Rafael Mendoza Castillo
Liberalismo, autoritarismo y centralismo
Lunes 3 de Agosto de 2015
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La democracia liberal se funda en el individualismo y produce sus propios procedimientos para justificar su propia reproducción. Uno de esos mecanismos es el proceso electoral. Hemos visto que las personas votan de manera consciente, inconsciente o simplemente venden su voto.
Quienes han venido ejerciendo el poder en México lo vienen haciendo a través de grupos, mafias o clases, sea el proceso electoral limpio o sucio, lo hacen como representantes o delegados de la voluntad de los votantes. Observamos que en México dichos grupos, clases o partidos acceden al poder público, y en muchas ocasiones su comportamiento no se orienta por la búsqueda del bien común, sino que su acción política privilegia el interés del individuo, del grupo o clase hegemónica.
A la democracia liberal vigente le queda muy bien el modelo del capital, del individuo narciso y no le importa reconocer al desigual, al olvidado y al marginado; estos permanecen invisibles o solamente son números que aparecen en las estadísticas de los programas asistencialistas o remediales impulsados por el actual gobierno derechizado.
Es urgente y necesario deliberar, discutir, examinar y poner en cuestión la máscara liberal que se asume en el neoliberalismo, cuya finalidad es acrecentar la riqueza en pocos, violentar la soberanía, militarizar la sociedad, mantener la impunidad y la corrupción. Este gobierno de derecha no puede continuar empobreciendo, a gran velocidad, a millones de mexicanos y mexicanas (situación de pobreza aumentó en dos millones de personas entre 2012 y 2014).
La máscara liberal como representación, como rostro o semblante del capitalismo, constituye una pantalla, que a través de lo autoritario, de lo represivo, como figuras ajenas a la razón crítica, impone y oculta, la búsqueda de la acumulación de dinero en pocas familias. Además, aquella sostiene la creencia de que el individuo es primero que la sociedad, que la formación social, que el modo de producción e ignora que la sociedad configura a la propia individualidad, pero también el sentido de comunidad.
Hoy tendremos que discutir públicamente la actual democracia liberal, ya que la clase en el poder la ha venido imponiendo en forma unidireccional y dogmatizada, cuyo valor moral y ético gira en torno del privilegio e interés individual, dejando en el olvido el bien público. En el primer caso, el eje central es el predominio del “yo narciso” y, en el segundo, se recupera el “nosotros”, la comunidad y el valor de lo solidario.
Tanto el “nosotros”, así como el individualismo y su contrato, la solidaridad, son conceptos que tienen una concreción; es decir, un contenido histórico, no son enunciados vacíos o universales formalizados, sino que incorporan diferencias individuales o colectivas, existentes en la propia realidad socio-histórica.
La clase en el poder ejerce su dominio sobre la voluntad popular, por varias vías o caminos. En ocasiones se vale de la propia ley (reformas estructurales), a veces de la costumbre o la tradición y, en otras, por el carisma o atributos de la persona (Max Weber). Estas figuras convierten a la estructura social en un presente eterno, dejando de lado toda opción o alternativa de futuro.
El sistema y su régimen político está clausurando las ideas del mañana, es decir, de la esperanza, de lo utópico y mantiene, vía lo autoritario, una sola interpretación de la historia , de lo educativo, de la cultura, de la ciencia, esto es produce una “verdad” cuyo fin es hacer más ricos a los ricos y más pobres a los pobres.
Deliberar sobre la tendencia individualista que hoy impone la clase dominante como único actor moral, como consumidor único, votante único, es un asunto de vida o muerte; además, dicho comportamiento político cancela la opción de un Estado plural, no homogéneo, dado que en la realidad las desigualdades y las diferencias son brutales.
Sí hay salidas, sí hay opciones, ante el bloqueo histórico de los neoliberales, y esto tiene que ver con un planteamiento relacionado con el bien común que ya Aristóteles propuso en su tiempo, es decir, recuperar la comunidad en torno al bien como fin de todos y erradicar el egoísmo de la cabeza del individuo. Se puede producir un individuo, que ética y moralmente limite su interés particular y se identifique, en la conciencia y en la práctica, con el bien de la comunidad.
El “ismo” que se agrega al autoritarismo, el cual ni oye ni ve al otro, que dicta y hace leyes a favor del capital, que usa los medios de comunicación comerciales, casi todos, para que transmitan la propia voz del amo, su propia ideología conservadora, sus propios valores y sus propias mentiras y engaños. Como bien afirma Luis Villoro: “La moralidad social responde así a una forma de pensamiento reiterativo, compartida por los grupos hegemónicos y por la sociedad en su conjunto, su fin es mantener, una y otra vez, el orden frente a la anomia”.
Quienes acceden al poder público, una vez que se instalan con cualquier nombre o figura, hacen “lo mismo”: valoraciones y comportamientos impunes, corruptelas, represión, enriquecimiento explicable, Estado de Derecho procedimental y nunca material. Por eso, hoy en día, en todo el país, las clases subalternas se cansan de “lo mismo”. No hay nada nuevo. Solamente que esto último se construye, no desde el poder, sino desde abajo, desde la exclusión y desde el ser explotado. Esta es la eterna lucha histórica entre el amo y el esclavo, la libertad y la sumisión, la dignidad o la subordinación. Hay que elegir. Otro mundo es posible.

Sobre el autor
1974-1993 Profesor de Lógica, Historia de las Doctrinas Filosóficas y Ética en la Escuela Preparatoria “José Ma. Morelos y Pavón” , de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, Morelia, Mich. 1977 Profesor de Filosofía de la Educación en la Escuela de Filosofía de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, Morelia, Mich. 1990-1993 Asesor de la Maestría en Psicología de la Educación en el Instituto Michoacano de Ciencias de la Educación “José María Morelos”. 1993-2000 Coordinador de la Maestría en Sociología en el Instituto Michoacano de Ciencias de la Educación “José Ma. Morelos”. 1980 Asesor del Departamento de Evaluación de la Delegación general de la S.E.P., Morelia, Mich.
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