Alma Gloria Chávez
Cuando una mujer disiente
Sábado 12 de Septiembre de 2015

“Resulta necesario abandonar la razón de la fuerza para que llegue el día de reconocer la fuerza de la razón”.

Antropólogo Antonio Oriol Anguera

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“Piensa y actúa de manera diferente a lo socialmente permitido y encontrarás, inmediatamente, quienes te enjuicien, condenen, discriminen y ataquen”, me ha dicho, con elementos probatorios y contundentes, una mujer muy querida y cercana. Pero también añadía: “Y no por eso, nuestro interés por crear mejores condiciones de vida, basadas en la equidad, el respeto y la no discriminación, dejará de ser antepuesto en nuestra existencia”.
Lo anterior viene a colación cuando se reflexiona, en esta época que invita al patriotismo (por lo menos discursivamente), en la apenas visible participación de tantas mujeres en la historia nacional, que contribuyeron a que nuestro pensamiento, voz e ideales fueran complementarios a los de quienes anhelaron, lucharon y murieron intentando la construcción de una patria digna e independiente.
Buscar a la mujer en la historia de México representa admitir que existen múltiples desconocimientos. Y lo mismo sucede en la historia universal. La escritora inglesa Virginia Woolf decía al respecto: \"Hace siglos que las mujeres han servido de espejos dotados de la virtud mágica y deliciosa de reflejar la figura del hombre, dos veces agrandada, (ya que)… los espejos son esenciales a toda acción violenta y heroica”. Esto es, nuestro papel en la historia se ha distorsionado por el espejo que significa la historiografía.
El principal modelo que se nos ha ofrecido a las mujeres en todas las etapas de la vida del país (sobre todo desde el siglo XVI) es un “deber ser” que enajena nuestras realidades y nuestras opciones. Lo femenino se asocia a la “naturaleza” y virtudes como la emoción, el instinto y la intuición. En tanto, lo masculino, susceptible de cambio, se vincula con el pensamiento, “hacer cultura”, crear. Con este modelo lo que se ha conseguido es levantar barreras infranqueables entre “ser mujer” y “ser varón” y nos ha llevado, desafortunadamente, a tantos desencuentros no exentos de violencia.
A pesar de todo, sabemos, por los pocos ejemplos de mujeres que se mencionan en las páginas históricas, que los anhelos libertarios nos han acompañado desde siempre. Existen muchas, muchísimas mujeres que disienten y podemos observar algunos ejemplos de ello y de manera significativa en personajes como La Malinche, nuestra Eréndira, sor Juana Inés de la Cruz, doña Gertrudis Bocanegra, María Luisa Martínez La Patriota, doña Antonia La Correo, Josefa Ortiz de Domínguez y, más recientemente, en Rosario Castellanos, Benita Galeana, Rosario Ibarra, la Comandanta Ramona y las mujeres zapatistas; en la abogada agraria Evita Castañeda, en Digna Ochoa o en Lidia Cacho y en muchas otras que reconocemos como “luchadoras sociales”.
Para ninguna de las aquí mencionadas, podemos asegurar, la vida resultó sendero fácil. Ardua tarea asumieron generosas en el intento de deconstruir gastados e intolerantes esquemas sociales y proponer nuevas relaciones sin discriminación, explotación ni autoritarismo. Apenas en el siglo XVIII la vida en México resultaba doblemente injusta para la gran mayoría de mujeres: discriminadas por el poder político-religioso y sometidas a decisiones y caprichos familiares, nos hace suponer que ante legislaciones estrictas y ese “deber ser” que no lograba acomodarse a una realidad avasallante, los anhelos, los sueños y los deseos (que no son fáciles de encadenar) enseñaron a muchas mujeres a moverse en el nivel de lo ambiguo y a buscar espacios acordes a lo más parecido o cercano a la libertad.
Las mujeres del campo y de comunidades encontraban en la elaboración de textiles, cerámica y algunas actividades agrícolas, los momentos propicios para que el cuerpo y la mente disfrutaran de una cierta paz; las que recibían educación pertenecían al sector criollo y esos “aprendizajes” no garantizaban beneficio social, por lo que acogerse a la lectura, la música y la poesía, resultaba igualmente liberador. Juana de Asbaje, rodeada de mujeres pertenecientes a esa clase social, decía que “muchos quieren dejar bárbaras e incultas a sus hijas, que no exponerlas a tan notorio peligro como la familiaridad con los hombres.”
Largos y dolorosos procesos se han vivido en nuestra patria, marcados por guerras, en la búsqueda de una sociedad libre de violencia y de prejuicios, dogmas, fanatismos, explotación, discriminación y autoritarismo. Innumerables batallas se han librado entre los hombres intentando alcanzar los más altos ideales a que aspira la humanidad. Nada ha sido en vano. Las mujeres, con todo el dolor de contemplar a los padres, esposos e hijos sacrificados, se han ido sumando a los esfuerzos de quienes trabajan y construyen los cimientos de la paz verdadera, con justicia y dignidad.
Actualmente, hombres estudiosos y sensibles han venido incorporando, en las páginas de la nueva historia, la presencia de mujeres que en su momento disintieron y lograron, con su “pensar y actuar diferente”, dar pasos agigantados en la creación de nuevas formas de relación. “En nuestro país –escribe el doctor Moisés Guzmán, de la Universidad Michoacana– tuvimos mujeres de ese temple: conspiradoras como Leona Vicario o Mariana Rodríguez del Toro de Lazarín, ambas miembros distinguidos de la organización secreta de Los Guadalupes. Consortes silenciosas, como Mariana Martínez Rulfo, esposa de Ignacio Rayón, presidente de la Junta de Zitácuaro a quien acompañó en varios itinerarios y diera a luz a varios de sus hijos en pleno campo de combate, o Antonina Guevara, esposa de Nicolás Bravo, que tuvo que renunciar al cariño de su padre para seguir los pasos de su marido y de la insurgencia”.
Han sido esos ideales libertarios de miles de mujeres (algunas apoyando las luchas contra las tiranías, otras haciendo de sus vidas experiencias dignas y ejemplos a seguir) los que hoy nos convocan por igual: a hombres y mujeres, a sacudir las cadenas que nos atan a las servidumbres creadas, a liberarnos de las confusiones de la mente, del intelecto y del corazón porque el proceso de la transformación del mundo comienza con nuestra transformación. Y el mundo sólo se liberará de la guerra y de la injusticia cuando los individuos seamos auténticamente libres. Todo comienza cuando una mujer disiente.

Sobre el autor
Alma Gloria Chávez Castillo. Oriunda de Pátzcuaro, realizó estudios formales en el lugar. Por interés personal complementó su formación con actividades artísticas como la pintura, la danza, el teatro y la pantomima. Su vocación de servicio le ha llevado a promover o insertarse en espacios culturales orientados a niños/as y jóvenes. Ha sido colaboradora fraterna con organizaciones indígenas de la región a través de espacios radiofónicos y prensa escrita. Promotora de lectura y cuenta-cuentos, fundadora y activista de grupos de mujeres, vive anhelando una sociedad libre de violencia.
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