Julio Santoyo Guerrero
Informe oficial de la realidad
Lunes 31 de Agosto de 2015
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Tantas veces han engañado, tantas veces han fallado, que esa historia cabe en una voluminosa enciclopedia del engaño y del fracaso de los gobernantes mexicanos. Quién puede, con tan abrumadora historia, intentar siquiera dar alojamiento a la idea de la credibilidad y confianza en su juicio, sin correr el riesgo de consumirse en la contradicción y perecer en el desencanto. El escepticismo es hoy la condición del ciudadano mexicano.
Será la semana de los informes de Gobierno. El del presidente Peña y el del gobernador Jara. Tienen la obligación legal de informar a los ciudadanos, aunque no necesariamente de ofrecer un discurso personal en el Congreso y tampoco de privilegiar una costosa promoción mediática de lo realizado. A falta de credibilidad, y precisamente por eso, tendrán que pagar para construir imagen. Tal vez nada que ver con la exigencia republicana y cívica de generar un análisis serio con información sin reservas del alcance de las políticas públicas que están implementando y de dar respuesta a las preguntas que todos los días agobian a los mexicanos y a los michoacanos en los temas que tanto desvelo ocasionan.
No se ha perdido la tradición del México posrevolucionario, los informes son la oportunidad para construir en los medios la versión oficial del México que los gobernantes quieren que se crea a fuerza de imágenes, datos a modo y ocultamientos prudentes. Sigue siendo la fiesta del presidente y del gobernador, aunque ya no se haga en las instalaciones del Congreso y el caravaneo de los diputados y otros cortesanos se haya sustituido por minutos de divergencia doméstica, qué más da, el altar de los elogios y la apología se ha trasladado a otro sitio, al Palacio de Gobierno y a los medios de comunicación que, gozosos por la paga, posicionarán temáticamente la visión del gobernante.
La otra realidad, la no oficial, la que no cuadra en las estadísticas forzadas ni en la imagen glamurosa del gobernante, estorba e incomoda. Y sin embargo está ahí y cala en la existencia de las mayorías, es una realidad inapelable. La de la pobreza creciente, la de la inseguridad persistente, la de los jóvenes excluidos de la educación superior, la de los desplazados por la violencia del narcotráfico, la del exterminio de los bosques michoacanos, la de la extorsión policiaca, la de los periodistas asesinados, la de los desempleados, la de los malos servidores públicos, la de la concentración insultante de la riqueza, la de la corrupción, la de la justicia que no es justicia, la de los desaparecidos, la de la simulación, la de la miseria del campo, la de los bajos salarios, la de los impuestos crecientes, la de los hospitales sin medicamentos, la de la obra pública concedida a los amigos y de pésima calidad, la del agotamiento de los mantos acuíferos por falta de previsión, la del secuestro y la extorsión que no terminan, la del silencio diplomático ominoso y timorato ante la amenaza racista de Donald Trump, la de la prevaricación con la que se perdonó el conflicto de intereses en el caso Peña y Videgaray, la de la desaparición de los 43 de Ayotzinapa, la del desprestigio de nausea en que se descompone la partidocracia, la podredumbre que se huele atrás de la fuga de El Chapo Guzmán, la del fracaso de las reformas estructurales como el sueño salvador de México, la de la pérdida de credibilidad en la democracia por los mexicanos, la del enojo justificado de las mayorías porque sus ingresos están peor que hace 23 años, la de los grupos vulnerables que casi están donde mismo, la de los deportistas que no encuentran apoyo para optimizar su alto desempeño, y más, y más.
Existen dos Méxicos. El México edulcorado que se mira desde los cenáculos de la clase política y el México crudo, sufriente que miran los mexicanos sin más. Por eso resulta casi un agravio que la visión del México de los cenáculos políticos deba ser celebrado con tanta pompa y despilfarro cuando choca frontalmente con el México vivido y sentido por las mayorías. Para el ciudadano ordinario no es motivo de celebración la política de seguridad cuando se sigue sufriendo como antes; no puede ser causa de celebración la política económica cuando en su hogar no se pueden adquirir los satisfactores básicos y no se tienen oportunidades de empleo, cómo aplaudir la política de salud si los medicamentos que necesita hace meses que no están disponibles, de dónde elogiar la política social si ha perdido su condición de clase media para pasar a la pobreza, cómo puede celebrar el pequeño empresario su política fiscal si los impuestos lo están llevando a la quiebra.
Por eso tantas veces han engañado, tantas veces han fallado, que esa historia cabe en la voluminosa enciclopedia del engaño y del fracaso. Y esa la encontramos escrita en los informes de gobierno. ¿O no?

Sobre el autor
Julio Santoyo Guerrero Estudió Filosofía en la UMSNH Docente desde 1983 Analista en medios impresos y electrónicos desde 1988 Articulista fundador de Cambio de Michoacán desde 1992.
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