Alma Gloria Chávez
Abuelas (anecdotario mínimo)
Sábado 22 de Agosto de 2015
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En una popular revista de amplia circulación leí la siguiente anécdota: “Un pequeño corre a contestar el teléfono y al otro lado de la línea, la abuela, al escuchar el saludo infantil, responde ‘adivina quién soy’. Y el chico, con grito de alarma: ‘¡Mamá!, ¡la abuela ha olvidado quién es!’”. Cada vez que lo recuerdo no puedo evitar pasar de la inicial sonrisa a una serie de cavilaciones en torno al hecho de “ser abuela”. Etapa tan especial en la vida que ha merecido un día para ¿festejar?, o bien reflexionar en algo que tiene que ver con el desarrollo interior y no con la apariencia externa.
Amo a mis dos nietos por igual y puedo asegurar mi satisfacción al escuchar en boca del mayorcito decirme abuela. En una ocasión, cuando éste contaba un poco más de tres años y estando en casa de visita descubrió algunas velas aromáticas que yo celosamente conservaba y le dio por encender las más que pudo (eso sí, utilizando con sumo cuidado el encendedor para hornillas) hasta que me di cuenta de dónde provenían tantos aromas mezclados. Ya se disponía a quemar la mecha de una bellísima manzana y decidí llamar a su mamá: Nuria. Entonces él, presuroso, apagó la luz de la cocina, llevó una de las velas encendidas a la mesa y nos invitó con mucha seriedad: “Vamos a meditar”. Por supuesto que aceptamos, riéndonos de su ocurrencia y posteriormente hablamos con él de los riesgos de jugar con fuego. Desde entonces, velas, veladoras, inciensos y encendedores pasan a buen resguardo cada vez que me visitan.
Como esta tengo presentes muchas anécdotas mías y de otras abuelas que, como yo, no pierden el asombro ante acontecimientos que nos proporcionan aprendizajes. No hay abuela que se repita. Y eso lo he comprobado cada vez que hablo con alguna conocida, e incluso con desconocidas con quienes hemos compartido alguna complicidad.
Una perfecta desconocida un buen día, durante un viaje de varias horas, me confió cómo le daba por llorar cada vez que se encontraba a solas con su nietecita (la hija de su única hija) porque reconocía que ella había sido una madre rigurosa, poco afectuosa, y al sentir a la pequeñita entre sus brazos sólo pensaba en que esa niña merecía ser tratada con muchísimo amor… “el amor que no supe expresarle a mi hija…”. Y volvía a llorar hasta que sola se tranquilizó, dándome las gracias por escucharla.
Alguna amiga que vive en una ciudad grande cuenta que su hija le pidió una mañana cuidar de su primer bebé, y ella, acostumbrada a vivir sola, salió como siempre lo hacía, a efectuar algunas compras en su auto. Subió sus bolsas de mandado y hasta llegar a la tienda de autoservicio, se dio cuenta de que había olvidado al queridísimo nieto en casa. Afortunadamente, al parecer, el bebé no llegó a despertar en ese tiempo. “Por favor, no se lo cuentes a mi hija”, pidió hace 18 años. Pero seguro que su nieto (hoy adulto) ya lo supo por boca de su propia abuela.
Lupita, mi abuela paterna, contaba muerta de risa, cuando en la antigua iglesia de Santa Clara del Cobre, mi hijo, de seis años, le preguntó qué personaje era el que se encontraba en la sacristía y ella le contestó que se trataba de San Judas… y sin permitirle terminar, Irán añadió: “¡Claro, ahí tiene la mecha para encenderlo!”, señalando la llama del Espíritu Santo, que le hizo pensar en los judas que se queman con pólvora después de Semana Santa.
Y yo recuerdo la cara de mi tía Martha (la religiosa) que, poniendo a prueba la educación que dábamos al hijo (entonces de cinco años), le preguntó: “A ver, Irán, ¿quién está allá arriba?”, señalando al cielo. Y el niño respondió con otra interrogante: “¿ET?”, el extraterrestre. “¡No, no! –refutó la tía– ¿Quién creó el cielo, la tierra y todo lo que nos rodea?” Entonces sí, muy seguro, Irán contestó: “¡El Big Bang!”.
Algo muy significativo en estos tiempos es que la población de personas mayores es predominantemente femenina. Aunque, por supuesto, existen varones que rebasan la edad de muchas mujeres. Mi padre, de 93 años, es uno de ellos. Y ahora recordamos con sonrisas cuando durante un desayuno familiar en casa papá bajó de su recámara y en lugar del habitual saludo preguntó circunspecto: “Bueno, ¿qué dejaron al niño pequeño en el suelo?”, no hubo respuesta. Mi nuera salió volando a recoger al bebé de menos de cinco meses que había caído de la cama… afortunadamente sin mayores consecuencias.
Una abuela de Ihuatzio, comerciante de tortillas hechas a mano, contó que en alguna ocasión, viniendo en un taxi junto a su nietecito y otras dos vendedoras del mismo producto, el chofer, conocido de todas, les sugirió llevar a vender su mercancía a San Miguel de Allende, adonde él acababa de conocer… y se encontraba de fiesta. Se comprometió a esperarlas y regresar por la tarde. En el camino se dieron cuenta de que las tres eran abuelas y que no era correcto irse tan lejos sin avisar a sus familias. Pero lo hicieron y les fue muy bien. Conocieron el centro de San Miguel y el mercado… “y hasta fuimos a la iglesia”. De regreso hicieron jurar al nieto y al chofer no decir a nadie hasta dónde se fueron ese día de aventura.
Finalmente, recuerdo a mi madrina Carmen Baena, refugiada española (y con título de marquesa), a quien cuando alguna de sus nietas (nacidas y educadas en México) preguntó alarmada, luego de conocer la historia de la Conquista, si ella (su abuela) era española... a lo que mi madrina respondió con celeridad: “Sí, pero de las que llegaron después”. Aun así –contaba– cada vez que sus nietas hablaban de ella explicaban que “sólo parecía española”.
Cuando una/o llega a ser abuela/o, podemos darnos cuenta con claridad de todas las experiencias por las que vamos pasando para llegar hasta esta especial etapa de vida, y me parece que vamos seleccionando y atesorando las que consideramos de más valor. Así son las anécdotas que hoy llegaron con mis recuerdos de tantas personas, familiares y amistades mayores que han acompañado mi existencia.

Sobre el autor
Alma Gloria Chávez Castillo. Oriunda de Pátzcuaro, realizó estudios formales en el lugar. Por interés personal complementó su formación con actividades artísticas como la pintura, la danza, el teatro y la pantomima. Su vocación de servicio le ha llevado a promover o insertarse en espacios culturales orientados a niños/as y jóvenes. Ha sido colaboradora fraterna con organizaciones indígenas de la región a través de espacios radiofónicos y prensa escrita. Promotora de lectura y cuenta-cuentos, fundadora y activista de grupos de mujeres, vive anhelando una sociedad libre de violencia.
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