Alma Gloria Chávez
Abuso de la cesárea
Sábado 29 de Agosto de 2015
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De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud (OMS), las operaciones cesáreas únicamente deberían ser una alternativa para un quince por ciento de los partos, pero en México casi la mitad de los embarazos, en promedio, concluyen con una cesárea. Este es un problema de salud pública creciente ya que en los pasados quince años esta práctica aumentó hasta en un 50 por ciento.
Para “dar a luz” existen dos posibilidades: el parto por vía vaginal y la cesárea. La primera es la forma diseñada por la naturaleza para tal fin y la segunda es una intervención quirúrgica que consiste en extraer a la criatura por vía abdominal. Para la práctica de una cesárea existen indicaciones precisas: que el bebé no quepa porque la madre tenga estrechez pélvica, que esté situado da manera anómala en el útero, que exista sufrimiento fetal o bien para proteger a las parturientas que tengan una enfermedad que pudiera agravarse por el esfuerzo que supone el parto vaginal.
Hasta hace algunos años se consideraba a la cesárea sólo como un recurso para resolver este tipo de problemas y un indicador de la competencia de un servicio de gineco obstetricia era el número de cesáreas practicadas en relación con el número de nacimientos naturales. Si el número de cesáreas era elevado, algo estaba fallando en el servicio y se consideraba deficiente. Sin embargo, actualmente el criterio parece invertirse y a nivel institucional, como en el sistema médico privado, resulta más que evidente el aumento en el número de intervenciones quirúrgicas.
Lo preocupante es que para algunos médicos de pocos escrúpulos estas “operaciones” resulten de lo más natural o, como dijo alguno de ellos, “negocio redondo”.
En opinión de alguna conocida mujer purépecha que se desempeñó durante gran parte de su vida como partera y sobadora en la región, este fenómeno (para nada natural) pudiera ser como un aviso de la misma naturaleza: “¿Se da cuenta –dice Nana Justina– que tantísimos niños y niñas parecen no querer nacer?”.
Recuerdo la ocasión en que, estando en la sala de espera de un hospital en Pátzcuaro, nos dimos cuenta de que cinco jóvenes madres (de entre 18 y 25 años) de comunidades tan distintas como Cuanajo, Felipe Tzintzún, Chapultepec, Ario de Rosales y del mismo Pátzcuaro, se encontraban “en trabajo de parto” o bien ya habían dado a luz. Tres de estas mujeres ya habían sido sometidas a cesáreas, una cuarta estaba siendo preparada para lo mismo y sólo una de ellas tuvo un parto normal.
Una mujer mayor de Cuanajo empezó la plática, diciéndonos que su nieta había tenido un embarazo normal y que estuvo acudiendo a la clínica de la comunidad con regularidad; que el día anterior comenzó con el trabajo de parto y fue canalizada al hospital porque detectaron que el niño estaba enredado en el cordón umbilical, por eso la necesidad de la cesárea. La mujer se veía un poco apesadumbrada al contarnos esto. Luego entendí por qué: ella había sido partera durante mucho tiempo y cuando el nacimiento de su último hijo (el séptimo), ella misma ayudó a colocarlo en la posición correcta, pues venía invertido. Sus conocimientos y sus propias manos lograron el parto natural, evitando una riesgosa operación.
Esto dio pie a que varias de las mujeres que ahí nos encontrábamos iniciáramos una serie de comentarios y reflexiones que llamaron mi atención: la mayoría, siendo mayores de los 40 años, estábamos convencidas de que “no es tan bueno que haya tantos nacimientos por cesárea”. Algunas hasta llegaron a afirmar que “es por lo que comen hoy los jóvenes” el que haya tanta dificultad para los nacimientos naturales. “Hay mucha gordura”, dijo otra mujer… “y mucha flojera… hasta para moverse”, agregó alguien más.
Esa tarde (que transcurrió a velocidad impresionante) se habló de que las madres jóvenes ya no escuchan consejos de las mujeres mayores, de que “se pasan mucho tiempo sentadas y no les gusta caminar”, que “a menudo no se alimentan correctamente porque no quieren subir de peso” y de que “no está bien ver tanta televisión, ni usar tanto aparato celular, y menos estar escuchando tantas cosas feas”. Este último comentario llamó la atención de todas las involucradas en la plática. “A ver, ¿cómo está eso?” –preguntó una mujer joven. “Las cosas feas nos llenan de ansiedad… de estrés” –respondió quien dijo llamarse Josefina.
Yo compartí lo que en pláticas con una amiga médica tradicional me dejó el convencimiento de que los partos dolorosos (y quirúrgicos) están íntimamente relacionados con la falta de confianza (o de “fe”) de las mujeres que los experimentan. La vida contemporánea nos ha alejado bastante del conocimiento que pudiésemos tener de nosotras mismas. Ella dice que las abuelas parteras no sólo preparaban a la madre para no sufrir durante el embarazo y el parto, sino para vivir una experiencia de lo más hermosa que permitía el reconocimiento del propio organismo y todas sus posibilidades naturales.
El parto siempre ha implicado un temor perfectamente natural a que algo pueda ir mal; miedo a lo desconocido, al dolor, al riesgo de muerte. Por lo general es impredecible saber cómo serán los resultados de un embarazo, y con frecuencia las actitudes y las prácticas de los médicos educados en escuelas de medicina rígidas, técnicas, “científicas”, estimulan esos temores e incluso necesitan de ellos para ejercer cierto (o absoluto) control sobre la mujer que se pone en sus manos para dar a luz.
Hoy se tiene pleno conocimiento de lo doloroso y traumático que resulta no sólo para su cuerpo, sino para el estado emocional de una madre, el que su hijo/a nazca por cesárea, además de los efectos depresivos que la anestesia provoca sobre el bebé, de ahí tantos problemas de conducta en esos pequeños/as. Por ello, después de un nacimiento por cesárea, es sumamente necesario que los bebés tengan la oportunidad de reforzar el vínculo materno.
Seguramente es tiempo de recuperar muchas de las prácticas de esas abuelas parteras que nos permitían adquirir plena confianza y conocimiento sobre nuestros cuerpos y sus posibilidades, además de la sana relación con hijos e hijas. Tenemos confianza en que el sistema de salud tomará las medidas adecuadas para corregir la práctica indiscriminada de la cesárea.

Sobre el autor
Alma Gloria Chávez Castillo. Oriunda de Pátzcuaro, realizó estudios formales en el lugar. Por interés personal complementó su formación con actividades artísticas como la pintura, la danza, el teatro y la pantomima. Su vocación de servicio le ha llevado a promover o insertarse en espacios culturales orientados a niños/as y jóvenes. Ha sido colaboradora fraterna con organizaciones indígenas de la región a través de espacios radiofónicos y prensa escrita. Promotora de lectura y cuenta-cuentos, fundadora y activista de grupos de mujeres, vive anhelando una sociedad libre de violencia.
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