Alma Gloria Chávez
De raíz p’urhé
Sábado 15 de Agosto de 2015
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En cierta especial ocasión, un amigo purépecha me obsequió la siguiente reflexión que pretende describir la actitud de quien se autodefine como descendiente de un pueblo y una cultura originarios: “La forma de andar por la vida, la ayuda mutua, el servicio, la participación en fiestas, ceremonias, creencias y costumbres propias son muchos tesoros, mucha riqueza… nuestra cultura es algo muy valioso que conservamos y que nos caracteriza”.
Y no sólo se refiere a quienes en este territorio se reconocen como nahuas, ñañúes pirindas, mazahuas o purépechas, sino a todos los que durante siglos han aceptado la denominación “indio” o “indígena”. “El indígena (continúa la reflexión) no separa la religión de la vida, el indio no se realiza sin la tierra y sin creencia. Somos gente de la tierra y gente de Dios (como en nuestra lengua le nombremos). Siempre creemos en un Ser Superior, creador de la vida. El indio verdadero es muy sensible a las necesidades de los demás y tiene la capacidad de encontrarle solución a las situaciones difíciles. Para el indígena el poder es ofrecer servicio, respetando las costumbres, convocando a asambleas y tomando acuerdos con el pueblo. El poder es administrar los bienes del pueblo buscando mejorarlo, el poder no lo vemos como una carga impuesta, sino como una carga preciosa que se lleva con amor… buscando el bien común, promoviendo faenas y buscando en todo momento la mayor participación con la convicción de que el trabajo en conjunto siempre será para el bien común”.
A esta forma de ser o actitud ante la vida, entre la comunidad purépecha se le nombra kaxumbekua.
Décadas atrás, cuando llegué a tener cercanía con hombres y mujeres de distintas comunidades indígenas del estado (gracias a la Unión de Comuneros Emiliano Zapata, que me abrió sus puertas solidarias), pude constatar que son una realidad esas personas de probada rectitud e integridad que con frecuencia pasan inadvertidas para una mayoría de individuos que valoran al ser humano sólo por los bienes materiales que éste acumula; por su condición física o por determinadas características de su personalidad, quedando sin valor ante sus ojos materialistas valores como la honradez, la honestidad, la sencillez o la modestia, y hasta hacen burla del espíritu de servicio, el “dar de sí”. Dos formas de entender y vivir la vida diametralmente opuestas, me parece.
“Cuando se hace una fiesta en la comunidad no se piensa tanto en lo que se va a gastar, sino en lo que se va a compartir. Cuando un niño o niña nace en una comunidad no nace sólo para su familia, sino para todo el pueblo”, mencionó en un taller el maestro Benjamín Lucas. Y también añadía: “Existe lo que se ve para identificarnos como purépechas, pero también lo que se piensa o se siente (no visible). Nuestra gente sabe que hay maneras de pensar la vida muy distintas a la nuestra. Nosotros (los purépechas) sentimos o no sentimos, eso no se puede explicar… el tiempo lo medimos de otra manera, igual que las distancias. Nosotros tenemos todo el tiempo… el tiempo nos pertenece”.
Amigas de raíz purépecha, en un taller dedicado a “diagnosticar” la problemática social y ambiental en la región, nos regalaron las siguientes reflexiones: “La mujer que conoce, vive y se alimenta de la naturaleza es la salud de todas las mujeres. Es una combinación del sentido común y el sentido del alma. La intuición que se logra al entrar en contacto con la naturaleza es como la oreja que escucha más allá del oído humano, es como el susurro que nos está diciendo por dónde ir. Nosotras lo conocemos muy bien, es el sentido que solamente nosotras tenemos. Por eso, cuando se viene perdiendo el contacto con esa naturaleza, vivimos en un estado próximo a la destrucción y dichas facultades no se pueden desarrollar. Eso nos enferma”.
Yo he aprendido, junto a estas amigas y compañeras valiosas, que apartarse de la naturaleza es atentar contra nuestra salud y nuestra vida.
Adelaida nos recomendó no callar lo que una siente, pues “callar nos afecta a lo largo de nuestra vida. Pero la forma en que nos comunicamos también es importante. Debemos estar dispuestas a escuchar para poder ser escuchadas”.
Herminia complementó: “Además de la comunicación hace falta practicar la confianza, el respeto y la comprensión… y no sólo entre mujeres. Pero sí es importante que nosotras, las mujeres, eduquemos a hijos e hijas en estos principios, que yo siento tan nuestros”.
Amigas y amigos purépechas me han hablado y mostrado con su ejemplo y práctica constantes valores tan importantes como la kaxumbekua (vivir en armonía, con integridad), tekantani (tolerancia), uembekua (amor), jarhajperakua (compartir) o la puantsakua (perdón). Y con todos ellos continuar sembrando mintsikakua (esperanza).
Muchos hombres y mujeres de mi tierra se encuentran convencidos que la raíz p’urhé se nutre de lo bello y bueno de costumbres, tradiciones y valores heredados. Yo saludo con afecto y respeto a quienes así me lo han mostrado.

Sobre el autor
Alma Gloria Chávez Castillo. Oriunda de Pátzcuaro, realizó estudios formales en el lugar. Por interés personal complementó su formación con actividades artísticas como la pintura, la danza, el teatro y la pantomima. Su vocación de servicio le ha llevado a promover o insertarse en espacios culturales orientados a niños/as y jóvenes. Ha sido colaboradora fraterna con organizaciones indígenas de la región a través de espacios radiofónicos y prensa escrita. Promotora de lectura y cuenta-cuentos, fundadora y activista de grupos de mujeres, vive anhelando una sociedad libre de violencia.
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