Alma Gloria Chávez
El Día Internacional de los Pueblos Indígenas
Sábado 8 de Agosto de 2015
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Fue durante la Década de los Pueblos Indígenas que se estableció como fecha el 9 de agosto para tener presente, en cada rincón del planeta, la deuda contraída desde hace siglos con los pueblos originarios que dieron vida y sustento a culturas diversas y extraordinarias, a quienes también se ha denominado en algunos casos “auténticos custodios” de territorios, recursos naturales y bienes patrimoniales materiales e inmateriales.
Dedicar una fecha especial para reconocerles, nombrarles y reflexionar acerca de cómo, a través de la historia de cualquier país, su presencia actual sólo ha sido posible mediante lucha y resistencia permanentes, obliga a realizar esfuerzos denodados y en el terreno del auténtico diálogo para conseguir el pleno reconocimiento a sus derechos y cultura indígena.
Como sucede en muchos países del mundo, los mexicanos sabemos relativamente poco de nuestras raíces étnicas, de los pueblos nativos de estas tierras mal nombradas “indias” por aquellos colonizadores que desde la Conquista las situaron en un plano de inferioridad y explotación. Lo terrible y vergonzoso es que aún en nuestros días se continúa reproduciendo ese esquema, provocando que los pueblos y pobladores originarios vivan como exiliados en su propia tierra, renunciando a su lengua, a su indumentaria, a sus tradicionales formas de vida, porque ya no son señal de identidad, sino una marca de maldición.
Tal vez a lo largo de estos más de 500 años en territorio americano hayan disminuido los homicidios en gran escala de comunidades indígenas, pero nunca han dejado de cometerse. Ejemplo de ello son, por ejemplo y en territorio nacional, los jóvenes normalistas de Ayotzinapa, Guerrero, de ascendencia indígena mayoritariamente, que fueron asesinados algunos y desaparecidos otros por luchar y defender a las Normales rurales que brindan una educación más acorde a su identidad y su cultura. Y estos bochornosos hechos, junto a otros bastante selectivos ejecutados contra líderes y representantes de organizaciones y comunidades indígenas, se han dado en complicidad con agentes del gobierno.
En otros países de América estos crímenes han tenido un objetivo bastante claro: doblegar a los pobladores originarios y consumar una labor de despojo que desde la Colonia se ha venido recrudeciendo, hoy a favor de grandes empresas transnacionales. Los especialistas están de acuerdo en que los indígenas eran un objetivo concreto cuando el Ejército de El Salvador sofocó la revuelta campesina de 1932. Se cree que murieron más de 30 mil personas, muchas de ellas indígenas. La mayoría de los que consiguieron sobrevivir abandonaron sus comunidades y ropas tradicionales para escapar de las ejecuciones sumarias y desde entonces no volvieron a hablar sus lenguas maternas en público.
Tampoco debemos olvidar la guerra de exterminio practicada por la dictadura militar en Guatemala, durante la década de los años 80, donde fueron arrasadas comunidades enteras sin que hasta la fecha se logre determinar con exactitud la cantidad de muertos y desaparecidos de esa época de terror, siendo en su mayoría indígenas. Y quizá lo más infame de esa guerra es que la mayoría de los miembros del Ejército también eran indígenas.
Se estima que hoy en día viven en América un poco más de 30 millones de indígenas, descendientes de los pueblos precolombinos que una vez fueron los únicos habitantes de esta región marcada por la ambición de quienes sólo la contemplan como algo que resulta necesario explotar sin encontrar límite. Con todo, sus visiones únicas de la vida se han ido disolviendo cada vez más en la espiral de los cambios.
Han sido todas sus manifestaciones, de resistencia y voluntad, las que han logrado poner en las distintas mesas de debate internacional, su innegable presencia. El Grupo de Trabajo de las Naciones Unidas para la atención de los derechos humanos de las poblaciones indígenas, así como diversos estudiosos del tema, son quienes nos hacen saber que los pueblos originarios se resisten a ser asimilados por otras culturas y desaparecer, que para ello muestran una determinación tan fuerte como sus ancestrales raíces y que se encuentran en búsqueda de la libertad de cambiar según sus propios principios, adoptando los aspectos que del mundo moderno les sean benéficos y rechazando las intrusiones que sólo dañan su espíritu y su legado.
No hay mejor manera de medir esta crisis que con el número de lenguas desaparecidas: a lo largo de la historia han existido unas diez mil lenguas; hoy, de las apenas seis mil habladas, muchas no se enseñan a niños y niñas; de hecho, ya son lenguas muertas. Y sólo 300 tienen más de un millón de hablantes. En este siglo XXI podría perderse la mitad de las lenguas hoy habladas. Y no está por demás recordar que más que un conjunto de palabras o de reglas gramaticales, una lengua es un destello del espíritu humano por el cual el alma de una cultura se apropia del mundo. “Una lengua –opina Michael Krauss, de la Universidad de Alaska– es tan divina y misteriosa como un organismo vivo. ¿Por qué habríamos de lamentar menos la desaparición de una lengua que la extinción de una especie?”.
Conforme mueren lenguas, mueren culturas. Al final, seguramente las culturas que sobrevivan serán aquellas que quieran y puedan abrazar lo nuevo según sus propios principios, rechazando todo lo que signifique la violación total de su forma de vida. En vastos territorios anteriormente custodiados por pueblos y poblaciones indígenas, los bosques, las palmeras, las lianas y todo tipo de árboles frutales caen arrasados por quienes promueven el monocultivo, la ganadería y diversos tipos de “industrias” y consorcios comerciales y turísticos. Las aves, los mamíferos, reptiles e insectos también son arrasados o se marchan de estos territorios expoliados por la ambición del hombre: una visión irrepetible de la vida se desvanece a la vuelta de una sola generación.
En este nuevo siglo y desde el corazón de México sigue elevándose la voz indígena que busca su reconocimiento pleno, de manera firme pero pacífica, mostrándonos otra forma de hacer política, otra forma de ser autónomos, dignos, íntegros. “Para defender nuestra patria, la tierra de la que somos guardianes… para encontrarnos con ellas y ellos, como pueblos originarios; para construir un lugar donde quepamos en igualdad, un movimiento nacional. Un lugar donde cada quien sea, y sea con respeto a su historia y su modo. Un lugar donde no se imponga y no se desprecie. Un lugar de respeto… Como pueblos indios tenemos que construir nuestro propio lugar donde se reconozcan nuestros derechos y nuestra cultura. Donde seamos indígenas y mexicanos con dignidad…”.
Saludando el II Foro de Consulta Abierta de las Naciones Originarias de Michoacán.

Sobre el autor
Alma Gloria Chávez Castillo. Oriunda de Pátzcuaro, realizó estudios formales en el lugar. Por interés personal complementó su formación con actividades artísticas como la pintura, la danza, el teatro y la pantomima. Su vocación de servicio le ha llevado a promover o insertarse en espacios culturales orientados a niños/as y jóvenes. Ha sido colaboradora fraterna con organizaciones indígenas de la región a través de espacios radiofónicos y prensa escrita. Promotora de lectura y cuenta-cuentos, fundadora y activista de grupos de mujeres, vive anhelando una sociedad libre de violencia.
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