar este tipo de contingencias con el menos riesgo y consecuencias posibles, pero ha faltado precisión, tanto en la capacidad de las sirenas de sonido como de la organización para efectuar simulacros en planteles escolares, edificios de gobierno, de la iniciativa privada, así como en mercados y espacios de amplia concentración humana; México no ha sido disciplinando y seguimos jugando a la suspicacia de que nunca más pasará o a tomar con poca seriedad los escasos simulacros que promueven las esferas de gobierno.
Nuestro país no es un pueblo previsor, muchas cosas, por importantes que sean, las dejamos para luego, para más tarde, para mañana, ahí después o para el cuarto para las doce, como se dice en el argot popular; pero no sólo en cuanto a prevención social se refiere, ya que lo mismo sucede con tareas, reuniones formales, exposiciones, preparación de exámenes, elaboración de trabajos; muy parecido ocurre cuando hay compromisos de pago establecidos y no tenemos la precaución de guardar o ahorrar poco a poco para que no se haga tan pesado soltar de golpe determinada cantidad; sabemos que el salario de los mexicanos, por lo general, no alcanza para las necesidades básicas, pero si de alguna forma se ha contraído un compromiso debemos buscar y encontrar la forma para cumplirlo a tiempo y a cabalidad para no provocar fallas o regalar racimos de justificaciones.
Muchos países aprenden de sus tragedias, Estados Unidos, a raíz del ataque a las Torres Gemelas, España e Inglaterra de los ataques a su tren subterráneo, Japón de la fuga atómica de sus reactores, Rusia del caos que representó Chernovil, bueno, hasta Chile dio muestra al mundo al vivir hace tres días uno de los más grandes terremotos que ha sacudido la nación andina lanzando la voz de alarma en diferentes comunidades, incluso evacuando cientos de miles de algunas ciudades costeras por temor a las consecuencias que pudiera desencadenar un tsunami, que si bien, por fortuna no ocurrió, de alguna forma con su ejercicio, con todo y lo complicado, los recursos y las molestias provocadas a la población estaba tomando con seriedad el cuidado de las vidas que hubiesen podido perder; si ese día no ocurrió nadie es capaz de presagiar con certeza que en otro momento no podrá suceder.
Sería bueno pues que la sociedad mexicana, nos referimos a la clase gobernante, a las asociaciones de prevención civil y la propia ciudadanía, reflexionáramos y actuáramos sobre la importancia de una auténtica cultura de la prevención porque terremotos como el de 1985 o cualquier otro tipo de fenómeno natural o provocado por el hombre pueden ocurrir en cualquier momento, ya que, para que se presente cualquier emergencia no hay día, no hay fecha establecida, simplemente sucede y por lo tanto, requerimos estar preparados para aminorar las consecuencias de ello, sobre todo en cuanto a pérdidas de vidas humanas se refiere. Se dice que nunca es tarde, pero siendo claros, una hora, un día pueden ser suficientes para lamentarnos por siempre.
Recordemos, es necesario “saber para prever y prever para proteger”.

Sobre el autor
Nació en Zinapécuaro Michoacán (1961) Profesor de Educación primaria (E.N.V.F.); Licenciado en Ciencias Naturales (E.N.S.M.); Maestría en Investigación Educativa y Docencia Superior (IMCED). Excatedrático y exdirector de la Normal Rural de Tiripetío; Ex director y excatedrático de la Escuela Normal Urbana Federal, catedrático del IMCED. Diplomado en Administración de Escuelas Superiores (IPN)
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