Eduardo Nava Hernández
El tercer mundo no es un mundo de tercera
Viernes 4 de Septiembre de 2015

Para Aylan Kurdi y todos los niños muertos en el intento de escapar de la barbarie y migrar a un mundo mejor.

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“Tercermundismo” y “tercer mundo” son expresiones que se han incorporado a nuestro lenguaje con un sentido muchas veces despectivo o de denigración. Parecen referirse a las muchas naciones —probablemente la gran mayoría de ellas— que presentan un inferior desarrollo económico. Ser “tercermundista” se juzga como sinónimo de pobreza y de subdesarrollo estructurales, incluso de incapacidad para el desarrollo mismo.
Sin embargo, el concepto, que tiene más una connotación política que un significado económico, el presente año ha cumplido seis décadas de haberse incorporado al lenguaje de la política internacional. La expresión “tercer mundo” se debe al economista francés Alfred Sauvy, quien desde agosto de 1952 publicó en la revista L’Observateur un artículo titulado “Tres mundos, un planeta”, en el que ya llamaba la atención sobre la existencia de un “tercer mundo” que no participaba en ninguno de los grandes bloques político-militares característicos de la Guerra Fría: el mundo capitalista desarrollado estadounidense y europeo y el mundo del llamado “socialismo real” encabezado por la Unión Soviética. Eran los países nuevos, constituidos como estados en su mayoría después de la Segunda Guerra Mundial.
La Guerra Fría se propuso como objetivo frenar el avance del comunismo en dos regiones estratégicas para los países imperialistas: Europa —con epicentro en la dividida y reconstruida Alemania— y el extremo Oriente, donde habrían de desarrollarse en el periodo dos guerras características de esa lucha entre hegemonías: la de Corea y la de Vietnam. Pero en otras zonas del mundo habrían de ir triunfando los procesos de descolonización y la conformación de nuevos estados surgidos de las luchas de emancipación nacional. África, Asia y Oceanía, continentes sometidos por siglos incluso al colonialismo, al neocolonialismo, al saqueo de sus riquezas y a la explotación inmisericorde de sus trabajadores, así como algunas naciones de América, empezaron a conocer la independencia o a intensificar sus luchas por ella. El episodio más importante fue la liberación de la India del yugo británico, logrado finalmente por medio de la política pacifista de Gandhi. El Ejército francés fue derrotado en Vietnam en la batalla de Dien Bien Phu, en 1954, y más tarde en Argelia. El Congo (antes belga) de Lumumba se convirtió en el referente de la lucha emancipadora en el corazón de África.
Fue en ese contexto que en abril de 1955 se reunió en Bandung, Indonesia, la Conferencia de Países de Asia y África convocada por el presidente egipcio Gamal Abdel Nasser, el mandatario de la India, Jawaharlal Nehru y el primer presidente de la Indonesia independiente, Sukarno. De esa conferencia, en la que finalmente participaron 28 estados, muchos de ellos nuevos, se formaría más adelante el Movimiento de Países No Alineados, que rechazaba todas las formas de colonialismo y neocolonialismo, pero también la integración al bloque económico y militar encabezado por la URSS. De los heterogéneos países participantes dice el historiador británico Eric Hobsbawm: “Pese a lo absurdo de tratar a Egipto y Gabón, La India y Papúa-Nueva Guinea como sociedades del mismo tipo, era relativamente plausible, en la medida en que todos ellos eran sociedades pobres en comparación con el mundo ‘desarrollado’, todos eran dependientes, todos tenían gobiernos que querían ‘desarrollo’ y ninguno creía, después de la Gran Depresión y la Segunda Guerra Mundial, que el mercado mundial del capitalismo (…) o la libre iniciativa de la empresa privada doméstica se lo iba a proporcionar. Además (…) todos los que tenían libertad de acción quisieron evitar adherirse a cualquiera de los dos sistemas de alianzas, es decir, mantenerse al margen de la tercera guerra mundial que todos temían”.
A este grupo habría de sumarse la Yugoslavia socialista de Tito, que igualmente marcaba su distancia con el bloque soviético. Y tras el triunfo de la Revolución Cubana, en 1959, Fidel Castro incorporó a su país al movimiento que se transformó así en Tricontinental.
A partir de Bandung comenzaría a generalizarse el uso de la noción de “tercer mundo” en las delicadas relaciones políticas internacionales, no con ningún sentido peyorativo sino en referencia a la calidad emergente de ese conjunto de naciones que buscaban diferenciarse del bloque imperialista y del pacto militar de Varsovia encabezado por la URSS, muchas veces desde posiciones fuertemente nacionalistas como las del Egipto nasseriano. La referencia al tercer mundo remite al tercer Estado de la Revolución Francesa, al que en 1788 se refería el abate Emmanuel Sieyes. Éste anticipó, un año antes, en la toma de La Bastilla y de la instalación de los Estados Generales en París, el papel que le correspondería a la burguesía, denominada tercer Estado, en el cuestionamiento al orden representado por la nobleza terrateniente y el alto clero.
En su ensayo ¿Qué es el tercer Estado?, Sieyes planteaba tres preguntas y sus respuestas: “1° ¿Qué es el tercer Estado? Todo. 2° ¿Qué ha sido hasta hoy en el orden político? Nada. 3° ¿Qué pide? Llegar a ser algo”. Examinaba luego el abate el papel productivo de esa burguesía frente a la aristocracia y la clerigalla parasitarias, y concluía que el tercer Estado era el todo de la nación, pues en él se concentraban los trabajos particulares y las funciones públicas.
El espíritu revolucionario de Sieyes y del tercer Estado francés resurgieron en Bandung hace 60 años, y desde entonces se adoptó el término de tercer mundo como sinónimo de una fuerza emergente que venía a cuestionar la bipolaridad de la Guerra Fría.
Hoy es difícil plantear el tercermundismo en los mismos términos que hace seis décadas. La Guerra Fría se cerró en 1991 con la caída del régimen de la URSS y sus aliados, y la mayor parte de las naciones, incluyendo a China, se han incorporado al proceso de globalización capitalista gobernado por el capital financiero. Muy pocos espacios en el planeta se reivindican aún populares e intentan sustraerse de la poderosa atracción de los circuitos de dinero, mercancías y capitales. Sin embargo, la globalización no trajo, en el cuarto de siglo reciente, la pacificación, el bienestar ni la justicia prometidas a los pueblos del mundo. Y si bien los riesgos de una conflagración nuclear de dimensiones planetarias se han alejado, las guerras regionales, las masacres, los fundamentalismos políticos y religiosos de distintos signos hacen presa de países enteros en Asia Central y el Medio Oriente.
Las desigualdades entre el norte desarrollado y dominante y un sur oprimido se han acrecentado, ya sin el contrapeso del Bloque del Este, y el capitalismo juzga innecesaria a una gran parte de la población del mundo, no así a sus territorios ni a sus recursos. El despojo y las formas de acumulación brutal también se han extendido y hoy se generalizan los conflictos entre los grandes proyectos de inversión y extracción de recursos y las comunidades locales afectadas por el saqueo. Son la marca del siglo XXI, que apenas se inicia. No sólo el hambre sino las guerras y las nuevas pestes cabalgan apocalípticamete como nunca antes sobre la superficie de la Tierra. Los refugiados de guerra y económicos son sus primeras víctimas, que ahora alcanzan dimensiones masivas. En el capitalismo despótico global las mercancías y capitales tienen derecho de tránsito; los seres humanos no.
Los intentos de algún contrapeso a los nuevos imperialismos se cifran ahora en los países del BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica), económicamente emergentes pero que no rompen con la lógica de la globalización sino disputan sus beneficios, y que han asumido una posición más activa en la solidaridad con los que Frantz Fanon llamara, asimismo hace varias décadas, los “condenados de la Tierra”.
Pero hay lugar a la esperanza y radica en la movilización de los pueblos contra sus opresores, como ha ocurrido en este tramo del siglo presente en Venezuela y Bolivia, en Ecuador, en la Primavera Árabe de Túnez y Egipto en 2011, y hoy en Guatemala, Iraq, Islandia, España, el Kurdistán, Líbano y otras naciones de diversos continentes. Las luchas anticoloniales iniciadas hace más de seis décadas se actualizan como antiglobales y adoptan muy distintas formas en la defensa sin fronteras de los territorios y recursos naturales, de las libertades democráticas y de los derechos humanos. Una nueva forma de tercermundismo está en proceso de formación o empieza a madurar y no desaparecerá mientras se expandan por el mundo las injusticias, la explotación y el despotismo del capital.

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