Alma Gloria Chávez
En recuerdo de Palmira
Sábado 5 de Septiembre de 2015
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“Seguramente lo que hará posible la permanencia de nuestro Patrimonio Cultural y natural es la educación para la paz”.
Bernd von Droste. UNESCO.

Con tristeza y dolor muchas personas en el mundo hemos recibido la noticia de la destrucción de Palmira, la ciudad oasis en el desierto sirio, al noreste de Damasco, a manos del Estado Islámico, el pasado 30 de agosto. Este acto de barbarie resulta una terrible afrenta para quienes apostamos por la prevalencia del respeto a los impulsos vitales del ser humano en sus mejores manifestaciones: la educación, la ciencia y la cultura.
Palmira fue –antes de sucumbir ante la metralla, la pólvora y la dinamita– un legendario y hermoso sitio-oasis que sirvió a las antiguas caravanas entre Oriente y Occidente que convirtieron al lugar en un vital cruce de caminos para civilizaciones enteras y que con el tiempo se transformara en la capital del imperio de la reina Zenobia, en el siglo III después de Cristo. Para los estudiosos de culturas del Oriente Medio, la urbe denominada Palmira, en árabe, se conoció como Tadmor o Tadmir en arameo, que significa “ciudad de los árboles de dátil”, y en sus manifestaciones arqueológicas se reflejaban los cuatro mil 500 años de historia de Siria.
En el año de 1980 Palmira obtuvo su inscripción en la lista del Patrimonio de la Humanidad y desde 2013, la UNESCO (Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura) la incluyó junto a todos los sitios sirios, en la lista del patrimonio en peligro, para alertar sobre los riesgos a los que están expuestos debido a la guerra civil en ese país. Al designarla como Patrimonio de la Humanidad, la UNESCO destacó que en Palmira la arquitectura y las artes fusionaron en los siglos I y II de nuestra era, las técnicas grecorromanas con las tradiciones artísticas autóctonas y persas, logrando “una gran ciudad que se erigió como uno de los centros culturales más importantes de la antigüedad”.
Se documenta que el esplendor de esta ciudad cultural se debe a una mujer siria: Zenobia, gobernante culta y decidida que vivió entre los años 245 y 274 de nuestra era. Que en apenas un lustro (de 267 a 272 después de Cristo) puso en marcha novedosas reformas políticas que favorecieron a los más de 150 mil habitantes que tenía la urbe, a la que además dotó de amplios jardines y majestuosos templos, fortificándola con una avenida de grandes columnas corintias de más de quince metros de altura que cubrían 21 kilómetros de circunferencia. Y para honrar a héroes y benefactores, decidió que se colocaran estatuas y bustos de ellos en columnas y en las paredes del ágora, la gran plaza pública, donde se realizaban operaciones comerciales y diversas ceremonias.
Consultando los datos que la UNESCO proporciona en sus catálogos del Patrimonio Mundial Cultural y Natural, se sabe que en el año 41 antes de Cristo, los habitantes de Palmira huyeron de las tropas de Marco Antonio al otro lado del Éufrates y en el siglo I antes de Cristo Siria se convirtió en provincia romana y la ciudad de Palmira prosperó con el comercio de caravanas al estar situada en la ruta de la seda. En una visita que hizo el emperador romano Adriano al maravilloso oasis otorgó a Palmira los derechos de ciudad libre, siendo gobernada, en el año 260 después de Cristo, por Septimio Odenato, esposo de Zenobia, quien fue asesinado con su primogénito en el año 267.
De “azarosa” podría calificarse la vida de Zenobia, la mujer que haciendo frente a su tragedia personal tomó en sus manos el rumbo de un reino que logró vigorizarse y crecer hasta conquistar Anatolia, Palestina y Líbano, para finalmente ser enfrentada por el emperador romano Aureliano, quien la derrotó y la obligó a replegarse nuevamente a Palmira, donde fue sitiada, sometida y obligada a presenciar el saqueo de la bella ciudad en el año 273.
Diocleciano fue el gobernante que reconstruyó la nueva Palmira, respetando los vestigios del esplendor sirio y siglos después, en el año 634, fue tomada por los musulmanes hasta el año 1089, en que fue completamente destruida por un terremoto y abandonada.
Tadmor, Tadmir, o Palmira es sólo uno de los muchos sitios históricos que han sufrido en Siria los actos de barbarie fundamentados en la intolerancia: el imponente castillo de Krak des Chevaliers, de la época de las Cruzadas, ha sido bombardeado, al igual que las “ciudades muertas” bizantinas; el zoco de Alepo fue destruido por el fuego y el alminar de su gran mezquita fue derribado.
Los militantes del Estado Islámico arrasan con todo lo “no islámico” e “idólatra”. Y también “han masacrado a mucha gente que en Palmira dependía de su historia local para ganar un magro sustento con su modesto giro turístico”, reportó el pasado mes de mayo Rob Hastings, del conocido diario The Independent, de Londres. Hoy, la destrucción del milenario Templo de Bel en Palmira por los yihadistas del grupo Estado Islámico (EI) se califica como un “crimen intolerable contra la civilización”. La directora general de la UNESCO, Irina Bokova, declaró: “Ese crimen no borrará jamás los cuatro mil 500 años de historia de Siria. Es fundamental explicar la historia y el significado de los templos de Palmira. Quien la haya visto, guardará para siempre el recuerdo de una ciudad que lleva en sí la dignidad de todo el pueblo sirio y encarna las más altas aspiraciones de la humanidad”.
Para quienes tenemos la fortuna de trabajar para instituciones encargadas de custodiar el patrimonio natural y cultural de nuestros pueblos, ante hechos tan estremecedores como el de Palmira (y los que ocurren en nuestro territorio) resulta necesario y urgente orientar nuestros objetivos y modestos esfuerzos en acciones de educación para la paz.

Sobre el autor
Alma Gloria Chávez Castillo. Oriunda de Pátzcuaro, realizó estudios formales en el lugar. Por interés personal complementó su formación con actividades artísticas como la pintura, la danza, el teatro y la pantomima. Su vocación de servicio le ha llevado a promover o insertarse en espacios culturales orientados a niños/as y jóvenes. Ha sido colaboradora fraterna con organizaciones indígenas de la región a través de espacios radiofónicos y prensa escrita. Promotora de lectura y cuenta-cuentos, fundadora y activista de grupos de mujeres, vive anhelando una sociedad libre de violencia.
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