Rogelio Macías Sánchez
Algo de música
De vuelta en el Campus Morelia de la UNAM
Martes 15 de Septiembre de 2015
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La tarde del pasado miércoles 10 de septiembre regresamos al lindo auditorio del Campus Morelia de la UNAM, al recital de guitarra que ofreció el maestro mexicano Pablo Garibay, joven artista graduado en la UNAM pero ya con largo camino andado por todo el mundo como aprendiz, ejecutante y maestro. El recinto lució buena entrada de un público magnífico, respetuoso y sensible.
La velada se ofreció con tres ejes rectores: música latinoamericana del siglo XX, modernismo e interpretación intachable y sentida.
Pablo Garibay hizo notar la trascendencia universal de la guitarrística de Latinoamérica desde los años 30 hasta el final del siglo pasado. Eso fue la guía de su programa el pasado miércoles. Abrió con música de Leo Brouwer (nacido en 1939), cubano cuya música es un referente obligado de los guitarristas de ahora. Las dos primeras piezas, Canción de cuna y Ojos brujos, son transcripciones de melodías populares mulatas de la isla, pero el Elogio de la danza es una pieza abstracta de modernismo sin concesiones, de corte atonal, polirrítmico y violento como el del Stravinsky rebelde, que arrebata y emociona, aunque no guste. Pablo Garibay arrancó los primeros ¡Bravo! de la noche.
Siguió con Tres cantigas negras de Pablo Cordero (nacido en 1946), de Puerto Rico, música muy extraña, moderna a ultranza, que usa en su fusión elementos melódicos del gregoriano medieval, que le dan el nombre a la primera cantiga: Canto negroriano. Las otras dos se llaman Danza del cimarrón y Elegía negra, como lo de Brouwer, excita y emociona, aunque cueste trabajo gustarla. Pero el arte cumplió, comunicando ideas intensas y emotivas. Y lo hizo a través de un mensajero magnífico.
A pesar de la intensidad artística que estábamos viviendo y quizá para no interrumpirla, el programa siguió sin intermedio alguno, ahora con la Sonata III de Manuel M. Ponce (1882-1948), mexicano. Fue para mí un Ponce desconocido, que por su relación de trabajo tan cercana con Andrés Segovia desarrolló un estilo propio muy moderno, lejos de su nacionalismo primero y muy cercano a los últimos modos del impresionismo francés, con rasgos impactantes de virtuosismo moderno. Una gran obra en tres movimientos y una interpretación estupenda por su perfección técnica y emotividad moderna tan sentida, por momentos en tono menor, y en otros, exultante.
Pablo Garibay cerró su programa con música de Agustín Barrios Mangoré (1885-1944), paraguayo de origen guaraní. De vida muy exitosa y agitada, su música aborda el folclor de casi toda América Latina y lo trabaja en diversos estilos, pero fundamentalmente es un romántico tardío. Así es El último trémolo, que fue la primera pieza ofrecida esa noche del miércoles. Pero su gran sabiduría de teoría musical actualizada, lo llevó a componer música moderna muy atractiva, que se deja gustar con facilidad. Tal es el caso de la obra con que cerró la velada: La Catedral, con tres movimientos: Preludio, Andante religioso y Allegro solemne. Un aplauso sonoro, prolongado y caluroso, rubricó nuestra admiración por las obras ofrecidas y las notables versiones que nos brindó Pablo Garibay, que para nada necesitó amplificación electrónica de su fina guitarra. Aplaudimos mucho sin buscar encore; fue un homenaje.
Hasta la próxima.

Sobre el autor
Rogelio Macías Sánchez Médico cirujano por la UNAM, Especialidades de Neurología y Neurocirugía. Con ellas, ha ejercido en instituciones oficiales y en la práctica privada. Catedrático de la Universidad Michoacana Amante de la música clásica desde sus primeros años por inducción familiar, se desarrolló como melómano cultivado por iniciativa propia. Por confluencia de circunstancias se ha desarrollado como periodista aficionado en el ámbito cultural en la crónica y crítica de música clásica. También, y auténticamente por amor al arte, ha sido promotor de eventos magníficos de música clásica en Morelia.
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